martes, septiembre 20, 2011




PRESENCIAS

He murmurado.
De tarde escribo
y escucho que mis hermanos hablan en la terraza.

Mi hija agarra los papeles, los dobla, los desdobla
y sale corriendo.

La tía vieja fuma mi cigarrillo,
mira lo que yo escribo, sale y tira la puerta.

Mi hija me hala del brazo y echa a correr;
en sus manos lleva un libro de Kant.

Mi padre lee en el salón y no me molesta.

Mis hermanos se han cansado del viento de la tarde,
entran a mi cuarto, toman asiento en la cama de un primo
que enciende sol de madrugada y comienza a reír.

De tarde cuando escribo, murmuro.

            El poema “Presencias” forma parte de la sección Ejercicios para un libro de amor, dentro del libro Todos han muerto del poeta venezolano, José Barroeta, que hoy estamos homenajeando en este espacio tan hermoso.
He conocido a José Barroeta gracias a la edición de Candaya de su poesía completa, Todos han muerto y pienso que es un libro necesario que viene a llenar un hueco importante y que nos ayudará entender un poco mejor la poesía de los últimos 50 años de la que José Barroeta es un excelente representante.
            No he querido acudir a exhaustivas fuentes de información ni me he documentado de manera sistematizada a la hora de enhebrar estas palabras puesto que pretendo que mi glosa o comentario surja casi espontánea, del corazón, del sentir, aunque eso no es obstáculo para que no intente centrar al autor que hoy nos ocupa. José Barroeta nació en 1942 en Pampanito (Trujillo, Venezuela) y murió en 2006, pocos días antes de que viera la luz la publicación de sus obras completas a cargo de Candaya.
            Barroeta es autor de seis libros de poemas: Todos han muerto (1971), Cartas a la extraña (1972), Arte de Anochecer (1975), Fuerza del día (1985), Culpas de juglar (1996) y Elegías y olvidos (2006).
            Barroeta ha formado parte de diversos grupos literarios vanguardistas y ha sido un autor muy traducido y reconocido dentro y fuera de su país; aunque hacía falta un proyecto editorial que quisiera publicar toda su obra. Cabe añadir que fue profesor y dedicó parte de su quehacer literario a libros de ensayo y crítica sobre literatura española y venezolana.
            Si nos centramos en el poema “Presencias” que es el que he escogido, lo primero que nos llama la atención es su carácter esencial y minimalista. Se trata de un poema sobrio, de lo cotidiano que apenas tiene detalles ornamentales, que no contiene un solo adjetivo y en cambio sí muchos verbos. José Barroeta se centra en las acciones que él y otros miembros de su familia realizan cuando se sienta a escribir. Ahí está el hermoso contraste que se establece porque, mientras él escribe,
-sus hermanos hablan
-su hija agarra papeles, los dobla, los desdobla y sale corriendo (regresa y le tira del brazo, “hala” dice el poeta que resulta mucho más plástico y vuelve a correr)
-su tía fuma, mira lo que escribe él y sale
-su padre lee y “no molesta”
-sus hermanos regresan y entran en su cuarto y se sientan en la cama.
            Mientras, el poeta, escribe, pero no sólo escribe sino que “murmura”, esto es, está en íntima comunión consigo mismo, con sus ideas, aunque no deja de ver qué ocurre a su alrededor. Resulta curioso, como acabamos de ver, que los miembros jóvenes de su familia irrumpen con fuerza en su cuarto, su hija corriendo y halándole del brazo, sus hermanos sentándose en la cama (de un primo que enciende el sol de madrugada, en brillante imagen que podríamos calificar de surrealista). En cambio, los personajes mayores, más adultos, apenas rompen el equilibrio: su padre lee sin molestar y la tía vieja muestra algún interés por lo que él hace, pero no dice nada.
            Es una escena cotidiana, de un joven de casi 30 años que intenta llevar a cabo su creación poética en un escenario, inicialmente, poco propicio para ello puesto que todos entran y salen de su habitación. Mientras, el poeta “escribe, murmura”.
