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jueves, julio 10, 2014

¿Dónde está mi zapato?,

Tomi Ungerer,

kalandraka, 2014.


Al principio, ¿Dónde está mi zapato? desconcierta un poco a los niños. Apenas hay texto y parece que el protagonista del cuento, un niño que busca su zapato, te tome el pelo. ¿Eso parece?
Tomi Ungerer apuesta por un lector observador y curioso, que no tema a las novedades y que sepa entender más allá de lo escrito. Tomi Ungerer apuesta, ni más ni menos, por un niño. Un niño, un primer lector o quizá pre-lector, tiene la imaginación intacta y la capacidad de sorpresa a punto como para entrar en el juego que le plantea Ungerer.
El libro se publicó hace 50 años, lo cual corrobora que la originalidad y el buen trabajo no tienen fecha de caducidad. por fortuna.
Cada página del libro es un festín para la mirada. El lector o, mejor dicho, el observador, va pasando páginas y descubriendo el famoso zapato perdido en los sitios más inverosímiles (en el pico de unas aves, en los bigotes de un militar, en el hocico de un cerdo, en la chimenea del tren...). El ojo se va adiestrando y va captando matices que, en un primer momento no vio y va aprendiendo el difícil arte de la observación. Los colores empleados son los básicos; rojo, verde, amarillo, negro, marrón, azul...


Tomi Ungerer acude al recurso del camuflaje para decirnos que la vida está llena de grandes aventuras: solo hay que saber mirar a nuestro alrededor y, al final, después de un proceso lúdico y festivo, encontraremos lo que buscamos. ¡Ah!... y en un periquete.
Nos parece excelente la publicación  de Kalandraka de este clásico de la literatura infantil que, como ya se ha dicho, no ha perdido ni un ápice de actualidad.
¿Quién se resiste a buscar el zapato?

martes, junio 28, 2011


Este artículo lo publiqué en CLIJ ( “Consuelo Armijo: un mundo sin obstáculos”, año 16, número 161, junio 2003, pp. 7-18) hace ya unos años. Entonces conté con el apoyo de la escritora, quien acaba de dejarnos. Con la muerte de Consuelo Armijo, los Batautos se han quedado solos y el Vencecanguelos se siente triste y sin consuelo.

                                                                      

I.                   “YO ESCRIBO PARA GENTE” (DATOS DE LA AUTORA)


            Consuelo Armijo Navarro-Reverter nació en Madrid en 1940: “A ella le hubiera gustado nacer duende o bruja o, por lo menos, hada. Pero resultó que nació niña y ¡ni siquiera rubia y con ojos azules como las que salen en los anuncios! Sino, según las fotos, pelona y con los ojos cerrados” (1). De su infancia no guarda especial buen recuerdo: “En el colegio las clases me aburrían. Según las monjas era tonta, y según yo, las tontas eran ellas (opinión que todavía sostengo)” (2).
            Ahora bien, sí tiene en la memoria a las criadas que le contaron cuentos y a todos los que, en cuanto aprendió a leer, pudo devorar ella sola. Leyó a Celia, Pincocho, clásicos como Oliver Twist y El príncipe mendigo y, sobre todo, Guillermo. “Llegó un momento –nos recuerda- en que la lectura fue para mí una especie de tabla de salvación” (3).
            Consuelo Armijo empezó temprano su profesión de escritora y sus primeros cuentos se publicaron en las revistas “Bazar” y “La Ballena Alegre”. Consuelo Armijo explica su manera de escribir de esta manera: “Yo escribo sentada, no uso la mecedora. Escribo con lápiz. Las palabras traen palabras. En el momento se va desarrollando la acción. Yo no me sé planear, no me saldría. Yo intento hacer literatura. Si está bien hecho puede ser apreciado por los mayores. Para mí es un arte escribir” (4). Por otra parte, ella es consciente de que sus libros gustan entre los más pequeños: “creo que no hay que descartar la probabilidad de que a lo mejor gustan porque son buenos. En realidad no hay mejor seleccionador que el público. Entiende muchísimo más que todos los editores y todos los miembros de todos los jurados literarios juntos” (5).
            Ha sido premiada en distintas ocasiones por una obra sugerente en la que el humor y la libertad creadora son sus claves fundamentales como tendremos ocasión de ver:
-Lazarillo 1974 por Los Batautos
-CCEI 1976 por Los Batautos
-Premio Barco de Vapor 1978 por El Pampinoplas
-CCEI 1980 por Aniceto el Vencecanguelos
-Accésit AETIJ 1984 por Guiñapo y Pelaplátanos
-Lista de Honor del CCEI en 1979 por Más Batautos
-Lista de Honor del CCEI 1981 por El Pampinoplas
-Lista de Honor del CCEI 1987 por Los Batautos en Butibato
-Mención especial en el “annual international selection of notable new books THE WHITE RAVENS” de la Biblioteca de Munich 1988 por Seráse una vez

