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domingo, octubre 01, 2017

Els Quiquè,
Laurent Rivelaygue - Olivier Tallec,
Birabiro Editorial, 2017

Els Quiquè són un grup d´amics formats per en Raúl, l`Olívia, el Max, la Paula, el Bernat i la Pamela. Junts s´ho passen molt bé i viuen, gràcies a la seva imaginació, situacions força divertides. En aquesta, l`Olívia ha pintat el cel de gris i això és el tret de sortida d`aquesta aventura plena d´enginy i alegria. De sobte, comença a fer fred i neva; així que acaben fent un ninot de neu a qui li posen de nom en Bernulf. Tot es complica quan surt el sol i en Bernulf, que pot parlar, es comença a fondre. Llavors comença una aventura esbojarrada per salvar en Bernulf que porta els nostres amics a vèncer pors i enfrontar-se amb alguns perills que, ben mirat, també fan riure, como ara una marmota amb perruca o l`abominable gnom de les neus que és tan petit que no fa por, encara que l´Olívia li soluciona el problema fent-li una disfressa apropiada. El ninot de neu es queda a viure amb el gnom i sembla que faran molt bona amistat. I els Quiqué tornen al seu mon real i marxen cap a casa.
El llibre es presenta en format còmic i deixa que siguin els protagonistes qui parlin i permetin que el lector segueixi, en primera línia els seus acudits, les seves idees i propostes.  No cal dir que la imaginació és la qualitat que més es fomenta en la lectura i la que genera el motiu del relat. D´alguna manera es connecta amb el nonsense perquè les situacions semblen quotidianes, però no les solucions ni alguns personatges que són els que ens fan riure o provoquen la sorpresa.
El llibre, adreçat a nens des de 5 anys, ens parla de l`amistat, de les diferències de parers i de com, parlant, la gent es pot arribar a entendre, sense deixar de fer-nos veure que, sovint, les aparences enganyen.
Un relat que apel.la al diàleg, a la camaraderia i a l`alegria de viure. Molt encertat el format i molt lluminoses les il.lustracions, que treballen força bé les emocions dels seus protagonistes.

lunes, octubre 31, 2011

No me gustan los lunes
Jérôme Lambert,
Barcelona, Almadabra, 2011, Pícnic, 20.



Lucien tiene casi 14 años y se siente raro y desplazado. No encaja en ningún sitio, ni en su propia casa. Para Lucien los problemas empiezan en el colegio y continúan todo el día. No hay nada que haga bien, nadie le felicita nunca y él quisiera pasar desapercibido, pero no lo logra: siempre hay algún profesor que lo castiga. Lucien es un chico lleno de miedos, de dudas y de temores. Él cree que no le gusta nada y, para demostrárselo, escribe una lista larguísima anotando todo lo que no le gusta, que es, como dice la palabra, casi todo. Lucien no tolera las endivias gratinadas que suele prepararla su madre. No tolera el colegio –de ahí que los lunes sean fatídicos-, ni los supermercados, ni las flores, ni los perros ni… tantas otras cosas. Solo le entretiene mirar el retrato de la fundadora del colegio, Rosa, a la que considera una buena amiga y acaso hablar con su compañero Basile que tolera todas sus excentricidades sin hacer comentarios.
Jérôme Lambert escribe No me gustan los lunes en primera persona y permite, así, que sea el propio Lucien quien dé rienda suelta a sus angustias, porque, en el fondo, tras esa personalidad tan esquiva, se halla un chico con problemas para relacionarse, que ansía sentirse bien, tener muchos amigos y poder disfrutar de cada día. No obstante, cuando, por casualidad, se tropieza con una de las chicas de su escuela, Fatou, empiezan los cambios. Lucien cree que esa chica es odiosa y ella parece que opina lo mismo, pero entre los dos se establece algún tipo de complicidad cuando deciden escribir, cada uno por su parte, la lista de aquello que les disgusta. El resultado será muy sorprendente y, contra lo que pudiera suponer, cambiará la actitud de Lucien.
A este joven preadolescente lo que le hace falta es contactar con la gente, salir de sus manías y ver que, en el mundo, hay familias, como las de Fatou, que se lo pasan bien juntas, sin juzgarse, sin buscar ningún motivo especial para que las cosas sucedan de una u otra manera.
Pese a que la obra se desarrolla en un ámbito francés, con alusiones al sistema de estudios del país vecino, el traductor ha sabido trasvasar toda la información y aplicarla al sistema español. De hecho, lo que le ocurre a Lucien puede pasarle a cualquier muchacho de su edad porque se trata de crecer y madurar y descubrir que el mundo no empieza y acaba en uno mismo.
No me gustan los lunes es un libro que está destinado a los lectores a partir de 10 años y que gustará, por supuesto, a los de 14 porque les supondrá descubrir en Lucien algunas de sus propias manías. El texto recrea muy bien la psicología de este chico y permite seguir muy bien sus pensamientos, sus estados de ánimo cambiantes y, sobre todo, su prodigiosa capacidad de análisis. Lucien lo estudia todo, lo observa todo, de todo saca conclusiones y eso… a menudo es un lastre para él. El relato, por otro lado, está lleno ironía, una ironía que roza a veces el sarcasmo y que permite a Lucien seguir avanzando. Varios son los personajes que merecen la atención como su amigo Basile, o el padre de Lucien, incapaz de saber qué le puede gustar a una mujer, o la abuela que intenta dejar atrás un duro pasado… todos, de alguna manera, marcan a Lucien y le permiten seguir evolucionando.
La novela tiene un final abierto, aunque lleno de esperanza porque, por primera vez en la vida, Lucien encuentra algo que le gusta, más bien alguien: Fatou. Sobran las palabras y… acuden los sentimientos. Por eso termina el libro porque Lucien ya no va analizar más su vida, se va a limitar a vivirla. Como tiene que ser.