            “Presencias” está escrito en primera persona, como ya se va viendo y muestra el momento de la creación literaria de Barroeta. “He murmurado” empieza el poema, que irrumpe por así decirlo de manera rápida, como un fogonazo. A partir de este verso breve se van sucediendo versos largos, versículos, sin rima, sin aparente ritmo, que desgranan un momento en la vida del poeta, aunque bien centrado en el tiempo “de tarde”.
            El poema se va estructurando en bloques de dos, tres e, incluso, un solo verso que se vinculan por un mismo tema o por un mismo protagonista. Se inicia con el momento de la creación y ya con la presencia de los hermanos; sigue con la llegada de la hija que muestra poco respeto por lo que su padre escribe: “Mi hija agarra los papeles, los dobla, los desdobla”. Continúa con la “tía vieja” que “fuma mi cigarrillo”. Cede de nuevo protagonismo a la hija, quien, como pequeña que es, sólo piensa en jugar y en correr por la casa. Aquí el poeta añade un detalle significativo: la niña ha cogido un libro de Kant, sin saber quién es, pero que, de alguna manera, trata de resumir el sentir del poeta que quisiera un ambiente metódico como el del filósofo y que, en cambio, tiene un hogar bullicioso. Llegamos a su padre quien no parece sentirse afectado por lo que escribe el poeta, quien lo ignora. Y, por último, llega el momento cargado de vida y de imágenes fuertes del poema: sus hermanos “se han cansado del viento de la tarde” y regresan para invadir la mínima soledad del poeta. Y aun hay la referencia a un primo que no está, pero que es el propietario de la cama en la que se sientan los hermanos. Se trata, pues, de una familia llena de miembros, de una familia que es bulliciosa y que por eso contrasta con el verbo que Barroeta emplea al principio y al final de poema, como una especie de círculo que se cierra: murmurar. Él murmura, mientras todos los demás hacen ruido. Curiosa antítesis la que maneja el poeta.
            “Presencias” es, como decíamos, un poema de la cotidiano, pero que se reviste de grandeza porque su autor ha sabido dar a todos los miembros de su familia el papel perfecto que juegan en su obra; es más, ha hecho materia poética de un momento de desazón, quizás, de interrupción del trabajo.
            Podríamos, por último, insistir en la ausencia de adjetivos y en el realismo del poema que apenas contiene ninguna imagen, si salvamos, las que ya hemos comentado, ya al final del poema. Barroeta se acerca a la prosa, aunque sin ser prosaico puesto que condensa un momento íntimo y esencial en su vida. Seguro que “Presencias” es, en el fondo, un reconocimiento a su familia quienes, de alguna manera, condicionaron la poesía de Barroeta y también su sentir. Hay también un uso continuado de los determinativos posesivos, “mi o mis”, sobre todo, en clara alusión a los miembros de su familia. Y, en cuanto a sintaxis, notamos enumeraciones y bimembraciones unidas por la conjunción copulativa “y”. Por otra parte, el poema es de lectura diáfana y de gran limpieza poética. Hay sólo un verbo que alude a un sentimiento positivo que es “reír” y se lo aplica al primo ausente; todos los demás llevan a cabo sus acciones sin dejar entrever sus sentimientos, ni siquiera el poeta quien se limita a dejar testimonio, ni más ni menos, de ese momento mágico que vive cada día: “De tarde cuando escribo, murmuro”.
            A Barroeta le pesa el tiempo que pasa, le desgarran las horas y pretende agarrarse a lo único en lo que parece creer: el poema. Este sentir ya se intuye en su primer poemario, del cual hemos extraído el poema “Presencias” que acabamos de presentar en un particular comentario.

                                                                                 

Del Homenaje a José Barroeta.

Viernes, 16 de marzo  2007 a las 20 horas

Lugar: Museu d’Art Modern – C/Santa Anna 8 – Tarragona


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