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lunes, agosto 11, 2014






El mundo de afuera,
Jorge Franco,
Alfaguara, 2014


El mundo de afuera, Premio Alfaguara de Novela 2014, es una historia que te atrapa desde el principio. Jorge Franco crea una ficción en donde la realidad y la fantasía se dan la mano tan fuerte que se entremezclan. El amor, la muerte, la corrupción, la crueldad y los cuentos de hadas son ingredientes esenciales en el relato, aunque puedan parecer contrarios.
En 1971, Don Diego, un acaudalado hombre de negocios, es secuestrado en Medellín, cerca de su casa. Lo secuestra el Mono, quien pretende conseguir una buena suma por el rescate. No obstante, el tema que podría parecer conocido y común a otras novelas, aquí no lo es puesto que hay muchos detalles emocionales que hacen que nada parezca lo que es. Don Diego, germanófilo y exquisito,  pertenece a otra época. Decide construir un castillo en Medellín, imitando el de La Rochefoucauld en el que custodiará sus bienes más preciosos, a Dita, su pareja, que no su esposa, quien huye de la Alemania nazi y, sobre todo, a su hija, Isolda. La pequeña vive recluida en el castillo, aunque es observada por distintas miradas, una la del narrador, un joven al que no llegamos a conocer y puede que sea el propio autor; la otra la de Mono quien estaba secretamente enamorado de la niña.
Isolda ha encontrado en el bosque, un secrero, entre los insectos y unos curiosos conejos, a los que ella pinta y da el nombre de almariajes, que juegan con su pelo y lo trenzan de flores y sueños.
Los personajes de El mundo de afuera son potentísimos, criaturas desubicadas, que no encuentran su lugar en el mundo, ya sea por nostalgia, por imposición paterna o por errores propios.
En la novela hay elementos muy cercanos a los cuentos de hadas, aunque también aparecen momentos de horror y de vileza humana, sin olvidar un humor descoyuntado, enorme, que nos deja perplejos.
El ser humano, entre claros y oscuros, es retratado en la novela. El lector va, poco a poco, entendiendo la peripecia de Isolda, sus deseos más escodidos y sus frustraciones secretas. En medio de todo ello, Dita que trata de salir a flote y acaba contagiada del universo de su hija y Don Diego, quien se resiste a luchar por su propia vida. El Mono, que podría parecernos el personaje negativo, también es motivo de compasión porque nada en su vida le sucede como la había planeado.
Jorge Franco construye una novela que emplea la técnica del "flash-back" puesto que empieza casi por el final y va desgranando, en vaivenes, el resto de la historia hasta un final inimaginable y, en parte, abierto.
En suma, El mundo de afuera es una novela espectacular,  abrumadora y amplia cargada de ternura, de emoción, de dolor, de rabia y de sueños. ¿Quién se resiste a leerla?

viernes, abril 18, 2014

El coronel no tiene quien le escriba

Tras un jueves santo triste, volvemos la mirada a la obra de García Márquez que siempre estará allí para consolarnos y confortarnos. La primera novela que escribió, en 1961, fue “El Coronel no tiene quien le escriba”. Pese al tiempo transcurrido, es una historia actual que habla del poco reconocimiento que se tiene hacia personas que, en algún momento, han servido a una causa y de la progresiva pérdida de dignidad de estas personas que viven en un casi abandono por parte de las instituciones.

El Coronel lleva esperando su pensión de guerra desde hace más de 15 años y todos los viernes acude al reparto del correo; pero nunca llega nada y todo son promesas. Mientras, ellos, su mujer y él, no tienen qué llevarse a la boca. Ya no queda nada valioso para empeñar y su única propiedad es un gallo de pelea que él se resiste a malvender, pese a la opinión de su esposa, una mujer fuerte, que está ya viniéndose abajo.

La novela muestra una continuidad narrativa y se puede leer –se debe, diría yo- de un tirón para no perder ni un ápice de su frescura y espontaneidad. Parece que el autor se inspiró, para escribirla, en la figura de un “hombre que esperaba una lancha a orillas del caño, en el mercado de Baranquilla”. Este hombre solitario y taciturno fue el punto de partida de la novela breve que estamos reseñando aquí. Y también es el embrión de Macondo y toda la saga de los Buendía que García Márquez no tardó en abordar con “Cien años de soledad”. En “El Coronel no tiene quien le escriba” no es Aureliano Buendía el protagonista, aunque ya se le menciona en un momento, así como a Maconco, la imaginaria población (o no tan imaginaria) creada por el autor colombiano que rendía homenaje, de esta manera, a sus raíces, a sus ancestros.

La muerte, la enfermedad, el abandono, la burocracia, la soledad, las ilusiones marchitas y otros aspectos aparecen en las páginas de esta novela, breve en el número de páginas, pero intensa en los sentimientos que alborota y deja en carne viva.

El autor no se desvía para nada del hilo argumental y sigue una cronología recta, como si fuese una película y quizá influido, precisamente, por el lenguaje cinematográfico que tanto admiraba.

En suma, esta primera novela del Nobel colombiano no nos defraudará; al contrario nos servirá de estímulo y acicate para leer el resto de sus obras si no lo hemos hecho ya o para releerlas, que siempre es un buen momento. Nadie como él para penetrar en la entraña de lo humano.


















miércoles, julio 31, 2013

El disco del cielo 
María García Esperón
Cuba, Gente Nueva, 2010

María García Esperón siente verdadero interés por el pasado porque cree, y está en lo cierto, que encierra muchas respuestas para entendernos a nosotros mismos. No desdeña el legado de la antigüedad y, en sus obras, se obstina en tender puentes una y otra vez entre el ayer y el hoy, entre las nebulosas que entroncan con los mitos y los afanes del hombre del S. XXI, enredado en otro tipo de historias que lo convierten en un ser indefenso y vulnerable. Mucho más de lo que quisiéremos reconocer.

Ya en El disco del tiempo (2004) nos presentó a los tres jóvenes protagonistas de la historia, Nuria, Philippe y Marco. En aquella ocasión el disco de Festos era el objetivo de la investigación que llevaron a cabo estos tres amigos. Tras seis años, en 2010, en El disco del Cielo se ven implicados en otra peripecia que los llevará a Nebra, en Alemania, en pos de un fragmento del llamado disco de Nebra.