            Su obra no es de una vastedad apabullante, pero sí contiene claves y valores que nos permitirán entender la literatura en las últimas décadas. Porque si un calificativo se adapta bien a Consuelo Armijo es el de “clásica”, entendiendo por “clásica”, no aburrida y tradicional, sino justo lo contrario; esto es, Consuelo Armijo es ya una pieza fundamental de la historia de la Literatura Infantil y un punto de referencia para todo el estudioso que se interne en ella, aunque, y ésa es su particular virtud, no ha perdido ni un ápice de frescura, de lozanía ni de gracia. Sus títulos, dirigidos al público más menudo –de 4 a 7 años- siguen leyéndose y, lo que es mejor, Consuelo Armijo en ningún momento ha dejado de escribir para satisfacción de todos. Veamos su obra, en una enumeración rápida: Los Batautos, Más Batautos, Los Batautos hacen Batautadas, Los Batautos en Butibato, Seráse una vez, Mercedes e Inés o cuando la tierra da vueltas al revés, Mercedes e Inés viajan hacia arriba, hacia abajo y a través, Inés y Mercedes o cuando los domingos caían en jueves, Los Machafatos, Los Machafatos siguen andando, Guiñapo y Pelaplátanos, Ban, Bin, Bon, arriba el telón, Risas, Poesías y Chirigotas, Macarrones con cuentos, Moné, El Pampinoplas, Aniceto el Vencecanguelos, En Viriviri, El Mono imitamos, Pii, Caminos sin trazar, Marabato.
            Aparte cabe recordar sus representaciones para televisión y varios guiones para Barrio Sésamo. Se adaptó para la pequeña pantalla su Mercedes e Inés o cuando la tierra da vueltas al revés, así como la representación de Disimulando (adaptación de Bam-bim bom ¡arriba el telón!.
            También la compañía teatral “La Cabra Loca” ha llevado a la escena por Extremadura, Madrid y Salamanca, entre otras, su Guiñapo y Pelaplátanos. En este estudio, no obstante, nos centraremos más en los relatos y en las narraciones que en las obras teatrales, que siguen, lógicamente, otras pautas, aunque no dejaremos de mencionar algunos ejemplos.
            El humor que cultiva Consuelo Armijo entronca directamente con el nonsense y “es poco frecuente en la tradición literaria española en lo que se refiere a libros de niños; quizás habría que buscar un precedente en Antoniorrobles...” (6). “El humor- añade la autora- tiene que ser importante para todo el mundo. El humor es la mejor manera de salir a flote de la vida. El humor es una defensa. Los dramas también tienen su parte de humor” (7).  
            El “nonsense” puede definirse como un continuo de escenas y situaciones disparatadas, en las que las que las ideas e imágenes se engarzan de manera libre y sin ninguna lógica. Los personajes del nonsense nada tienen que ver con los cuentos de hadas y, si son estos, no siguen sus roles prefijados. La narración sigue los caminos de lo incoherente, absurdo y desatinados. Importa más lo sensorial y lo fantástico que lo racional. Son textos llenos de magia y de luz con personajes extraordinarios que pueden ser animales o seres distintos. Así, el nonsense guía al lector hacia la fantasía y juega con el idioma, con las palabras para provocar la sorpresa y el disparate continuos. “El nonsense –dice la autora- “sin sentido” en su traducción castellana, está definido en su mismo nombre. Es la literatura del disparate. En realidad yo escribo lo que me sale de dentro y no me he preocupado nunca de cuáles son las claves de mi literatura” (8).
            Para Consuelo Armijo: “El nonsense está un poco en la vida; no sabemos muchas cosas: la luz, el espacio, la tierra... Una reacción puede ser el nonsense. Escribo nonsense para que la gente se cuestione su vida y me lo preguntan a mí por mis libros. Menos mal que hay que comer y trabajar para vivir, sino estaríamos pensando todo el día y esto no puede ser” (9).
            Y es que para nuestra autora: “el mundo en que vivimos es un completo nonsense, ¡aunque lo veamos todos los días! Así que no está mal acostumbrar a la joven generación al nonsense, ya que, a lo mejor, la solución a todo este tinglado nos puede parecer ahora tan disparatada como a nuestros antiguos antepasados les parecería la idea de ver a un señor que está a miles de kilómetros con sólo apretar un botón, o que la tierra es un diminuto planeta, de una estrella catalogada como “enana amarilla”. Una pequeña estrella entre los miles de millones de estrellas de una de las innumerables galaxias”. (10)
Consuelo Armijo defiende la literatura infantil de una crítica o polémica que esperamos ya esté superada y añade que “el que escribe para alguien, que por edad u otros condicionamientos, tiene una mentalidad distinta a la suya, debe hacer continuamente un esfuerzo de adaptación a esa otra mentalidad, lo cual no resulta muchas veces fácil, ni todos los escritores son capaces de hacerlo” (11).
            En suma, Consuelo Armijo valora la literatura para niños y añade, entre sus características que, “la principal es que guste a los niños, que atraiga su interés, que dejen a medio leer, sin recurrir a trucos manidos ni facilones o que transmitan violencia. Las formas de conseguirlo son infinitas y todas válidas. Dependerán de la personalidad, originalidad, creatividad y forma de escribir del autor. Si además de eso también transmiten otros valores como sentido del humor, poesía, ironía, tolerancia, etc., pues tanto mejor” (12).
            Consuelo Armijo define el paisaje de su literatura: “Con colores, lleno de colores. Y con mariposas, y con mar, con la montaña, con gente que no esté atada a la tierra, que puede volar, que puede saltar, que no tiene ligaduras. Con personas buenas, sin envidias, sin trampas. Un mundo sin obstáculos. Una utopía” (13).

