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domingo, junio 02, 2019

"Versos y Viceversos",
Antonio García Teijeiro - Juan Carlos Martín Ramos
Ilustraciones Juan Ramón Alonso
Kalandraka, 2019

"Versos y viceversos"es un auténtico regalo para el corazón. Dos poetas, uno del norte, Antonio García Teijeiro, y otro del sur, Juan Carlos Martín Ramos, deciden apostar por el diálogo y encarar, en un fluido mágico, sus poemas. Cada poema viene precedido por una entradilla, en castellano y en gallego, y cada poema es un reflejo del otro, de ahí el juego literario con el título, no sabemos sí son "viceversos" porque los poetas quieren establecer una réplica continua entre sus versos o bien porque cada poema ocupa el lugar del otro en un juego literario que nos invita a pensar y a sentir. Sea como sea, los poemas de estos dos grandes poetas se enlazan con agilidad y se nutren los unos de los otros para ofrecer un poemario sólido y maduro, como no podía ser de otra manera; pero también lúdico y mágico. 
Los poemas aluden a distintas realidades, no son ajenos al devenir del mundo ni a sus problemas. Son poemas enérgicos que condenan la guerra, que apelan a la defensa de la tierra, que claman y se duelen; pero también hay poemas íntimos que cuentan la importancia del sueño, que nos susurran el valor de las palabras, la necesidad de la lectura. Otros poemas  juegan y se divierten con los lectores, crean ilusiones y sueños. Por encima de todos ellos, late un sentimiento común y muy potente, la necesidad de la paz: 
"Que escriba el poeta
 sus versos de paz,
que nadie se esconda
ni deje el hogar".
La lectura de "Versos y Viceversos" nos lleva al origen, a nuestras raíces y a su reconocimiento:
"No tengo nada más, 
pero me basta para recordar
quién soy,
el lugar de donde vengo,
las noches estrelladas de mi pueblo".
Muchos de los versos acarician una misma realidad y evocan un miesmo sueño, el del mar,  el del agua que fluye, el de la naturaleza, el del lugar común que a todos nos hermana y que acaba, en suma, aludiendo al poder de la palabra, de la escritura como un puente de entendimiento:
"Hay palabras, en fin,
que tejen sentimientos".
Antonio García y Juan Carlos Martín saben los secretos del oficio y nos los susurran al oído en una cadencia suave que nos mece como las olas del mar mientras nos lleva a la patria perdida:
"Guardo en un armario el mar,
olas ya deshilachadas.
Guardo un castillo de arena
y, dentro, guardo mi infancia".
Los poemas que forman el poemario mantienen un ritmo impecable, a base de la repetición de estructuras sintácticas, juegan con el arte menor y el amor, mantienen algunas rimas asonantes y se divierten con la presentación tipográfica de algunos versos que forman estructuras cercanas al caligrama. Nada hay gratuito en "Versos y Viceversos", como el lector podrá comprobar. Las metáforas, algunas aliteraciones, los juegos de palabras, ciertas comparaciones ayudan a crear una obra sin edad, simbólica y repleta de sorpresas.
Las ilustraciones de Juan Ramón Alonso, a quien todos conocemos, nos dan la suavidad, el matiz y acaban de poner los cimientos del puente que nos lleva del pasado al presente y, por qué no, al futuro y a nosotros mismos porque, aunque sean versos escritos por dos magos de la palabra; en ellos no hay trampa, todo es verdadero y muy cierto:
"Despiértate, mundo,
y vuelve a girar,
lo azul por delante,
lo gris por detrás".
En suma, un poemario para lectores de cualquier edad que quieran coleccionar "huellas en el desierto".

lunes, mayo 16, 2016

La jaula de las fieras,
Texto: Juan Carlos Martín Ramos
Ilustraciones: Susana Rosique
Amigos de Papel, León, 2015