Cabe señalar que el disco de Nebra es una pieza importante en el puzzle gigante de la historia de los discos de la antigüedad que María García Esperón teje con imaginación, emoción y rigor. Este disco fue hallado en el año 1999. Es una placa de bronce, redonda, que podría representar la bóveda celeste. Este detalle fascina a la escritora mexicana y le sirve para relacionarlo con el final de la cultura minoica, que, en la novela se atribuye a la caída de un meteorito.

Dos tiempos se entremezclan en la novela y se unen en algún momento rompiendo la línea temporal. Por un lado, las vivencias de Aléktor, un aprendiz de Dédalo, quien asiste al final de un reinado que parecía eterno, el creado por el legendario rey Minos. A su lado, la bailarina egipcia Nefereset, que juega un papel importante en la narración. Juntos llegan a tierras de Nebra en donde una maga exiliada, Melkis, tiene subyugados a todos sus habitantes con su extraña influencia. Dédalo, mientras, también llega a Nebra y es invitado por Melkis a viajar a Egipto para conocer la misterio del laberinto de la Pirámide Negra. Todo está escrito en el disco, principio y final.

La historia moderna la protagonizan los tres jóvenes en su afán de localizar el fragmento que falta. Esto les lleva a conocer a un profesor que defiende la caída de meteoritos como el final y el origen de muchas civilizaciones. Hay una sociedad secreta que mata para conseguir hacerse con los discos y poder detentar, así, un poder ilimitado.

De México y Francia, hasta Nebra, para evocar Knossos y llegar, al fin, a Egipto, para desvelar un enigma del cual depende, en buena manera, nuestra propia existencia. El disco de Nebra nos llevará, en la próxima entrega, a El disco de Troya.

La narración es rápida, trepidante diríamos. Se mueve entre Festos, en el Siglo XVII a. C. y Alemania en 2004. Misterios, enigmas, secretos, luchas de poder, ritos ancestrales conforman un relato que el lector, joven y adulto, seguirá con mucho interés pues le permitirá reflexionar y, a la vez, entender, en parte, qué es lo que mueve y paraliza al ser humano: la lucha por atrapar el tiempo, por ser inmortal, y la constatación de que somos entes finitos y mortales. Quizá si aceptamos que nuestro paso por la tierra es limitado, aprendamos, de una vez, a respetarnos.

















domingo, noviembre 04, 2012

Marcelo Suárez de Luna
Edición de María García Esperón
Buenos Aires 7 México, 2012


“Que su viejo no lo hacía tan mal”, es el deseo que Marcelo Suárez de Luna pide para su hija en el último poema de este poemario, Poesía imperfecta. ¿Cómo definir esta poesía que invade los poros del alma y se cuela por todos los resquicios de la vida? ¿Es imperfecto el compromiso? ¿Es imperfecto el amor? ¿Y las diferencias culturales? ¿Y las señas de identidad? ¿Y los pobres… son imperfectos? ¿Es imperfecto vivir? Seguramente todas estas preguntas puedan contestarse con un sí… porque Marcelo Suárez no busca una poesía pura, en el sentido clásico del término, en que todos los versos sean perfectos, que trate de una forma abstracta los temas del amor, de la religión, de la muerte o del destino. No, Marcelo Suárez, como es ya su seña de identidad, busca algo más en la poesía. Busca acaso que sea impura, en la línea de marcó Neruda, que brote enérgica y precisa y apunte directamente, en palabras de Celaya, “al pecho”.
Vale la pena leer una poesía así porque te consuela de las imperfecciones de ser humano, porque te alivia de la carga de ser trascendente y mortal. Vale la pena que sean unos versos imperfectos, pero dibujados casi como caligramas, porque te hacen las preguntas a tú como lector y te invitan a pensar y a formar parte una y mil veces del poema.
La ironía y el humor aparecen en los versos del poeta; pero también las ansias de libertad y la ternura. Son versos polimétricos que juegan con las rimas y que se adelgazan o amplían según sea el discurso, al compás de la propia vida.
Marcelo Suárez es un poeta culto, que conoce muy bien las referencias clásicas y las maneja cuando le conviene, pero se sabe hombre y mortal; de ahí que no pierda tiempo en abstracciones ya que no teme “revelar los secretos de los dioses”.
Todos los amores del bonaerense Suárez y sus señas de identidad lingüísticas y culturales en engarzan en este poemario que pudiera parecer irregular pero que, bien mirado, traza el paisaje personal de su autor. Y es que, al fin y al cabo, el poeta se define a sí mismo como “uno que va de contramano por las calles de la vida”.

jueves, noviembre 10, 2011


Horacio Quiroga
Vicens-Vives, Barcelona, 2003.
Ilustraciones François Roca.
Edición, notas y actividades Jesús Jiménez Reinaldo.




El devorador de hombres, del escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) es un relato intenso y estremecedor. Escrito con la maestría del autor que es capaz de evocar, en el lector, presencias atávicas y estremecedoras, El devorador de hombres acaba siendo un tributo al valor y a la honestidad.
Escrito en primera persona por Rajá, un tigre de bengala, narra cómo acabó humillado en un circo y cómo logró escapar y conservar su dignidad de animal. Rajá pertenece a una familia de tigres orgullosa. Su padre había perdido un ojo en la lucha, pero había sembrado el terror entre los hombres. Rajá asiste impotente al final de su estirpe, pero se siente orgulloso porque su padre y su madre le han legado el orgullo. Pese a que es capturado y vendido a un circo de Calcuta, Rajá nunca es vencido ni doblegado. Su domador, el capitán Kimberley lo veja y maltrata para lograr aplacarlo y Rajá permite que se engañe, aunque él sabe que sigue siendo un tigre de bengala, el felino más poderoso.
Rajá admira la nobleza en un cazador, en lord Aberdale y solo ante él se permite ser débil, pero solo ante él se siente de nuevo libre y único. Rajá logra su venganza y, al fin, logra ser de nuevo él mismo, aunque le lector tendrá que descubrir cómo.
El relato, casi una novelita, ahonda en la psicología del felino y en el afán de los hombres de poseer y domar aquello que escapa de sus posibilidades. ¿Es posible doblegar a un tigre de bengala? No parece fácil, pese a que los métodos que se emplean con Rajá ponen a prueba su fortaleza y templanza.
El relato une a dos personajes de distinta naturaleza, pero igual concepto de la vida. Tanto lord Aberdale, con su juventud y belleza, como el Rajá vienen a representar el mismo ideal, de libertad, de valor, de nobleza, de lucha, de superación.
El relato, en la edición que comentamos, está ilustrado por François Roca quien pone al servicio del texto sus mejores ilustraciones que recogen toda la belleza y pasión del tigre.
El devorador de hombres es, por otro lado, un texto contenido, que persigue un único afán: llegar a la venganza final. De ahí que el autor no se demore en descripciones ni en disquisiciones superfluas. A Horacio Quiroga le interesa presentar al personaje y deja muy claro su objetivo: “Yo, rajá, tigre real de Bengala, voy a contar en lenguaje humano cómo me vengué de mi dueño, el domador Kimberley, que me amansó”. Bien, pensar que lo amansó es mucho suponer porque, a lo largo del relato, el tigre deja bien claro que nunca fue sometido, aunque lo pareció y que toda su vida, a partir de entonces, fue vivida con un mismo afán: la venganza.
El relato, por lo tanto, respira una especie de aliento épico que hace estremecer al lector y sentirse total y apasionadamente prendido del tigre. Pese a los años transcurridos sigue siendo un texto actual y, por supuesto, hermoso. La edición de Jesús Jiménez Reinaldo actualiza, de alguna manera, el clásico y permite que se siga disfrutando de su lectura y, cómo no, de su belleza.