II. “ESPERO QUE NO CREÁIS QUE ES UN BICHO”(PERSONAJES SORPRENDENTES)

            Si Consuelo Armijo puede ser identificada con un personaje, no nos quepa duda que será el batauto. Los batautos son su creación más afortunada, aunque no fue fácil –como nos cuenta ella misma- que le aceptasen el original: “Me costó mucho publicarlos. Nadie quiso hacerlo hasta que no me concedieron el premio Lazarillo” (14).
            Pero ¿quiénes son los batautos? Aunque los ilustradores no ayuden mucho –cada uno opta por un tipo de figura-, Consuelo Armijo trata de centrarlos, de una manera general y equívoca, quizá para despertar aún más la curiosidad en el pequeño lector. Se trata de unos personajes que no siguen un comportamiento convencional y que son deferentes y extraordinariamente divertidos: “Los batautos son unos seres verdes con orejas al principio de la cabeza y pies al final del cuerpo y que hacen batautadas. Sí, todos los días hacen un montón de ellas, y si vosotros leéis este libro conoceréis muchos montones de batautadas” (Los batautos hacen batautadas, pág. 6). Viven en Butibato –“que es donde van los globos que se escapan” (Los batautos en Butibato, pag. 6)- y son unos seres bondadosos y amistosos, que llevan unas existencia tranquila y que aprecian las cosas sencillas de la vida: una chocolatada –aunque sea de naranjas-, una naranjada –aunque sea de chocolate-, un desfile improvisado, una buena merienda, unos premios sin utilidad, un paseo por el campo...
            Entre los batautos más sobresalientes destacan cinco nombres que son los protagonistas de las historias:
-Peluso, que es el intelectual del grupo, algo presumido, a veces pedante, con un punto de vanidad, muy dado a las rimas y el mejor amigo de Buu.
-Buu, tímido e ingenuo, muy influenciable y el mejor amigo de Peluso.
-Don Ron, el más anciano de todos, que se autoproclama rey  que tiene unas ideas bien disparatas. Don Ron colecciona sonrisas de sus súbditos y le encanta que lo saluden con una voltereta.
-Erito, el batauto más gruñón, que siempre protesta por todo, que nunca se muestra de acuerdo, pero que acaba cediendo en casi todas las ocasiones.
-Gusi, el patoso entre los batautos, un poco miedoso e inocente.
-Pizcochón, el más joven, el que llega en el último libro publicado hasta el momento y del que, por ahora, poco sabemos.
            Pero mejor que nos los presente la propia autora:
“Don Ron es el rey, y tiene tantos años, que se ha olvidado dónde tiene la cabeza y dónde los pies.
Peluso es muy listo (por lo menos eso se cree él), fue el que inventó la cometa, como pronto vais a ver.
Buu es su amigo íntimo, y todo lo que dice Peluso se lo cree. ¡Pobre Buu! ¡Así le va a él!
De Gusi cuentan que un día estaba tumbado en el suelo y se cayó. ¿Qué cómo fue? ¡Así le va a él!
Erito es muy sensato y un poco malhumorado” (Los Batautos hacen batautadas, pág. 6).
            Las relaciones entre estos seres son muy cordiales, aunque cada uno tiene su propia personalidad y criterio; así resulta muy divertido ver cómo Peluso y Buu opinan uno del otro de “no comprende las cosas” y acaban cediendo por amistad.
            Para los batautos los niños son seres extraños que definen así: “Unos seres raros que viven en ciudades o pueblos en lugar de vivir en los bosques y que, en vez de tener orejas encima de la cabeza, la tienen a los lados” (Los batautos, pág. 72). Y es lo lógico porque en Butibato, los niños serían tan estrafalarios como aquí los batautos. Se trata de saber comprender las cosas, como diría Peluso.
            Otros personajes estrafalarios son los Machafatos, que protagonizan distintas historias y que son 10 en total. Se caracterizan por tener el pelo largo y rosa. No necesitan dormir y casi ni respiran. Comen poco –pero son extremadamente golosos- y les afecta una enfermedad misteriosa: el parampampé. Les gusta caminar y observar el mundo porque son curiosos por naturaleza y se desplazan de manera ordenada, en fila india, los pequeños delante y los mayores detrás. Gracias a los Machafatos, el niño conocerá campos, montañas, ríos, valles, carreteras; verá como pasan las estaciones, cómo llegan las tormentas, cómo, en suma, se sucede el devenir en el mundo.
            Guiñapo y Pelaplátanos –en el libro del mismo título- son otros dos personajes estrafalarios, propios del guiñol. Guiñapo es una marioneta y Pelaplátanos el policía que la persigue. Se trata de una obra teatral que, salvando las distancias, entronca con la más pura tradición esperpéntica. Las situaciones salen de lo normal, los personajes aparecen desconyuntados, como marionetas; se ve el mundo a través de una máscara distorsionadora, aunque la imagen que ofrece no es dura ni dramática, sino graciosa y festiva.
            Los personajes de Seráse una vez no siguen ningún comportamiento lógico, antes al contrario. Desde una vaca que se cree gallina hasta un pobre Santo, San Estanislao de Koska, que está tan tranquilo en su iglesia, pero que no le dejan en paz: “Ya llevará lloviendo una semana. En la iglesia se habrá formado una gotera que caerá justo encima de San Estanislao. Éste se constipará y dará unos estornudos tan tremendos que apagará las velas de San Jenaro. Al final tanta agua caerá que todo se inundará, y el alcalde tendrá que llamar a los bomberos” (Seráse una vez,  pág. 33).
            Y, aunque podríamos mencionar otros personajes curiosos como el osito Mone o el Mono Imitamonos, nos detendremos en el último título hasta la fecha de la autora, Marabato.  Pues bien Marabato es otro tipo estrafalario, al que le gusta comer zapatos y que es de difícil descripción: “Marabato es como un perro con manos, solo que no tiene rabo, y de cara, ¡vamos!, es que no les parece nada. Su cuerpo también es diferene. Ahora, todo lo demás es igual.” (Marabato, pág. 122).  Ahora bien, por si fuera poco: “Marabato tiene tres amigos: uno rojo, otro verde y otro amarillo” (pág. 7).

