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sábado, abril 24, 2021

"Mujeres que leían"

Rosa Huertas

Tres Hermanas, 2019

Nos encontramos ante una de esas obras íntimas que deben leerse con recogimiento y emoción porque forman parte de nuestra memoria más inmediata.  Rosa Huertas nos ofrece un texto que tiene mucho de novela, mucho de ensayo y mucho de poesía. En él se centra en las mujeres que la precedieron, sobre todo en su madre, para descubrir que las mujeres que forman parte de la generación de la posguerra, las mujeres nacidas en plena guerra y en los años posteriores, tienen mucho que decirnos porque, por desgracia, se las silenció en su tiempo, no se les permitió otra cosa que ocuparse de su familia, atender a su marido y a sus hijos. Con ello se perdieron tantas oportunidades y se truncaron muchos sueños. Pese a ello, estas mujeres, fuertes y con coraje, siguieron adelante y sembraron sus semillas en sus descendientes.

Rosa Huertas nos habla de las frustraciones cotidianas, de esa falta de reconocimiento que hace que se pierda la autoestima y se piense que no vale de nada tratar de realizar los sueños puesto que no son ni útiles ni necesarios, pero también nos habla de la revancha, de las segundas oportunidades, de la fuerza y la templanza de tantas y tantas mujeres que hicieron su labor callada y resignadamente, pero sin perder jamás la alegría ni el saber estar.

A la escritora le sucedió también que, por distintos motivos personales, creyó que lo que ella escribía a nadie le iba a interesar nunca, hasta que rompió el dique y se demostró que sí, que ella también tenía voz porque descendía de aquellas mujeres que leían casi en secreto, que cantaban, que pintaban, que tocaban el piano y que, por desgracia, muchas veces tuvieron que renunciar a ello.

En "Mujeres que leían" aparece la voz en primera persona de la autora y narradora, pero también la de su madre que es quien revisa lo que ella ha escrito, algo así como una crónica de su vida, y quien le da el visto bueno.

Son varias las voces femeninas que se entremezclan, abuelas, tías, madre, hermana... aunque no son las únicas protagonistas, ya que también lo es la casa de verano en donde Rosa Huertas, con su madre, pasa las vacaciones de verano y en donde son más vivos los recuerdos, a veces punzantes, los secretos, la memoria, el pasado. Las fotografías, los muebles, los libros perdidos -algunos reencontrados- son como luces en el camino de esas mujeres; son el faro que nos orienta hoy.

El libro se organiza en torno a 20 capítulos más un epílogo. Su estructura es como un tapiz tejido de sutiles hilos que unen pasado, presente, lo que fue, lo que pudo ser y lo que tal vez nunca sea. Las reflexiones de la autora, llenas de vida, de entereza, nos permiten, sin duda, otra profunda reflexión que trasladamos a nuestras propias vidas.

Sin duda, un libro hermoso, escrito con la verdad, desde el corazón y la pasión de quien conoce el oficio y sabe cómo ejercerlo.


 

domingo, marzo 13, 2016





Todo es máscara,
Rosa Huertas.
Ilustraciones: Álex Fernández Villanueva,
Anaya, 2016.

La acción comienza en Madrid, en 1835, en un baile de máscaras. La máscara es un elemento recuerrente a lo largo del relato, no en balde da nombre a la obra y contiene una simbología que es clave para entender el relato. Nada es lo que parece, ni la ciudad, ni los personajes, ni las acciones.
En este Madrid romántico, preñado de acontecimientos políticos y de continuos sobresaltos, las gentes aprender a seguir viviendo y lo hacen, cómo no, tras una máscara.
Eugenia, una chica de clase social alta, desaparece misteriosamente en ese baile y su amiga Teresa intenta, por todos los medios, averiguar qué hay tras esta desaparición. No le resulta fácil por su condición de mujer, aunque, con la complicidad de su hermano Mateo, se oculta tras un disfraz de hombre que le permite entrar en los espacios prohibidos a las mujeres, el café Príncipe, por ejemplo, y otros escenarios. Le ayuda Lucas, un amigo de su hermano quien vive un momento de confusión y ofuscación sentimental que lo lleva a cometer alguna torpeza con Teresa o con Juan, su identidad fingida.
En el relato se mezclan personajes imaginarios con personajes reales, como es el caso de Larra quien está viviendo sus últimos años y muestra todo su dolor, a veces cinismo, frente a su relación con Dolores Armijo. No obstante, ayuda a Teresa y aprende a guardar su secrero. Larra es una pieza esencial en este puzzle de las máscaras porque él mismo se ocultaba tras una máscara de fingida indiferencia. El relato avanza hasta el fatídido 13 de febrero de 1837 en que el autor decidió quitarse la vida. Rosa Huertas recoge las reacciones de las gentes y nos permite asistir, doloridos, al final de una etapa.
Mientras, Teresa averigua el paradero de Eugenia, aunque eso ya no le importa porque ella misma está viviendo su propia peripecia sentimenal con Lucas. El lector los acompañará en las últimas páginas de una manera especialmente intensa.
Todo es máscara nos habla del papel de la mujer en el S. XIX y de las limitaciones que tenía. Teresa, en ese sentido, es una adelantada a su época que no duda en vestirse de hombre para conseguir sus objetivos, aunque termina congraciándose con su femineidad. La novela también alude a algunas costumbres o usos de la época, como puede ser el duelo e, incluso, a las diversiones comunes como son la corridas de toros. 
Rosa Huertas se pasea por el Madrid del s. XIX con toda naturalidad, por las tertulias literarias, por los mentideros, por las calles, por el teatro Real, por los hogares, por las cocinas y por los espacios más secretos. Logra un relato, así, muy vivo, en donde la ciudad es también protagonista.
Los personajes como Teresa o Lucas son seres que evolucionan conforme avanza la historia. Lo vemos a través de sus cartas, de sus diálogos. Teresa al final del relato ya no es la joven asustadiza y con baja estima que veíamos al principio, sino una mujer consciente de sus ideas, con vuluntad firme. Lucas, por su parte, ya no es el joven despreocupado del principio, algo frívolo, que se fijaba más en la belleza que en el interior, sino un hombre que ha pasado por situaciones límite, que ha estado al punto de perder la vida y que, sin saber muy bien qué le deparará su condición, aunque consciente del amor que le tiene a Teresa.
Todo es máscara es un relato espléndido que no solo interesará a los jóvenes lectores, sino a todo aquel que quiera conocer un poco más cómo fue un periodo tan interesante, como efímero, como es el Romanticismo español.
Las ilustraciones, por su parte, se centran en los espacios y en los personajes a los que retrata de manera estilizada en los principales escenarios que se describen en la novela. La portada, por ejemplo, muestra una escena femenina, interior, que queda superada con la ilustración final, de Teresa, madura y triste, rindiendo tributo a Larra.