martes, septiembre 20, 2011




PRESENCIAS

He murmurado.
De tarde escribo
y escucho que mis hermanos hablan en la terraza.

Mi hija agarra los papeles, los dobla, los desdobla
y sale corriendo.

La tía vieja fuma mi cigarrillo,
mira lo que yo escribo, sale y tira la puerta.

Mi hija me hala del brazo y echa a correr;
en sus manos lleva un libro de Kant.

Mi padre lee en el salón y no me molesta.

Mis hermanos se han cansado del viento de la tarde,
entran a mi cuarto, toman asiento en la cama de un primo
que enciende sol de madrugada y comienza a reír.

De tarde cuando escribo, murmuro.

            El poema “Presencias” forma parte de la sección Ejercicios para un libro de amor, dentro del libro Todos han muerto del poeta venezolano, José Barroeta, que hoy estamos homenajeando en este espacio tan hermoso.
He conocido a José Barroeta gracias a la edición de Candaya de su poesía completa, Todos han muerto y pienso que es un libro necesario que viene a llenar un hueco importante y que nos ayudará entender un poco mejor la poesía de los últimos 50 años de la que José Barroeta es un excelente representante.
            No he querido acudir a exhaustivas fuentes de información ni me he documentado de manera sistematizada a la hora de enhebrar estas palabras puesto que pretendo que mi glosa o comentario surja casi espontánea, del corazón, del sentir, aunque eso no es obstáculo para que no intente centrar al autor que hoy nos ocupa. José Barroeta nació en 1942 en Pampanito (Trujillo, Venezuela) y murió en 2006, pocos días antes de que viera la luz la publicación de sus obras completas a cargo de Candaya.
            Barroeta es autor de seis libros de poemas: Todos han muerto (1971), Cartas a la extraña (1972), Arte de Anochecer (1975), Fuerza del día (1985), Culpas de juglar (1996) y Elegías y olvidos (2006).
            Barroeta ha formado parte de diversos grupos literarios vanguardistas y ha sido un autor muy traducido y reconocido dentro y fuera de su país; aunque hacía falta un proyecto editorial que quisiera publicar toda su obra. Cabe añadir que fue profesor y dedicó parte de su quehacer literario a libros de ensayo y crítica sobre literatura española y venezolana.
            Si nos centramos en el poema “Presencias” que es el que he escogido, lo primero que nos llama la atención es su carácter esencial y minimalista. Se trata de un poema sobrio, de lo cotidiano que apenas tiene detalles ornamentales, que no contiene un solo adjetivo y en cambio sí muchos verbos. José Barroeta se centra en las acciones que él y otros miembros de su familia realizan cuando se sienta a escribir. Ahí está el hermoso contraste que se establece porque, mientras él escribe,
-sus hermanos hablan
-su hija agarra papeles, los dobla, los desdobla y sale corriendo (regresa y le tira del brazo, “hala” dice el poeta que resulta mucho más plástico y vuelve a correr)
-su tía fuma, mira lo que escribe él y sale
-su padre lee y “no molesta”
-sus hermanos regresan y entran en su cuarto y se sientan en la cama.
            Mientras, el poeta, escribe, pero no sólo escribe sino que “murmura”, esto es, está en íntima comunión consigo mismo, con sus ideas, aunque no deja de ver qué ocurre a su alrededor. Resulta curioso, como acabamos de ver, que los miembros jóvenes de su familia irrumpen con fuerza en su cuarto, su hija corriendo y halándole del brazo, sus hermanos sentándose en la cama (de un primo que enciende el sol de madrugada, en brillante imagen que podríamos calificar de surrealista). En cambio, los personajes mayores, más adultos, apenas rompen el equilibrio: su padre lee sin molestar y la tía vieja muestra algún interés por lo que él hace, pero no dice nada.
            Es una escena cotidiana, de un joven de casi 30 años que intenta llevar a cabo su creación poética en un escenario, inicialmente, poco propicio para ello puesto que todos entran y salen de su habitación. Mientras, el poeta “escribe, murmura”.
            “Presencias” está escrito en primera persona, como ya se va viendo y muestra el momento de la creación literaria de Barroeta. “He murmurado” empieza el poema, que irrumpe por así decirlo de manera rápida, como un fogonazo. A partir de este verso breve se van sucediendo versos largos, versículos, sin rima, sin aparente ritmo, que desgranan un momento en la vida del poeta, aunque bien centrado en el tiempo “de tarde”.
            El poema se va estructurando en bloques de dos, tres e, incluso, un solo verso que se vinculan por un mismo tema o por un mismo protagonista. Se inicia con el momento de la creación y ya con la presencia de los hermanos; sigue con la llegada de la hija que muestra poco respeto por lo que su padre escribe: “Mi hija agarra los papeles, los dobla, los desdobla”. Continúa con la “tía vieja” que “fuma mi cigarrillo”. Cede de nuevo protagonismo a la hija, quien, como pequeña que es, sólo piensa en jugar y en correr por la casa. Aquí el poeta añade un detalle significativo: la niña ha cogido un libro de Kant, sin saber quién es, pero que, de alguna manera, trata de resumir el sentir del poeta que quisiera un ambiente metódico como el del filósofo y que, en cambio, tiene un hogar bullicioso. Llegamos a su padre quien no parece sentirse afectado por lo que escribe el poeta, quien lo ignora. Y, por último, llega el momento cargado de vida y de imágenes fuertes del poema: sus hermanos “se han cansado del viento de la tarde” y regresan para invadir la mínima soledad del poeta. Y aun hay la referencia a un primo que no está, pero que es el propietario de la cama en la que se sientan los hermanos. Se trata, pues, de una familia llena de miembros, de una familia que es bulliciosa y que por eso contrasta con el verbo que Barroeta emplea al principio y al final de poema, como una especie de círculo que se cierra: murmurar. Él murmura, mientras todos los demás hacen ruido. Curiosa antítesis la que maneja el poeta.
            “Presencias” es, como decíamos, un poema de la cotidiano, pero que se reviste de grandeza porque su autor ha sabido dar a todos los miembros de su familia el papel perfecto que juegan en su obra; es más, ha hecho materia poética de un momento de desazón, quizás, de interrupción del trabajo.
            Podríamos, por último, insistir en la ausencia de adjetivos y en el realismo del poema que apenas contiene ninguna imagen, si salvamos, las que ya hemos comentado, ya al final del poema. Barroeta se acerca a la prosa, aunque sin ser prosaico puesto que condensa un momento íntimo y esencial en su vida. Seguro que “Presencias” es, en el fondo, un reconocimiento a su familia quienes, de alguna manera, condicionaron la poesía de Barroeta y también su sentir. Hay también un uso continuado de los determinativos posesivos, “mi o mis”, sobre todo, en clara alusión a los miembros de su familia. Y, en cuanto a sintaxis, notamos enumeraciones y bimembraciones unidas por la conjunción copulativa “y”. Por otra parte, el poema es de lectura diáfana y de gran limpieza poética. Hay sólo un verbo que alude a un sentimiento positivo que es “reír” y se lo aplica al primo ausente; todos los demás llevan a cabo sus acciones sin dejar entrever sus sentimientos, ni siquiera el poeta quien se limita a dejar testimonio, ni más ni menos, de ese momento mágico que vive cada día: “De tarde cuando escribo, murmuro”.
            A Barroeta le pesa el tiempo que pasa, le desgarran las horas y pretende agarrarse a lo único en lo que parece creer: el poema. Este sentir ya se intuye en su primer poemario, del cual hemos extraído el poema “Presencias” que acabamos de presentar en un particular comentario.