III.             “AL INSTANTE SALIÓ LA FOTO DE UN NIÑO” (PERSONAJES HUMANOS)

Por las páginas de los libros de Consuelo Armijo también desfilan niños y adultos –en especial ancianos- aunque no se trata tampoco de seres cotidianos que nos podamos encontrar, por ejemplo, en una esquina, en absoluto. Ahí están Mercedes e Inés que protagonizan las más deliciosas aventuras. Inés es una niña e Inés es su vecina, medio bruja o bruja del todo. Las dos se lo pasarán muy bien haciendo de las suyas.
El Pampinoplas nos cuenta las vacaciones de Poliche en casa de su abuelo. Lo que parecía que iban a ser unos días aburridos, se convierten en mágicos de la mano del abuelo que sabe como divertirse y del Pampinoplas que no para de enredar, aunque, al final, acaba descubriéndose y viviendo como un vecino más en el pueblo. En un momento del cuento, los vecinos –casi todos mayores- deciden dar una fiesta para el niño y resulta conmovedor ver cómo todos vuelven a ser niños: “Pero Poliche no tuvo tiempo de contestar porque en ese momento apareció Anacleta vestida con un delantalito rosa y saltando a la comba. Detrás iba el abuelo vestido de marinero y con el pelo pintado de negro, igualito al niño de la foto. Luego venían Luis y doña Rufina (esta última con un aro) y el alcalde y don Luciano y otras cuantas personas más, todos vestidos con trajecitos cortos de alegres colores, y se pusieron a jugar al corro, la mar de retozones” (El Pampinoplas, pág. 71-72).
En Viriví se combinan los humanos con los seres mágicos, así llegan las hadas que ayudan a la gente o las brujas que deshacen las camas. En Viriví vive don Rilito que tiene una máquina que hace cosas –como pintar todo el pueblo de rosa-, también doña Botines –que quiere un vestido de volantes aunque así se ve muy gorda- y su marido, Celestino, que siempre se disfraza. Están el perro  Mamarracho y su dueño, Salustiano. También la gata Natillas y su dueña Natalia, que olvida preparar las rosquillas y todo el pueblo se queda sin merendar.
Y dejamos para el final a Aniceto, que nos parece un personaje de gran interés. Aniceto es un héroe completamente atípico, una especie de antihéroe porque no concentra en sí ninguna cualidad especial, siempre tiene muchos miedos absurdos que casi le impiden actuar (“La clase quedó en silencio. Aniceto sumó con los dedos y le salieron cuatro, pero como nadie decía nada él también calló. ¡La pregunta debía de ser dificilísima! ¡Seguro que se había equivocado!” (Aniceto, el Vencecanguelos, pág. 10). Aniceto (“¡Huy, qué nombre tan feo!”, pág. 5) no tiene –a simple vista, no nos engañemos- ningún matiz positivo: sus compañeros se ríen de él, tiene un extraño miedo al ridículo y se inventa aventuras imaginarias que sólo él resuelve:
-sólo se dedica a ganar carreras y así es fácil ser el vencedor: “Jugó a que hacía una carrera de saltos con todos los demás niños del parque. Saltó por encima de los armarios, pasó rozando las lámparas y, naturalmente, ganó. La gente aplaudía y sus compañeros se pusieron verdes de envidia” (pág. 6).
-cree que lucha contra un dragón, que no es otro que su propio miedo y lo vence con obstinación.
-cree que su profesor de química es un brujo porque él no entiende nada, hasta que se da cuenta de que lo que le falta es estudio.
            Y así se suceden más aventuras, contra los salvajes (los vecinos de arriba), contra sus tíos (hasta que descubre que son personas normales), contra un león, contra el Parrisclisclás... Gracias a su poderosa imaginación, que él utiliza como bandera, consigue vencer los obstáculos, las dificultades y deduce cosas muy importantes como que hay que luchar contra la adversidad, aunque no siempre se gane: “Se había dado cuenta de que ser un niño que piensa es mejor que ser un loro de repetición. Aunque a veces se equivoque uno, ¡caramba!” (pág. 19).
            Aniceto representa una especie de desdoblamiento de conciencia y se dedica a crear tipos con los que luchar o enfrentarse; los mismos seres reales son vistos desde la óptica fantástica (Manuel: rata de dos patas, profesor: brujo). Aniceto, héroe y oponente en uno mismo, vence al final porque él es el señor de sus sueños, porque el oponente –la vergüenza, el temor, el miedo a hacer el ridículo, el sentirse inferior- irán desapareciendo conforme él se haga mayor. Él mismo, al final de cada capítulo, concluye que no hay que tener miedo a ciertas cosas. Los canguelos, sus únicos oponente reales, serán vencidos al final, como ocurrirá seguramente, con los canguelos de todos los Anicetos del mundo, que son legión, aunque se sientan solos e incomprendidos muchas veces: “-¡Ni dragón ni canastos! –dijo la madre-. Vete al parque a jugar. En casa no haces más que estorbar” (pág. 7).
            Y es que Aniceto, con sus 10 años, es un niño que cae bien desde el principio, aunque siempre esté en la luna, aunque sea un aventurero imaginativo, aunque sueñe despierto. Es un niño con el que resulta fácil identificarse porque va al colegio, porque rompe cosas en casa, porque tiene problemas con la química, porque imagina cosas raras. Es un pequeño quijote y, como tal, representa la otra cara de lo humano: la de los soñadores, la de los pensadores, la de los idealistas y sensibles. Consuelo Armijo conoce muy bien la psicología infantil y conecta bien con los niños porque es fácil identificarse con un héroe que no lo es, que sólo es un niño al que, alguna vez, se le caen los canapés y las cosas.
            Aniceto es la historia de un niño normal, que no hace nada de extraordinario, que no corre mil aventuras, que no es valiente ni arriesgado, que no tiene problemas familiares, que, simplemente, se esfuerza por crecer, hasta que un día se convierte en hombre: “Sintió, bueno, sintió, sintió que ya no era niño. Que empezaba a ser un hombre” (pág. 155).  