A menudo, si cambiamos de perspectiva y nos ponemos en el lugar del otro, aprendemos a entender otras formas de pensar que no son, ni tienen por qué, las nuestras, pero también constatamos algo que, es más viejo que el mundo (ya lo decía Campoamor); esto es, que las cosas son del color del cristal con que se miran. Y punto...o ¿y punto y coma? Lo cierto es que aún hay más y que, gracias a la empatía, caen los tópicos y los clichés y llega la circunstancia de cada cual, desnuda y pura, y, por supuesto, la generosidad, el afecto, la comprensión y algo muy muy difícil: no juzgar a nadie por las apariencias.
Pues bien, el libro La jaula de las fieras se orienta en esta línea y nos ofrece una visión fresca y directa de algunos animales que, por desgracia, no siempre han tenido buena prensa. Juan Carlos Martín Ramos ofrece una mirada comprensiva hacia el tigre, la araña, la mosca, el lobo de Caperucita y otros animales. Es más, les permite hablar y expresar sus quejas, sus extrañezas y mostrar su valía porque, a menudo, se llevan la fama los que no han hecho el trabajo y ya está bien que alguien se atreva a romper estos estereotipos.
El libro se divide en dos bloques, "Animales de compañía" y "Bichos raros". En el primero, aparecen animales que, precisamente, no se consideran mascotas. Así, el tigre del domador que está deseando hincarle el diente, la araña que caza moscas y mosquitos y ve pasar el tiempo, la mosca en la sopa quien demuestra tener un gusto exquisito, el pez de la pecera que añora el mar, el loro del pirata que es, sin duda, el primero en hablar, el perro pastor al que no siempre le hacen caso las ovejas (en este caso la oveja negra ¿posible homenaje a Monterroso?; el gallo de pelea al que no le gusta pelear, el lobo de Caperucita al que le da una pereza enorme interpretar siempre el mismo papel, la tortuga que no entiende que le digan que va muy lenta cuando ganó a la liebre o el ratón de biblioteca. Se cierra este primer bloque con un poema espléndido titulado "Personaje de libro" que es un homenaje a Gregorio Samsa y, por supuesto, a Kafka:
"Y así paso los días
desde aquella madrugada,
convertido en personaje
de aquel libro
que escribió a su capricho
el tal Francisco Kafka".
La segunda parte, "Bichos raros", arroja luz acerca de la vida y comportamiento de otros animales a los que no solemos prestar atención. De esta manera, el bicho bola al que le encanta rodar; también aparece el ortinorrinco quien reinvindica su propia personalidad ("No soy raro,/ lo que pasa es que miras/ a la cara y ves/ un pato"), el murcielago que lo ve todo al revés, el caballito de mar que se define como "cualquier caballo, / aunque viva en el mar", el pingüino del polo que siempre tiene frío, la paloma de la paz que vive en una chistera, el perro verde, el último mono, el monstruo del lago, el dragón de tres cabezas e, incluso, el ogro, que sin ser animal, también tiene mucho que decir porque ni es tan malo ni asusta tanto. 
Este segundo bloque juega con las frases hechas y los dichos de animales, como estamos viendo. Así el perro verde que no es verde sino blanco o el último mono, al que no hacen caso, pero es el que avisa sobre los peligros que acechan en la naturaleza. Hay, incluso, un curioso animal que ni es cola de león ni cabeza de ratón y así no se gusta porque:
"Con esta pinta
no parezco nada,
ni chicha
ni limonada,
solo un bicho raro
del montón".
Gracias a los versos que, se encadenan unos a otros y resuenan gracias a sus rimas, estos animales son protagonistas y se dirigen al lector, al niño, para comentar sus particularidades, demostrar su valía, erradicar tópicos y demostrar que no son como los pintan o los describen. Eso, sin duda, permite al niño no solo imaginar sino ponerse en el lugar del otro y aprender a comprender y a aceptar e, incluso, a valorar.
Los poemas empiezan in media res y se centran directamente, en lo que cada animal quiere contar. No hay mucha descripción y si narración y monólogo porque cada animal habla y se expresa, al fin, de manera libre. No son animales humanizados, sino reales, más reales que nunca.
Por otro lado, el humor, la ironía, los juegos de palabras se combinan con algunas figuras retóricas como la metáfora, la exclamación, el paralelismo o la comparación para ofrecer unos poemas hermosos, directos, frescos y lúdicos; sin olvidar, ya queda dicho, la crítica hacia ciertos usos sociales relacionados con los animales y con su manera de vivir.
En cuanto a las ilustraciones hay, en ellas, un trabajo mixto que combina elementos textiles con los tradicionales para lograr un efecto muy sugerente en donde nos parece casi poder tocar las texturas y, a menudo, se logra un efecto tridimensional con el que el lector acaba formando parte del texto también y acompaña al bicho bola en su carrera, a la mosca en el momento de sumergirse en la sopa, al pingüino friolero y a tantos otros. Los tonos azules y grises reposan el espíritu e invitan a la imaginación. Y, sin duda, el animal favorito, aquel al que vemos en su lento caminar, sin prisa, pero sin pausa, es la tortuga quien, bastón en la mano, nos conduce a lo largo de este viaje por tierra, mar y aire.
La jaula de las fieras , cuyo título es también metafórico, es un poemario muy cuidado y que, sin duda, gustará... a todas las edades. Ánimo, pasen y vean... la jaula está abierta.

miércoles, noviembre 16, 2011

Juan Carlos Martín Ramos.
Ilustraciones Juan Vidaurre
Madrid, Oxford, 2011, (El árbol de la lectura, 30).