                                                                                 

Del Homenaje a José Barroeta.

Viernes, 16 de marzo  2007 a las 20 horas

Lugar: Museu d’Art Modern – C/Santa Anna 8 – Tarragona


miércoles, septiembre 07, 2011


                                                "Hay un mensaje /  hay un secreto.”

“La niebla cerró su cortina
en la ciudad
                                                               Caminan todos los fantasmas
en soledad”.
(Mercedes Calvo)
NOTA BIOGRÁFICA: “LETRAS SALVADORAS”
           
            Dedicamos hoy este estudio a una escritora uruguaya, de exquisita y fina sensibilidad: Mercedes Calvo quien con las hermosas palabras que transcribimos recrea su biografía y pensamos que ya, después de leerlas, no haría falta nada más que ir directamente a su libro, “Los espejos de Anaclara”. No obstante, trataremos de acercarnos un poco más a esta poeta. Leamos, primero, este texto lleno de poesía y, después, sigamos nuestro acercamiento a su figura, su obra y su especial percepción del mundo y de las cosas:
            “Si uno es lo que come soy, antes que nada, el jugo de las naranjas de mi Salto natal, los caramelos de azúcar quemada que hacía mi madre, las sopas interminables
-una cucharada para papá, otra para la abuela- donde flotaban, entre las verduras insípidas, los fideos de letras salvadores con los que escribí, en el borde del plato, mis primeros poemas.
            Si uno es lo que lee navego con Guillén por el mar de las Antillas, galopo con Alberti, escribo los versos más tristes con Neruda, grito con Lorca que no quiero verla, transito la oscura soledad de Góngora. Voy y vuelvo siempre, con Cernuda, entre la realidad y el deseo.
            Pero si uno es lo que sueña –y en verdad es poca una oportunidad para las infinitas posibilidades del existir- sin duda estoy comenzando mi segunda vida donde, después de compartir los años escolares de muchas generaciones de niños, vuelvo a la infancia por el hilo misterioso de la escritura, buscando en ella la raíz oscura, pero siempre luminosa, de la poesía.”
 Mercedes Calvo (Salto, 1949) ha gustado de la poesía desde pequeña y, gracias a ello, nunca ha perdido de vista los misterios de la infancia, como veremos en estas líneas. Desde 1971 se dedicó a la docencia como maestra y esta vocación, en sus palabras, ha dado especial valoración al desarrollo del lenguaje poético, tanto redactando como llevando a cabo proyectos y publicaciones de trabajos de los niños. Preocupada por el fomento de la lectura desde las aulas considera que “No creo que se haga poco, creo mas bien que a veces es necesario darle otro enfoque, hacer otra cosa para quitarle al libro su condición de instrumento didáctico y volverlo, simplemente, elemento de disfrute. Creo, con Pennac, que la función del docente debe ser similar a la función de una celestina: debe propiciar el encuentro entre las dos partes, y luego alejarse, discretamente. Pero los docentes tenemos la idea de que debemos estar enseñando siempre, y nos cuesta bajarnos de nuestro pedestal. La relación niño- adulto no es todo lo horizontal que debiera y el niño lo percibe. Sabe que detrás de la lectura escolar hay intenciones ocultas, mensajes, la vieja moraleja de las fábulas, sólo que ahora más sutil, más encubierta. Y si bien, paulatinamente, la lectura de cuentos va ganando terreno en el aula, no ocurre lo mismo con la poesía, que sigue utilizándose para las fiestas patrias, los acontecimientos escolares, la memorización y el recitado, o, en el mejor de los casos, el dibujo.”
 No considera, por lo tanto, que la lectura esté desapareciendo ya que, al proponerle que haga una defensa de la misma, comenta llena sentido común: “Ello implicaría considerar que la lectura está siendo atacada, y no lo considero así. No creo que se lea menos que antes, creo, más bien, que se lee diferente. El gusto por la lectura es un gusto normal y constante que se desarrolla naturalmente en un ambiente adecuado. Si no hay que realizar una defensa de la televisión es porque ésta iguala al niño y al adulto, el niño mira TV para imitar al adulto. El libro, en cambio, si no existe en el hogar un ambiente lector, alude directamente a la escuela, y separa. No es con técnicas especiales que se trasmite el amor al libro, sino con entusiasmo y ejemplo”.
Mercedes Calvo es una excelente lectora: “Desde niña –asegura- he preferido los libros no escritos específicamente para niños; tuve la suerte de tener acceso a una gran variedad de libros y adultos que supieron no interferir ni pretender guiar. En esa época gusté a Lorca, Nicolás Guillén, Alberti, Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Cernuda, Góngora. Los españoles me marcaron mucho: Azorín, Valle Inclán, Pío Baroja. Me gustaba entonces especialmente la poesía y el teatro. También leí Cronin, Pirandello, Sartre, Françoise Sagan, Colette, Chejov. Después descubrí a Neruda, Oliverio Girondo, Vallejo, mucho después Saramago, y Wislawa Symborska, que hoy es una de mis preferidas.” En la actualidad uno de sus libros de cabecera es “Memoría de la melancolía”, de Mª Teresa León.
Cuando se le pregunta qué es para ella la poesía nos dice, modesta: “Las palabras de Octavio Paz se adaptan perfectamente a lo que yo siento: “Entre lo que veo y digo, entre lo que digo y callo, entre lo que callo y sueño, la poesía. Se desliza entre el sí y el no, dice lo que callo, calla lo que digo, sueña lo que olvido. No es un decir, es un hacer. Es un hacer que es un decir. La poesía dice y se oye: es real. Y apenas digo es real, se disipa. ¿Así es más real? Idea palpable, palabra impalpable. La poesía va y viene, entre lo que es y lo que no es. Teje reflejos y los desteje. La poesía siembra ojos en las páginas. Siembra palabras en los ojos. Los ojos hablan, las palabras miran, las miradas piensan. Oír los pensamientos, ver lo que decimos, tocar el cuerpo de la idea. Los ojos se cierran. Las palabras se abren.” No se puede decirlo de una manera más hermosa”- añade Mercedes.  Pero, en la entrevista que le hiciera Abraham Díaz en Noticias 22, que citaremos y reproduciremos más adelante, añadió algo más: “Una ventana a la inocencia arrancada por el tiempo, Edén de mil colores y fantásticos sonidos”.
            Nuestra escritora ha colaborado con artículos sobre esos temas en revistas de actualización docente. Desde 1997 trabajó en Educación de Adultos, y desde 1999 fue correctora del Departamento de Publicaciones e Impresiones del Consejo de Educación Primaria. Jubilada desde 2006, ha podido, al fin, gracias al tiempo libre, dedicarse a escribir poesía para niños. No acaba de gustarle mucho el término poesía infantil: “El término “poesía infantil” es engañoso, Por lo general alude a una versificación trivial , con abundancia de diminutivos. Pero la verdadera poesía infantil es, simplemente, poesía, que además de todos sus valores, interesa a los niños. No debemos dictaminar nosotros cuál es, sino ellos.”
            Mercedes Calvo, cuando habla de su labor como escritora, comenta: “Todos hacemos catarsis escribiendo, en algún momento de nuestra vida. Las penas de amor, las alegrías, las injusticias, hacen que necesitemos volcar en el papel los sentimientos, las emociones. Y la poesía es el medio ideal para ello. De allí a escribir para publicar, hay un abismo. Pero desde que comencé a trabajar con mis alumnos la escritura de poemas, aprendí con ellos que todos tenemos nuestra propia mirada, y el deber de dar testimonio de ella. El encontrarme con tiempo para mí misma después de muchos años en el pluriempleo posibilitó que, ante una convocatoria a escribir poemas para niños, a los cuales estuve ligada toda mi vida, me preguntara. ¿Y por qué no? Así surgió Anaclara.” Sobre Anaclara, precisamente, escribiremos a continuación.          

PREMIO HISPANOAMERICANO DE POESÍA 2008: “LOS PREMIOS ABREN PUERTAS”