IV. “ES QUE NI PARECIDO” (USO DEL IDIOMA) 

            Consuelo Armijo, acaso como pocos escritores dedicados a la literatura infantil, sabe jugar con las palabras, las lleva de la mano y les da una nueva forma, una nueva función, un brillo inusual y distinto. A este uso sorprendente y llamativo, el Dr. Juan Cervera lo llamó “efecto tropezón” (15) ya que el lector no queda al margen de la lectura; es más, se extraña y ha de volver a leer porque algo le llama la atención y le provoca risa. Y es que Consuelo Armijo echa mano del absurdo, de las fórmulas que, aparentemente son ilógicas; pero que, si las miramos bien, no carecen de coherencia, dentro del mundo mágico en el que se mueve. Así, “puesto que uno y uno eran dos, una y una tenían que ser “das”, aunque esto último había muy poca gente que lo supiera” o “Te haré primer ministro, Buu [...] –Y yo a ti, menestra –dijo, pues esa palabra le sonaba mucho” (Los Batautos, 45, 52). Pero veamos más ejemplos:
-en Más Batautos:  Don Ron dice que prepara manzanilla ¡apretando una manzana!, “que pasa de manzana a manzanilla” pág. 12) o va a conseguir cosecha de arroz con leche porque ha plantado varias semillas de arroz mojadas con leche (pág. 13).
-en Seráse una vez “estará ya llegando la secon-vera, que es la que viene después de la prima-vera” pág. 21) o la vaca Robustiana se pregunta: “¿Cuándo llegará el vea-sí?” (pág. 43) o “A lo que pasará ese día lo voy a llamar la incursión, pues en vez de irse las vacas del prado, resultará que vendrá gente a él” (pág. 63) o “las vacas son pacientes porque pacen y producen paz” (pág. 92)         
-en Marabato,  su tía se iba a pasar este fin de “mesemana” (pág. 31) y Marabato no tiene pesadillas, sino “peladillas” que “están encerradas en nuestra cabeza sin que nos demos cuenta, y por la noche se escapan y flotan” (pág. 63)
            Consuelo Amijo da distintos usos a las palabras, las cambia o modifica según su intención:  “a Erito le había dado un ataque de iriostincracia” (Los Batautos en Butibato, pág. 53), “Y como Marabato pesa muy poco, pero que muy requetepoco, pero que muy requetepoquísimo, el viento se lo lleva lejos, pero que muy requetelejos, pero que muy requetelejísimos” (Marabato, pág. 11) o “su cumpleaños era dentro de dos meses, el día bifertino” (Los Batautos en Butibato, pág. 79) o “soy un tonto-retonto, un borrico.mulo”, se insulta Erito a sí mismo (Los Batautos en Butibato, pág. 62). Acude también a expresiones muy coloquiales cuando lo precisa:  “remilgás”, “urdinarias”, “preñás” (en Seráse una vez) o frases: “¡Jesús, qué despendolo!” (El Pampinoplas, pág. 22).
            Es muy dada también a las rimas que intercala en distintos momentos para imprimir un tono más musical al texto: “... el conquistador, a quien todo el rato le está latiendo el corazón. Y el dragón se puso tan contento que corrió a ponerse un sombrero” (Guiñapo y Pelaplátanos, pág. 98 y ss). Las rimas favorecen también el efecto cómico, así lo vemos continuamente en Marabato: “Y se dice que su tía se fue de turista a la Argentina, se gastó el resto de la lotería y lo pasó de maravilla” (pág. 36).
            Sin duda, la onomatopeya es también muy empleada por nuestra autora (ay, cucú, tristrás, bub, tararí, pon pon,  huy...) o exclamaciones: “¡Zambombas y panderetas!” y nombres y palabras raras: requetebrustispático, escalamochar y muchas más.
            El idioma que emplea Consuelo Armijo es rico en imágenes. Así, se halla muy cerca de la greguería porque utiliza creaciones metafóricas llenas de gracia y de humor:
“El sol es una moneda de oro cayendo en una hucha” (Marabato, 76),  “¡Las personas son plantas en libertad!” (ibid, pág. 77), “La noche es un mar negro sobre el que flotan las estrellas y los sueños”  (ibid, pág. 60). La metáfora no es infrecuente en sus textos (“Saldrán las misteriosas estrellas, esos puntos que son inmensos mundos” (Seráse una vez, pág. 53; “La lluvia que caía ese día era una lluvia de colores, una lluvia de emociones, una lluvia de vida” (se refiere al confeti en Marabato, pág. 46) . No es infrecuente la comparación (“se cayeron rodado cual croquetas por la montaña hasta llegar abajo” (Los batautos, 28), “estaba tan negro como una mora madura, o un señor de África o un traje de luto (sólo que sin botones) (El Pampinoplas, pág. 46). Tampoco son ajenas a Consuelo Armijo las derivaciones y los juegos de palabras: “beberse algo que gusta da gusto” (Los Batautos en Butibato, pág. 78) ni las antítesis, hipérboles, personificaciones o concatenaciones. Tampoco es raro encontrar pequeños poemas o cancioncillas en sus páginas.
            Resulta divertido observar como, por ejemplo, los batautos consideran los idiomas conocidos por nosotros como secretos. Veamos la cita que vale la pena: “Y Peluso empezó a pensar en todos los idiomas secretos que sabía existían: el alemán, el ruso, el japonés, que eran hablados por los alemanes, rusos y japoneses para que los extranjeros no los entendieran...” (Los Batautos en Butibato, pág. 52).
            Consuelo Armijo, como ya dijimos en otra ocasión (16), emplea un léxico normal en su forma pero no en su uso. Constantemente interviene la función metalingüística, ya que algunos términos han de explicarse otra vez porque domina la arbitrariedad –nunca como hasta ahora se demuestra que el signo lingüístico es arbitrario-. Por ejemplo, en Los Batautos hacen batautadas los meses no son de 30 días, existe una flor que se llama zazal, las calles se cuentan por pinos y se conocen las vitaminas P y T.