Juan Carlos Martín Ramos, Premio Lazarillo 2003, demuestra que la poesía es un género esencial para los niños, tan esencial como hablar, querer y soñar. No son, por desgracia, frecuentes los poemarios destinados a la infancia, quizá porque la poesía sigue siendo un género minoritario y no todas las editoriales se arriesgan a publicarla. No obstante, la poesía, como la vida, se abre paso y se cuela aquí y allá con su hermosa cadencia. En esta ocasión, es un buzón especial, un buzón de contiene muchas voces, todas ellas unidas por la palabra, por el deseo de comunicar, de hacer sentir al lector. Y es que Buzón de voces no solo es un libro de poesía infantil. Es un libro de poesía. Y basta. Con ello queremos decir que sobran las etiquetas y que todo aquel que quiera reposarse, emocionarse o sentirse dentro de otras voces hará bien en leer este libro.
Buzón de voces viene precedido por un poema titulado igual, que ya nos advierte del contenido del libro: “Aquí se escucha la voz / que nunca se oye/ la voz que suena por dentro,/ la que se lee en los labios / del horizonte”. 
La “voz de la hoja de papel” se hace poesía y resuena gracias a los versos de Juan Carlos Martín Ramos, el cual estructura el poemario en tres apartados:

1. Voces o murmullos. Aquí cede la voz a distintos personajes, todos ellos atemporales, porque no son seres humanos, sino esencias, misterios, orígenes y destinos. Así, habla una pequeña escuela  y un espejo “que no se aclara”; pero también lo hace la noche, el tiempo y la paz. E, incluso, un bosque o unos libros o las palabras o el propio “planeta maltrecho”. El poeta engarza unas palabras con otras y las pone en pie, les permite expresarse y ser libres:
“llamar pan al pan
y arte de magia
a la forma en que amasan
la harina las manos del panadero”.
Porque las cosas cotidianas, aquellas cosas que nos acompañan tiene su propia personalidad, como el libro viejo:
“Pero sueño por dentro
igual que el primer día,
todo pasa de nuevo
por más que se repita”
Gracias a esos versos, limpios y transparentes, entramos en el mundo donde las cosas son porque sienten, son porque transmiten, son porque laten, como el planeta Tierra:
“No puedo más.
Ayúdame a encajar de nuevo
El puzle de la tierra.
Deja que me apoye en tu brazo,
quiero llegar a la siguiente curva
del camino,
comprobar que la luna
todavía
está al alcance de mi mano”.
Son poemas directos, que apelan a un tú, que hacen que el lector, de repente, tome conciencia del lugar que ocupa en el mundo y se sienta acompañado.

2. Voces y otros ruidos. Esta parte está formada por poemas diversos, que, eso sí, están unidos por la voz, por el eco, por el ruido. El mar, la veleta o el tren; una nana, Pepito Grillo o las pisadas del gato… todos tienen algo que contarnos y algún secreto que compartir con nosotros; aunque:
“Tengo un secreto.
Tan secreto,
tan secreto,
tan secreto,
que no quiero recordarlo
ni un momento.

Que luego todo se sabe”.

¿Quién sabe si ese secreto será la voz de la abuela que cuenta cuentos?:
“Quiero tirar de un extremo,
desenredado y hacer
un inmenso ovillo
con todos tus cuentos”.

O ¿será el eco que a veces contesta al revés?:
“Cuando me callo
se aburre y grita,
¡perdón!”

3. Y entre las voces, una. Esta tercera parte está formada por un solo poema, “La voz de quien lee este libro”. Es el momento de concluir el poemario, de cerrarlo y el poeta acude a un verso machadiano para reivindicar su propia voz. Juan Carlos Martín Ramos se comporta como si fuera un espectador de su propia obra y va repasando aquello que más le gusta y advirtiendo que podrá acabar el libro, pero no los poemas ni las palabras ni mucho menos los libros:
“Hay caminos secretos que van
de un libro a otro libro,
caminos de ida y vuelta,
diferentes y a la vez
siempre el mismo”.
Buzón de voces es, en definitiva, un poemario escrito de una manera sencilla, directa, pero llena de imágenes insólitas, sugerentes que chocan o conmueven al lector, que le hacen pensar e imaginar y, sobre todo, ver el mundo cotidiano de otra manera. Por supuesto, las ilustraciones de Juan Vidaurre contribuyen a esa sensación y forman, ellas mismas, un propio poemario en el que las cosas van ocupando sitios dispares y en donde no hay ninguna barrera para soñar.


Cuaderno de desarrollo lector