            En el año 2008, con “Los espejos de Anaclara”, Mercedes Calvo obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía para niños, convocado por el Fondo de Cultura Económica y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su seudónimo, cómo no, fue “Anaclara” y el libro ha sido publicado por el Fondo de Cultura Económica de México, ciudad en dónde recibió el galardón. “Lo escribí  -nos dice- especialmente para esa convocatoria, en dos semanas. Por supuesto sentí mucha alegría, era mi primer intento de escritura y un espaldarazo como éste es importante. Mis amigas me decían: -no sabía que escribieras. Y yo les contestaba: -yo tampoco. De la noche a la mañana me vi convertida en escritora. Los premios actúan como agentes literarios, y sin duda abren puertas pero, en definitiva, este premio no significa más que fue el poemario que eligieron tres personas entre otros presentados. Yo agradezco la oportunidad, pero hora el libro deberá enfrentarse sólo a sus lectores.”
            El jurado que le concedió el premio estaba integrado por los escritores María Baranda y Carlos Pellicer López, de México, y Pedro Villar, de España. Como nota curiosa hay que decir que se presentaron 270 obras al concurso. De “Los Espejos de Anaclara” el jurado destacó “el libro seleccionado tanto por su reflexión y hondura como por la manera en que se aproxima al misterio poético con un lenguaje preciso y adecuado para el lector destinatario.”
            Anaclara, la protagonista del libro, en palabras de la también escritora María García Esperón es “Una niña muy profunda, escrutadora de las apariencias para demandarles su hermoso secreto, esa esencia de las cosas que es la raíz de la belleza que algunos nunca conocen, otros sólo intuyen y unos pocos, como Mercedes Calvo, son capaces de habitar y lo que es más difícil aún, de transmitir.
En cualquier instante de nuestra existencia, en cualquier punto del viaje, estamos situados enteros, con nuestros recuerdos y nuestras esperanzas.
Presente-pasado-futuro de afectos y nostalgias, de pérdidas siempre tibias, de reencuentros imposibles, de lealtad en fin a esa Anaclara que somos todos y que nos mira tenue y recargada en el barandal de la infancia.”
            Aludimos de nuevo a la entrevista realizada por Abraham Díaz, “Esta puertita que comunica con la infancia” y reproducimos gran parte de la misma por su especial relevancia y belleza y porque nos permitirá conocer un poco más la personalidad de la poeta uruguaya: “Con la relación que llevó con los niños durante su labor como maestra (jubilada desde 2006), la escritora se da cuenta que no era una niña especial, diferente, distinta, sino que en realidad era y es como todos los niños, más profundos que los adultos, a veces olvidamos cómo éramos cuando niños.
“Los espejos de Anaclara”, según la entrevistada, quien radica en Montevideo, Uruguay, está escrito a partir de la apariencia, la realidad, la fantasía, y por supuesto: la poesía.
 Ante el avance de la realidad virtual que también ha influido el desarrollo de los chiquitines, Calvo destacó que los niños sí se interesan en la poesía y en la lectura en general, el problema somos los padres. Lo que pasa es que muchas veces, los que no nos interesamos somos los adultos, pretendemos que los niños hagan cosas que nosotros no hacemos, ¿cuántas veces los niños nos ven leyendo?, les decimos que es muy importante leer pero nos pasamos muchas horas frente a la televisión, sentenció en entrevista telefónica desde Montevideo.
Ganadora de entre más de 270 obras, la obra de la maestra-poetisa hace eco en algo que desde muy chica ella vivió, pues se empapó de los grandes clásicos, desde Góngora, Darío y García Lorca hasta Neruda, aunque también la música ha sido alimento para su alma. Me he nutrido de mucha música, la música popular sobre todo: Violeta Parra, Teresa Parodia, Amparo Ochoa, los tangos rioplatenses, los fados portugueses, la música uruguaya, todo eso es poesía y es influencia en uno, pero sobre todo, los niños, ellos son una gran influencia, dijo.
Según la poeta, si existe un ambiente donde el libro es una cosa cotidiana, importante, los niños puede llegar a él y entonces se maravillan, y no lo sustituyen ni la televisión, ni los videojuegos, pues el contacto con los libros es algo insustituible para ellos. Mientras que para algunos escribir literatura infantil es un reto, para Mercedes Calvo escribir poesía dirigida a los niños no es ni difícil ni fácil, simplemente es mantener vivo el niño que somos y dejarlo hablar, pues la poesía no es una técnica, es tan sencilla como recordar o dejar abierta esa puertita que comunica con la infancia e irse por ahí para comenzar a hablar.