miércoles, octubre 19, 2011

Christian Bruel/Anne Gallard. Ilustraciones: Anne Bozellec.
Traductor Antonio Ventura,
Madrid, El Jinete Azul, 2011.



¿Quién decide qué comportamiento es el adecuado? ¿Por qué hemos de seguir unos patrones a la hora de comportarnos? ¿Es qué los niños no pueden llorar? ¿O acaso las niñas no pueden jugar al fútbol? Nuestra sociedad, tan moderna y tan avanzada, sigue perpetuando unos roles en cuanto al género y, así, aún es frecuente, en los libros de texto, encontrar a madres cocinando y a padres leyendo el periódico o, simplemente, verlo en la publicidad con la que se nos bombardea cada día.
A Julia, una niña lista, bonita y muy observadora, le pasa que no se ciñe a ningún patrón establecido y que, simplemente, vive o actúa como a ella le parece. Y eso perturba a su madre y a todos los que la rodean. Julia es desordenada, va mal peinada y… se parece a un chico. Tanto la acosan con este mensaje que acaba descubriendo que tiene sombra de niño. Julia no quiere tener sombra de chico, porque ella es una niña y lo sabe bien, aunque no actúe como se espera que hagan las niñas. Pero… ¿por eso es menos niña? Esta cuestión, muy relacionada con la psicología, queda en el aire y hace que el lector reflexione muy seriamente sobre su propio comportamiento. Julia, buscando un lugar donde no tener sombra, hace un hallazgo que le cambiará la vida: encuentra a un chico llorando, amargado porque… todos dicen que es como una niña. Y ¿qué?, podríamos preguntar. ¿Y qué? se preguntan Julia y el niño. Al fin y al cabo, cada uno tiene “derecho”, como se lee en el libro, a su propia identidad. Y nos alegramos por Julia y por todas las Julias del mundo porque, si renunciaran a ella, dejarían de ser… Julia, María o Esperanza, tanto da. La cuestión es que Julia sigue siendo Julia, pese a las dudas que le han creado, pese a la extrañeza que despierta su comportamiento y pese a las opiniones de su madre. Julia-terrible. Julia-furia y Julia-Julia. Ni más ni menos. Julia-Julia.
Julia, la niña que tenía sombra de chico es un álbum ilustrado que perturba, que desazona, puesto que su lectura no es fácil ni su contenido, ya que presenta aristas, habla de miedos, de errores, de problemas y eso siempre causa temor. No obstante, es un libro valiente y necesario porque arroja luz, hurga en las heridas, destapa la caja de los truenos y habla de temas que no siempre son tratados en la literatura infantil como pueden ser los comportamientos sexuales.
El texto acaba de ser publicado por El Jinete azul en versión íntegra. En 1980 apareció con otro título, Clara, la niña que tenía sombra de niño, publicado por Lumen, pero con algunas páginas censuradas. Cabe recordar que el libro apareció en Francia en 1967 y, pese a los años transcurridos, sigue siendo actual el fragmento de historia que nos narra.
Christian Bruel y Anne Gallard firman la edición que estamos reseñando, cuya traducción ha ido a cargo de Antonio Ventura. Se trata de una labor complicada puesto que el texto no presente grandes alardes literarios ni emplea imágenes brillantes y, pese a todo, en su sobriedad, es un texto riquísimo, lleno de matices y de carga emotiva que el traductor ha tenido que trasvasar del francés original al castellano.
Las ilustraciones, a cargo de Anne Bozellec, impactan al lector por su finura. Son ilustraciones a línea recta sobre fondos blancos que, contrastan, con el color rojo que predomina de fondo.
La edición de El Jinete Azul está muy bien cuidada y hace de Julia, la niña que tenía sombra de chico una joya literaria, que será apreciada por los bibliógrafos, pero, ojo, su belleza no ha de empañar su contenido. Es, en suma, un relato breve, directo, complejo, que propicia un debate importante y que sirve para remover conciencias y falsos tópicos. Bienvenida sea esta nueva edición si logra, al menos, hacernos cuestionar ciertos roles sociales que aún se mantienen.