V.“ESTO QUE OS VOY A CONTAR...” (ESTRUCTURA Y FORMAS DEL DISCURSO)

Una característica de los libros de Consuelo Armijo es que suele dividirlos en breves capítulos que se pueden leer de forma independiente, que presentan, por así decirlo, un universo  semántico cerrado. Estos capítulos tienen un título propio y sólo se relacionan con el resto por los personajes que intervienen. Por lo tanto, no se trata de relatos clásicos –en la mayoría de las ocasiones-; de ahí que, pese a tener un argumento completo, no pueda hablarse de su división en planteamiento, nudo y desenlace.
El tono oral es importante en estos relatos, como lo es también la presencia de la autora que aparece continuamente, en primera persona, para explicarnos, para contarnos, para mostrarnos aquello que le interesa que sepamos o que conozcamos: me refiero, yo tampoco, no sé muy bien,... Hay también interpelaciones a los lectores: “si supierais,  y os tengo que decir, te lo iré, os voy a contar, en secreto os diré, como habréis adivinado”... La interacción con el lector es continua: “Quizá, si sigues leyendo esta historia, halles la verdad. Si has acertado, pídele a tu madre que te compre un chupa-chups de recompensa, y si no, pídeselo también, porque eso siempre sabe bien” (Más batautos, pág. 94).
            Los Batautos en Butibato nos ofrecen un caso curioso porque los batautos saben de la narradora y se vuelven algo orgullosos y pretenden que siga escribiendo sobre ellos. Es algo como lo que sucede con otro de los personajes de la literatura infantil actual, Manolito Gafotas: “Le podríamos mandar uno a esa que escribe nuestros libros, a ver si espabila” (pág. 13) , “Bueno, no es que yo esté enfadada, pero creo que los que debían espabilar son ellos, y darse cuenta de que en días de viento es muy peligroso mandar un globograma, porque se puede desviar. Y que si sé todo lo que os estoy contando, no es porque haya recibido su mensaje (que vaya usted a saber dónde ha ido a parar), sino porque, como ya os dije en otro libro, hay noches que se me llena la cabeza de batautos y veo todo lo que les está pasando” (pág. 17).
            Ahora bien, el colmo de la narración lo tenemos en Seráse una vez donde se cuentan distintas historias en futuro porque no han ocurrido aún; ésa es la transgresión absoluta. Ya no se trata del “hace muchos años ocurrió” o “en tiempos antiguos” o esas fórmulas de apertura de los cuentos que todos conocemos, sino que es al revés: “Esto que os voy a contar no pasó hace muchos años, como la mayoría de los cuentos. ¡Qué va! Pero lo más extraordinario es que tampoco pasó hace pocos años. ¡Ni hablar! Esto que os voy a contar está por pasar, o quizá no pasará nunca jamás. ¡Vaya usted a saber! Pero lo que yo voy a hacer es empezar de una vez” (pág. 13).
            Consuelo Armijo utiliza pocas descripciones, ya que lo más importante es la narración que intercala entre diálogo y diálogo a manera de pequeñas pinceladas a base de fases simples, la mayoría de las veces. Tanto el diálogo como la narración aparecen llenos de dinamismo: “Así que volvió a su casa y para compensar el descuido se tomó tres zumos de naranja, tres tostadas con mantequilla y mermelada y tres tazas de chocolate muy espeso. Después de eso, se sintió tan requetecontento que dio un salto tremendo y se pegó contra el techo” (Los Batautos hacen batautadas, pág. 46)..





VI.“EMPEZÓ A SACAR UNAS COSAS PRECIOSÍMAS” (LA LÓGICA DE LO ABSURDO)

            La mayoría de los relatos que estamos analizando, tienen a la propia Consuelo Armijo de observadora, incluso, a veces de protagonista o, al menos, de punto de partida de la obra: “Yo estuve a punto de ponerme también un letrero de frágil en la frente, para que tuvieran cuidado conmigo y no pusieran paquetes en lugares de paso, donde podía tropezar y hasta caerme”. (Guiñapo y Pelaplátanos, pág. 10).
            Ella, la narradora es quien recoge, con sus palabras, los comportamientos y las aventuras de un puñado de seres estrafalarios que sólo ella y los niños pequeños e imaginativos pueden ver. Y lo hace así tanto en las narraciones como en las obras de teatro, que siguen un ritmo ágil y contienen unas acotaciones llenas de sugerencias e, incluso, propician la participación del público infantil porque, queda claro, que ella escribe para los más pequeños, para los niños de 5 a 7 años, pero también para todo aquel que tenga curiosidad  y quiera participar de la más pura fantasía. Y es que no hay nada imposible para Consuelo Armijo. Es una especie de hada que con su varita mágica, hecha de palabras, transforma el mundo y la realidad. En su propio universo creativo el absurdo, lo más imposible, lo más extraordinario, de repente, adquiere categoría de lógica aplastante en otro lugar, en otra dimensión, en el país donde viven los personajes que protagonizan estas aventuras. ¿O es que nos habíamos creído que sólo lo que ocurre en nuestro mundo es real?
            Consuelo Armijo es capaz de darle la vuelta a todo y que las cosas más ilógicas cobren veracidad; incluso se permite alguna trasgresión y muchos guiños al lector espabilado:
-“-La escuela, ¡qué tontería! Es más divertido subirse a un pino y ver a los pájaros en sus nidos” (Marabato, pág. 58).

-“Pero el abuelo entendió la respuesta. Eso quería decir que sí que lo había aprendido en jueves. Pero no le importó, lo cual era normal, dado que la cosa no tenía importancia; lo anormal hubiera sido que le hubiera importado” (El Pampinoplas, pág. 10).

-“Erito no estaba allí, pero en un pedestal en medio de la habitación se hallaba el caramelo. En el pedestal estaba escrito: “Primer Trofeo Partida de Canicas”, y enmarcando el caramelo había una cinta blanca con la siguiente inscripción: “Lo importante es la técnica, la técnica es lo que importa” [...] Ese caramelo es un símbolo” (Los Batautos, pág. 112).

-“Desde entonces, la buena y antigua costumbre de dar volteretas volvió a quedar implantada para siempre” (Los Batautos, pág. 123).

-“Precisamente la corona buena del domingo. Esto me pasa por ponérmela hoy, que es jueves y no tocaba” (Los Batautos en Butibato, pág. 30).