 Sin considerarse una gran escritora, la docente jubilada dijo que la poesía resulta imprescindible, leerla, claro, pero sin duda también escribirla. Muchas veces, nosotros nos sentimos un poco cohibidos ante el hecho de cómo vamos a escribir poesía sino somos escritores, pero yo creo que hay que escribir poesía, no importa si lo hacemos bien o mal, o si quizás no publicamos un libro, pero escribirla para uno mismo es una cosa que realmente nos conecta con el otro, nos conecta con el otro y con nosotros mismos, y eso es una cosa importantísima, explicó la ganadora del premio al que concursó con una obra marcada en el certamen con el número 264.
Consciente de que hay que dejar salir las emociones cuando se lee y escribe poesía, Mercedes Calvo apunta que, más que seres pensantes, lo que la lírica forma son personas sensibles; ella desencadena la sensibilidad a flor de piel. Con su libro, la escritora hace un homenaje a todos los niños que, bajo su cuidado e instrucción, se regocijaron de las dulces y alegres imágenes de la poesía: Anaclara somos todos, soy yo, eres tú, somos lo que mantenemos todavía la capacidad de asombro. Es simplemente el nombre de una niña a la cual quiero, y un nombre sonoro, musical; me importa mucho esa parte, la sonoridad en la poesía.
Para concluir, Mercedes Calvo afirma que la mirada de Anaclara es la mirada infantil que ojalá y no perdamos nunca. “

LOS ESPEJOS DE ANACLARA: “EL ESPEJO HA DE LLAMARSE POESÍA”
            “Los espejos de Anaclara”, ilustrado por Fernando Vilela de una manera luminosa y llena de magia, nos cuenta, de alguna manera, un viaje especial, el viaje que una niña, Anaclara, ha hecho por el otro lado del espejo, por el reflejo de ese otro mundo que, como el de Alicia, está lleno de magia y de sueños. Por eso, en el libro, a menudo algunos versos se leen gracias a su reflejo como si, de verdad, los viésemos a través de un espejo. Anaclara es pequeña y se asombra de todo lo que ve, no entiende demasiado bien las convenciones adultas y quiere crecer, pero sin dejar de amar la poesía ni la belleza de las palabras. Mercedes Calvo, a propósito del nombre de la niña, comenta: “Además de ser el nombre de una niña que quiero, es un nombre musical, sonoro, límpido. Anaclara somos todos los que hemos dejado abierta la puerta de la infancia y seguimos maravillándonos y preguntándonos cosas”. “Los espejos de Anaclara” es un libro construido de una manera singular que nos permite entrar en el mundo de la infancia, colarnos por una puerta pequeña y ver cuánta verdad, cuánta belleza hay en ese universo que muchos, por desgracia, han dejado atrás. Bien cierto es, como dijera el poeta, que la patria del hombre es la infancia. Mercedes no renuncia a su infancia y nos la muestra olorosa y recién estrenada. Los versos de “Los espejos de Anaclara” rezuman musicalidad y sonoridad, cualidades muy estimadas por la autora. Son transparentes como la tierra después de la lluvia porque se nutren de los sueños infantiles, de las percepciones de los más pequeños que están cargadas de verdad y de certeza.
Si empezamos a leer los versos del libro, vemos que al inicio,  Anaclara  ya se formula las grandes preguntas que se han hecho todos los filósofos del mundo, en clave de cuento infantil, concretamente de Blancanieves, pero la niña no quiere saberse la más bella, sino cual es su camino, cómo ha sido, cómo es y cómo será. A la pregunta de quién soy, el propio Sócrates contestaría aquello tan famoso de Nosce te ipsum (Conócete a ti mismo):
“Espejo, espejito
yo no quiero saber quién es más bella
Sólo dime tres cosas
espejito:
quién soy
quién fui
quién seré.”

Anaclara, como si fuera una Alicia, anda buscando tras los espejos y tiene una certeza, se sabe oculta en su propio cuerpo, es más, si mira hacia dentro, es capaz de vislumbrar un camino que la lleva nadie sabe dónde. La autora introduce unas imágenes dalinianas impactantes:
“Me encierro en mi cuarto
busco en el espejo
sé que estoy oculta
dentro de mi cuerpo.

Miro por la puerta
de mi ojo izquierdo
y veo un camino
que lleva muy lejos.

-Duerme en los relojes
prisionero el tiempo.
Desfleca la noche
los dedos del viento.”