domingo, septiembre 11, 2011

El hombre que plantaba árboles/ L`home que plantava arbres,
Jean Giono, Viena, Tarragona, 2011
Presentación de Josep Poblet i Tous


Martin Luther King afirmó, en una de sus frases memorables, lo siguiente: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Esta cita emblemática bien podría haberla hecho suya Elzeard Bouffier, el pastor protagonista del preciso relato El hombre que plantaba árboles. Su autor, Jean Giono, lo escribió en 1953, pero su mensaje es tan positivo y tan emocionante que su lectura sigue siendo más que recomendable.
Escrito en primera persona, por un narrador que recoge la voz del propio autor, El hombre que plantaba árboles nos habla de un caso de voluntad y esfuerzo personales. El relato narra la historia de Elzeard Bouffier, un pastor, quien, con total desprendimiento y altruismo, se dedica a plantar árboles y repoblar un lugar que era totalmente desértico. La metáfora está clara: gracias a su tesón y a su empeño dota de vida aquello que parecía yermo y desolado. Lo mismo puede aplicarse a las personas. Los árboles de Bouffier son reales, son abedules y son encinas o hayas, por ejemplo. No obstante, los árboles que todos podemos plantar en nuestra vida van mucho más allá y si él solo logró reforestar todo un bosque. ¿Qué no podríamos hacer todos juntos? El relato habla de eso, de la solidaridad, del esfuerzo, de la empatía, de las ganas de superación. Se centra entre las dos guerras mundiales y, pese a la destrucción y a la lucha, el pastor, ignorante de todo lo que no sea su proyecto, sigue plantando y plantando. Logra devolver la vida al lugar, porque los árboles con sus raíces evitan la desertización y, así, poco a poco, el monte se convierte en un lugar de paz, que acaba atrayendo a los dirigentes quienes, como dice irónicamente el autor, optan por hacer lo mejor: no hacer nada y dejar que el pastor siga adelante.
La acción se centra por Provenza y se inicia en el año 1913. El narrador cuenta cómo se topó con el pastor y cómo, sucesivamente, fue a verlo para reencontrarlo siempre pendiente de su trabajo: plantar árboles. El narrador hace tres visitas al pastor y en cada una de ellas se queda aún más asombrado porque, como dijimos, el mundo ha vivido dos guerras mundiales y Bouffier, como dijera Luther King, sigue creyendo en la vida.
El texto es muy breve y está lleno de hermosas imágenes. Conviene leerlo de un tirón para entender, si no su mensaje completo, al menos parte de su esencia. Conviene hacerlo así para empaparnos de la magia de Bouffier que, al fin y al cabo, es la magia de cada día, la magia de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos, de aquello que hace que merezca la pena vivir.
El relato merece estar a la altura de otras obras emblemáticas como Juan Salvador Gaviota o El principito porque, como ya ha quedado claro, nos da una lección de vida, más allá del gesto de plantar un árbol, está la proyección de futuro, la idea de que vale la peno hacerlo.
El hombre que plantaba árboles es una de esas lecturas que puede hacerse a cada edad y que en cada momento de nuestra vida, infancia, juventud, madurez o vejez, encontraremos algo nuevo, un mensaje cada vez más intenso. Vale la pena tenerlo como libro de cabecera.