            Consuelo Armijo es una narradora irónica que no cree en verdades inamovibles. Así, el pobre Peluso no puede dormir por pensar demasiado: “Estaba casi amaneciendo cuando, por fin, Peluso, víctima de la cultura, logró olvidar su gran problema y dormirse” (Más Batautos, pág. 30). En otro momento, incluso, se cuestiona el propio proceso creativo: “Estaba empezando la primavera, y para los espíritus elevados y poéticos, como el de Peluso, esta época era muy importante. Tan importante, tan importante era, que un día Peluso se levantó antes de que amaneciera, cogió papel y lápiz, se subió a una montaña altísima, desde la cual se dominaba un paisaje maravilloso, y se dispuso a escribir poesías a la luz del amanecer. Pero resultó que, por más que chupaba la punta del lápiz, cosa que otras veces había sido para él fuente de gran inspiración, no se le ocurría nada, y mientras el lápiz iba consumiéndose a fuerza de ser chupado, el papel seguía en blanco. En esto, Peluso dio un salto, luego tres estornudos, y luego empezó a escribir, sacando la lengua para ayudarse” (Más Batautos, pág. 40).
            A Consuelo Armijo el tiempo no le importa y a sus criaturas tampoco. Es algo con lo que no cuenta porque esos seres siguen sus propios ritmos interiores: “Yo me acuesto cuando tengo sueño, y me levanto cuando me despierto. Nunca miro la hora”, dice Buu y Peluso añade: “Yo me acuesto cuando acabo de cenar, y me levanto cuando tengo ganas de desayunar. Tampoco miro la hora” (Más batautos, pág. 136-137).
            Para luchar contra el tiempo, incluso, puede escribir en futuro, como ya hemos visto, una historia que está por suceder, en Seráse una vez. Pero, ni los batautos ni los otros seres ni la propia narradora lo pueden evitar: “Y mientras, muy despacito, sin hacer ruido, el tiempo pasaba y pasaba” (El Pampinoplas, pág. 90).
            Los objetos, las cosas más absurdas cobran vida en sus relatos, bicis que no sirven en las cuestas arriba, máquinas que transforman el mundo, carros tirados de cabras lecheras, casas al revés, dados que marcan el siete, tortilla de zapatos, una casa con orejas y un puñado de objetos más que son el contrapunto perfecto para las aventuras estrafalarias. La hipérbole lo inunda todo, pero lo más curioso es que el lector se adapta y acaba aceptándolo como si  fuese lo más natural del mundo. Ahí está una de las claves del éxito de Consuelo Armijo, de su vigencia, que transforma lo absurdo y lo convierte en cotidiano, al menos para sus personajes. Personajes que no desaparecen del todo porque el lector tiene la capacidad de invocarlos y de hacerlos volver a la vida una y otra vez: “¿En qué se convierten los personajes de los cuentos cuando los cuentos se acaban? ¿Serán esas minúsculas partículas de polvo que flotan en el aire y que solo se ven cuando el sol las ilumina? Te lo diré. No, ellos no son polvo, aunque flotan y revolotean por todas partes; y lo que los ilumina no es el sol, sino tú cuando piensas en ellos. Pero lo mejor es que si abres el libro siempre los encontrarás allí, dispuestos a volver a empezar” (Marabato, págs. 121-122).

VII.           “¿NO ERES MÁS FELIZ AHORA?” (VALORES)

         Las peripecias que narra Consuelo Armijo no sólo nos interesan desde el punto de vista lingüístico –que es de una gran riqueza como hemos visto-, ni de la narración –que es dinámica y ágil-, sino también desde los valores que transmite. Y es que el poso que nos queda tras leer sus obras es de ternura, de amistad, de cariño y de comprensión. Todos los personajes nos dejan una huella de afecto, de buen humor, de risa, de alegría desbordante. Amistad y afecto entre Poliche y su abuelo, entre Poliche y las gentes del pueblo, amistad hacia el Pampinoplas que deja de hacer barrabasadas, afecto de Venurada hacia Guiñapo, comprensión entre las gentes de Viriví y las de Varavá, que acaban decidiendo, tras jugar un partido de fútbol, que los dos han ganado; amistad entre Salustiano y su perro Mamarracho quien le hace perder el temor; amistad entre Inés y Mercedes que transforman las cosas y el mundo; afecto entre los batautos; amistad de la tía de Marabato que proyecta un montón de camas en su nueva casa para todos los que quieran ir a dormir y amistad la que sienten los amigos de Marabato hacia él que, por ayudarle, le traen cosas imposibles: “Y entonces llega el Rojo, con sus rosas tan rojas, y el cuarto de Marabato se convierte en un rosal. Hay rosas rojas encima de la colcha, el armario, las sillas, la mesilla, las paredes, el suelo y hasta el techo. Las rosas brillan por la alcoba. ¡Todo huele a rosas! Qué a gusto se encuentra Marabato y... ¡sus narices se destaponan!” (Marabato, pág. 42).
            El mundo mágico y sorprendente que Consuelo Armijo ha creado con sus palabras es el mundo donde se confunden los términos, donde no se está seguro de nada, donde es fácil encontrarse con cualquier ser u objeto extraños; es el mundo de la ilusión, de la fantasía; es el mundo de la infancia en donde todo es posible y es el mundo de los que no creen que, para crecer, haya que renunciar a ser feliz, a renunciar a ver el mundo con ojos de sorpresa, a dejar de tener sueños e ideales: “Esos son unos sueños muy bonitos. Son deseos que están encerrados en nuestro corazón y, si por el día no se hacen verdad, por la noche se escapan a flotar por el mar” (Marabato, pág. 62).
            Los niños que lean las obras de Consuelo Armijo aprenderán, sin duda, a ser más observadores con las cosas, a mirarlo todo con ojos más poéticos porque todas las aventuras que nos narra, pese a la hilaridad que desprenden, están llenas de afectividad y de ternura.
           