Su madre no sabe nada, más la niña aguarda sus besos:

“Cuando en la mañana
ría el limonero
me traerá mi madre
su cesta de besos.

Yo no diré nada.
Guardaré el secreto.
¡No sabrá que anduve
dentro del espejo!”

El juego de preguntas sin respuestas, distintos elementos preguntas y las respuestas son relativamente fáciles, aunque al final Anaclara no sabe qué responde puesto que la pregunta está llena de trascendencia:

“Me preguntó mi nombre
la lluvia clara
yo le dije paloma
de la mañana.

Me preguntó mi casa
dónde quedaba
yo le dije en el viento
entre las ramas.

Me preguntó mi vuelo
quién lo guiaba
yo le dije los pinos
de la montaña.

Me preguntó quién era
la voz de mi alma.
No supe contestarle.
Quedé callada.”

            Sigue Anaclara desgranando esta especial manera de ver las cosas y nos introduce ya de lleno en uno de los motivos del libro, el espejo:

  Desde el cielo
algo escribe
otros nombres a las cosas
algo vive
convertido en mariposa.
¡Alegría!
                                               El espejo
                                               ha de llamarse Poesía.”

Y continúa con las preguntas en torno al mundo real y al mundo de los sueños, ¿cuál es el verdadero?, ¿cómo entramos? A base de dicotomías, Mercedes Calvo va tejiendo ese especial universo de Anaclara:     

“ Une dos mundos
 la savia antigua
                                                ¿cuál es la entrada?
                        ¿cuál la salida?
 ¿Es realidad
 o fantasía?
 Agita el sueño
 de la semilla
 espiralada
 luz escondida.
 ¿Será verdad?
 ¿Será mentira?
 Hay un mensaje
 hay un secreto.
 Eso que viaja
 ¿es la poesía?”

            ¿Cuándo se rompe un espejo llega la desgracia? Anaclara no lo puede creer porque gracias al espejo roto, tiene más pedacitos de mundo, es como si nos ofreciera distintas visiones de la verdad, la verdad no es una, es múltiple, como esos fragmentitos del espejo que Anaclara guarda en su bolsillo:

“¿Siete años de desgracia
porque rompí el espejo?
¡Si ahora tengo
multiplicado el sol
por todo el patio
pedacitos de mundo
en el bolsillo
y un reguero de estrellas
en mi cuarto!”

            En todas partes, Anaclara encuentra motivos de complicidad y en todas partes ve señales de la poesía:
                                   “En el brocal del pozo
yo me incliné
y una palabra al fondo
dejé caer.

El espejo del agua
que se quebró
me robó la palabra
se la llevó.

Por un camino oscuro
se fue mi voz
yo me quedé pensando
¿se me perdió?

Pero el eco del agua
me contestó:
siempre la poesía
se hace de a dos.”

            El libro es una continua reflexión en torno a la poesía, a ese mágico encuentro gozoso entre las palabras enhebradas que Anaclara describe tan bien cuando dice:

“Si entre tres espejos pongo
piedritas de colores
me dará el caleidoscopio
al girar
todas las flores.

Si en vez de piedras
pongo palabras
aquellas que yo tengo
cerca del alma
las que son de todos
las que son mías
                                                 ¿veré abrirse la flor
de la poesía?”

            Al fin, espejo y poesía unidos, uno es el reflejo de la otra, el espejo le permite ver el reflejo de la otra realidad y es ésa otra realidad, que solo captan algunos seres sensibles, el objeto de la poesía:
“¿Quién es la que el viento nombra?
Una sombra
¿Y el que atrapa mi reflejo?
El espejo
¿Quién me viste de alegría?
La poesía.
Con ellos por compañía
mi alma estará siempre en vuelo
pues siente fuerte el anhelo
de sombra espejo y poesía.”

            Anaclara es un alma hermosa que no quiere abandonar sus sueños, su mundo infantil y que cree que, aunque crezca, no tiene por qué prescindir de todo su bagaje de niña. Quiere ser libre y se lo pide a la luna:

“Sólo le quiero pedir
al verla reina en el cielo
que no limite mi vuelo
mis ansias de libertad.
Quiero crecer de verdad
Eso es todo lo que anhelo.
Y aunque es grande su hermosura
y deslumbra con su luz
no quiero ahogarme en la cruz
de sus brazos de ternura
Yo prefiero la locura
de mis sueños de papel
para perseguir aquel
verso que me entibie el alma
y me devuelva la calma
confundiéndome con él.”

Anaclara no acaba de entender las consignas del mundo adulto y ve las contradicciones del mismo, aunque no las critica, solo las rumia, les da la vuelta y sigue perpleja al ver que no las entiende. Mercedes Calvo organiza sus poemas casi en caligramas cuando quiere transmitir una idea que para la niña es difícil de explicar. Veamos este hermoso poema que es como un reloj de arena y que habla, precisamente, del paso del tiempo:

“Tengo un problema con los relojes
 que aún  no  he  podido solucionar.
 Dice mi madre que el tiempo es oro
   siempre se escapa, vuela y se va
                                      Si hoy yo no atrapo ese tesoro
                                             ya no se puede recuperar.
                                                  Vuelan  los meses
                    vuela la vida
                      y mi reloj
                       tic - tac
                          tictac
                       Tic - tac
          proclaman
        serias agujas
      el tiempo vuela
           ¡a trabajar!  Pero sé yo
       que otra voz habla en el reloj
   Me habla de un tiempo para soñar
  que no se pierde  pues  siempre está
   y  aunque  lo use  y lo vuelva a usar”

            Sigue sin entender Anaclara esa manía de los mayores de poner nombre a todo, de confundir las cosas. A ella le parece mágica la naturaleza, tan mágica como sus sueños y no entiende que:
                                                                       “Los tomates rojos
la casa, la fuente
la rama del sauce
el búho, la serpiente
¿A esta fantasía
llaman realidad?
¿Y el viento que habla?
¿Los duendes? ¿Las hadas?
¿El príncipe sapo?
¿Mi espejo y su cara?
¿Dónde los ponemos?
¿Van aquí o allá?
¡Qué manía absurda
de clasificar!”