viernes, marzo 04, 2016

Mi vecino Cervantes,
Rosa Huertas. Ilustraciones: Beatriz Castro,
Anaya, 2016.

¿Os imagináis a Miguel de Cervantes en pleno S. XXI? ¿Cómo iría vestido? ¿A qué se dedicaría? Lucas, el protagonista del relato que firma Rosa Huertas, cree que su vecino es el autor del Quijote porque se le parece mucho y porque hay demasiadas coincidencias entre los dos. Tanto le emociona el descubrimiento que está al punto de meterse en más de un lío.
El vecino de Lucas, efectivamente, parece haber vivido una vida casi paralela a la del autor renacentista. Ambos han perdido el uso de la mano, ambos pasan estrecheces económicas, ambos son escritores. Por si fuera poco, el vecino le cuenta relatos a Lucas que son las propias obras de Cervantes.
 Mi vecino Cervantes es una novela con un planteamiento muy ingenioso porque trasvasa la circunstancia de Cervantes al Siglo XXI y lo hace a través de la mirada de un niño. Así se logra un relato directo, muy cercano y emocionante.
Los datos que se dan del autor son certeros, con lo cual el libro puede ayudar a los primeros lectores a entrar en el universo cervantino y a hacerlo de una manera cordial, muy a su altura, aunque sin perder rigor ni calidad literaria.
El lector, sea niño o mayor, asiste a la amistad entre un niño y un anciano y se siente como un observador de la misma. El vecino de Lucas no tiene mucha suerte, no cobra jubilación, aunque no ha perdido el humor ni la alegría. De ahí que mantenga una buena amistad con Lupe, la panadera del barrio. Eso ocasiona alguna confusión porque Lucas se entera de que Cervantes murió a causa de la diabetes y cree que, si come dulces, eso le perjudicará.
El diálogo en la novela es esencial, como lo es en el propio Don Quijote. Lucas va creciendo a medida que don Miguel le va abriendo los ojos de la imaginación y lo va invitando a ser una persona creativa y libre. Uno de los consejos que le da es impagable: "...con la palabra puedes aprender, convencer, soñar, viajar a mundos lejanos, imaginar, crear nuevas ideas, relacionarte con los demás... Sin la palabra nada de eso sería posible".
El lector se deja seducir por el juego metaliterario que nos propone Rosa Huertas. ¿Es verdad o mentira? De alguna manera, Lucas sí conoce a don Miguel de Cervantes que lo acompaña durante un trecho de su vida hasta que decide irse a vivir con su sobrina. Ahora bien, la sorpresa viene al final del libro. Entonces descubrimos la verdad y entendemos el papel o misión de Rosa Huertas.
Las ilustraciones, por su parte, son decisivas para situar en el contexto actual la acción que nos relata el texto. Gracias a las mismas, vemos a Miguel de Cervantes hoy en día y aceptamos, de buen grado, que asi sea. Son ilustraciones muy realistas, llenas de detalles y color.
Mi vecino Cervantes va destinado a lectores desde 8 años y será, sin duda, un descubrimiento para ellos porque aprenderán, sin grandilocuencias, quién era Cervantes y cuál es su vigencia actual.
El homenaje a Cervantes, en su 400 aniversario, que le brinda Rosa Huertas es, sin duda, un acierto por su amenidad, por su planteamiento y por su cercanía.