            Anaclara es una niña observadora, que gusta de la lluvia, del viento, que interpreta los mensajes que le cuentan al oído, que sueña despierta y que trata de reinterpretar los cuentos clásicos:
“Vino un sapo al jardín
bajo la lluvia
vino de no sé dónde
sin paraguas
su piel fría
moteada
su aguda lengua fina
sus ojazos absurdos
su racimo de huevos.
Vino un sapo al jardín
y cantó largamente
y yo esperé que fuera príncipe
que me llevara
a un palacio de luz
que me dijera…
que me amara…
que me quisiera…
Pero el sapo saltó
desde mis ojos
y se perdió en la lluvia”

            Así, el hada se convierte en presencia cotidiana:

“El hada que vive en la azotea
vuela entre la ropa
tendida al sol de mayo.
Con alas de gorrión revolotea
madurando manzanas
y naranjos.
Al abrigo del viento
sobre el techo
comparte los pretiles con mi gato
y cuando llueve duermen
junto al fuego
un ovillo los dos
acurrucados.
No se aleja de aquí
porque conoce
los nombres de los perros
las costumbres del barrio
y yo sé que estará
si la preciso
sólo con invocar su nombre mágico.”

            La poesía de Mercedes Calvo es, como se ha dicho, sonora, rotunda, crece y se adelgaza al compás de las palabras, juega con las letras, las acaricia, las mima, las convierte en objetos, las hace casi jeroglíficos y, en suma, nos muestra lo pasmoso de la realidad que guarda mayor fantasía de la que a veces somos capaces de ver; pero Anaclara sí lo sabe, sí conoce el secreto:                           
“Galopa un caballo
se estira, se e s t i i i i r a
ahora es un tren
ahora una gallina
ahora una bruja
que está panza arriba.
Galopa un caballo
se hincha se hincha
se ennegrece el tren
truena la gallina.
Con un fogonazo
todo se ilumina
e inundan mi patio
caballo y gallina
un tren y una bruja
que cae panza arriba.”

Sabe bien la niña que sueña, al otro lado del espejo, que cada fragmento de ese espejo le da una muestra de algo que no es, pero que parece ser y que, al fin, la devuelve a su vida cotidiana:                             
“Voy por la orilla de un sueño
un paso aquí
y el otro allá.
Viajo en la rueda del tiempo
que ya pasó
que volverá.
Vuelo en el aire impreciso
hacia la luz
hacia la mar.
Retorno abriendo ventanas
para que entre
la realidad.”

            Tras ese viaje especial de Anaclara, al fin,

“Suena la campana
salgo de la escuela
extiendo las alas
a la primavera.
Vuelta mariposa
vuela que te vuela
visito las flores
de la tarde quieta.
Voy a los jardines
voy a las glorietas
vuelo a los malvones
y a las madreselvas.
Recorro volando
toda la alameda
y regreso a casa
para la merienda.”

Seguimos con el juego de preguntas y los especiales reflejos de las respuestas, en forma de dibujos:

“Si la derecha es la izquierda
La risa de aquí
¿es llanto de allá? 



Detrás de estos ojos
¿hay otros ojos?


                                       Mi corazón
                                       ¿es tu corazón?


Este gesto de hoy
¿se grabará en el tiempo?”

Y es que, como pura pequeña filósofa que es, como dijimos al principio se da cuenta de que:
“En la casa
de la plaza
la terraza.


Todo fluye
                       vuela
                                        pasa!

                            Tras su traje transparente
                       ¡tan real!
                     lo aparente me hace un guiño
                     de cristal.”

Antes de acabar, la propia poeta hace una advertencia:

“Observa y no lo olvides.
Son tus ojos.
Anota lo que ves.
Escríbelo en el viento”

Y, por fin, Anaclara termina ese hermoso viaje gracias a los espejos:

“Este viaje termina
en el sitio del viento.
                                               Este espejo se rompe
                                                           en la orilla del mar

Una luz pequeñita
 va a encenderse
Una página nueva
                       va a empezar.

Refrenando el vuelo
                       yo pregunto:”

            Con estos versos se cierra el libro y pensamos que más que un final es una puerta abierta, otra puerta abierta que aparece tras los dos puntos de Anaclara. En la curiosidad infantil, en los porqués de los niños hay mucha más sabiduría de la que a veces los presurosos, sabios y serios adultos sabemos ver.
            “Los espejos de Anaclara”, pues es un libro de poesía diáfana, llena de música cuyos versos forman parte de una historia entera, aunque, sin duda, no pierden ni un ápice de belleza si se leen por separado. Mercedes Calvo,  juntoal tema de la infancia recuperada, nos habla de la naturaleza, de las plantas, del viento, de la lluvia, del sonido de la campana, del especial latido de las cosas pequeñas, cotidianas que la siguen emocionando porque son tan fantásticas como la propia fantasía. Rimas asonantes y consonantes, repartidas con acierto; versos breves, apenas esbozados, al al lado de otros más extensos, aunque es el verso en arte menor el que domina; metáforas, comparaciones y una especial recreación de qué es poesía forman parte del secreto de Anaclara.
Mercedes Calvo, cuando nos habla de su libro, comenta que: ”… el lector y el libro deben dialogar a solas. ¡Quién sabe cuántas cosas hay en Anaclara que yo desconozco y que otra mirada sabrá encontrar! Lo mágico de un libro es que vuelve a escribirse cada vez que alguien lo lee.“Siempre, la poesía, se hace de a dos.”

HACIA EL FUTURO: “UNA PÁGINA NUEVA VA A EMPEZAR”

            “Los espejos de Anaclara” no puede, de ninguna manera, quedarse como obra única y ya, nos cuenta Merces Calvo que : “Por supuesto que este premio me estimuló a escribir, ha sido como descorchar una botella y han salido poemas a raudales; hay tantos proyectos que no creo que las editoriales puedan contenerlos todos. Pero en todo lo que he escrito este año descubro, asombrada, que más allá del género al cual me dedique, siempre estoy escribiendo lo mismo. Indudablemente uno no elige los temas, sino que éstos lo eligen a uno. He aprendido más de mi misma escribiendo que lo que podría haber aprendido en muchas sesiones con un psicólogo. Es más apasionante y más barato… Algunos poemas míos han sido musicalizados; me gusta también esta forma de que otros se apoderen de mi palabra y la echen a volar vestida con nuevos trajes. Por otra parte continúo trabajando en talleres de escritura de poemas con niños. No quiero perder el contacto con ellos porque es para mí muy enriquecedor.”
            Aguardamos con expectación los nuevos poemarios de Mercedes Calvo. De poesía, sin etiquetas, de buena poesía.



PARA SABER MÁS

-Calvo, Mercedes: “Los espejos de Anaclara”, FCE, 2008. Ilustrado por Fernando Vilela.