NOTAS A PIE DE PÁGINA


(1)- “Garbancito”, diciembre 1987. Mes dedicado a Consuelo Armijo. Quiero agradecer a Consuelo Armijo quien me ha facilitado mucha información acerca de su obra, así como algunos de sus libros. De mismo modo, gracias a la profesionalidad de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
(2). CLIJ, 41, pág. 14. “Celia era la única que me comprendía”, por Consuelo Armijo.
(3). Ibid, pág. 14.
(4). Peonza, nº 2, febrero 87.
(5). CLIJ, 42, pág. 12.
(6) Papeles de Literatura Infantil, nº 3, marzo 1987, pag. 3.
(7). Ibid. nota 4.
(8). Antonio García Teijeiro, “El humor y el disparate como vehículo literario”, en El Faro de Vigo, 22-2-86.
(9). Peonza, nº 2,  febrero 87.
(10). Consuelo Armijo. “El nonsense, un arma contra las mentes cuadradas”, CLIJ, 45, pág. 31 (10). CLIJ, 42, pág. 12.
(11). CLIJ, 42, pág. 12.
(12). “Cuatrogatos”, nº 3, julio-septiembre 2000.
(13). Comunidad de Madrid, nº 15, 1994, pág. 37.
(14). En “Ya”, sábado 16 de enero 1988.
(15). Juan Cervera. Teoría de la Literatura Infantil, Bilbao, Mensajero, 1991, pág. 205.
(16). Anabel Sáiz Ripoll, “Literatura infantil en primera persona”, en “Alacena”, nº 27, 1997.


BIBLIOGRAFÍA MANEJADA


-Los Batautos, SM, (6 2001), (El Barco de Vapor, 9).
-Los Batautos hacen batautadas, Miñón, 1984, (Las Campanas, 54)
-Más Batautos, SM, (5 2001), (El Barco de Vapor, 99)
-Los Batautos en Butibato, SM, 1993, (Catamarán, 43)
-Seráse una vez, Espasa-Calpe, 1997, (Espasa Juvenil, 25)
-Aniceto, el vencecanguelos, SM, (11 1989), (El Barco de vapor, 19)
-Bam, bim, bom, ¡arriba el telón!, Susaeta, 1989, (Las Campanas,7)
-A Viriviví, Anaya, 1989, (El Barrufet Verd, 25)
-El Pampinoplas, SM,  (34 2002), (El Barco de Vapor, 1)
-Guiñapo y Pelaplátanos, (2 2000), Bruño, (Alta Mar, 77)
-Marabato, SM, 2002, (EL Barco de Vapor, 119)

lunes, junio 27, 2011


El último grito,
Concha López Narváez y María Salmerón,
Bruño, 2011, (Paralelo Cero, 71)



La Guerra de los 30 años está acabando, pero su paso ha sembrado de destrucción todas las tierras que tardarán mucho en recuperarse; pero no solo las tierras, sino las gentes. La muerte y desolación reina por doquier. Con este telón de fondo, Concha López Narváez y su hija María Salmerón escriben una historia de misterio, en la que la lucha por el poder y la ambición son las desencadenantes de la trama. “El último grito” es una novela que mantiene el ritmo narrativo en todo momento y que logra que el lector, desde la primera página, se sienta transportado a una época y a un ambiente que sin ser los suyos, le fascinan.
La historia se inicia de una manera directa y aborda la extraña situación de Otto von Rotsein quien, de alguna manera, sin estar muerto, parece que lo esté ya que despierta en la cripta de sus antepasados. Poco a poco, va acordándose de lo sucedido y, gracias a ello, el lector entiende cada uno de sus actos, aunque no los justifica. Por otro lado, en el castillo de los Rotsein, en Renania, cerca de Baviera, impera el luto, ya que se están celebrando las exequias del conde Maximilian, que, tras 10 años en la guerra, sin dar señales de vida, ha sido localizado, aunque muerto. Su esposa, su fiel esposa, lo vela y llora.
No obstante, no hay nada normal en semejante situación porque ni Maximilian está muerto ni el cadáver es el suyo. Y el misterio está servido. Las narradoras, en tercera persona, tejen una historia que presenta dos puntos de vista: el de Otto y el de Maximilian quien regresa, cansado, hambriento y desolado a su castillo y se encuentra con la sorpresa que supone su propio cadáver. De alguna manera, un nigromante, don Nathan de Praga, quien lleva muchos años en el castillo, ha logrado, a través de sus poderes especiales, de su magia negra, convencer a Otto de que suplante a su primo y, así, cuando resucite, lograr casarse con la viuda y, de paso, alcanzar poder y renombre, como el propio Nathan. No obstante, no contaba con la llegada del verdadero conde. Todo se precipita de una manera inexorable y, al final, el lector, horripilado, asiste a un desenlace funesto, terrible, aunque justo e implacable.
Concha López Narváez y María Salmerón, a través de 17 capítulos, van trazando las líneas maestras de una historia en la que todo tiene una explicación, aunque no lo parezca. Las descripciones que aparecen en “El último grito”, sobre todo, las que aluden a la evolución de Otto, tras su despertar entre los muertos, son realmente magníficas y también espeluznantes porque, como si de una carrera contrarreloj se tratara, leemos cómo Otto va recuperando, poco a poco, el pulso de la vida para, de golpe, perderlo todo. De ahí el título del relato, como el lector podrá comprobar.
En suma, “El último grito” es una novela apasionante donde los elementos psicológicos son imprescindibles, así como el juego temporal y las descripciones. No es una novela propiamente juvenil, desde el punto de vista de los personajes, sino una novela que gustará a los amantes del misterio, de la magia y de lo inexplicable.


 Publicado en el Blog de Pizca de Papel













viernes, abril 29, 2011






Isabel Allende (Lima, 1942) es una escritora prestigiosa, que no hace falta presentar. Se dio a conocer con “La casa de los espíritus” (1982) y desde entonces no ha parado de sorprendernos con su magia y su talento literario.
Isabel Allende cuenta que siempre empieza a escribir una nueva novela un 8 de enero. El 8 de enero de 1981 empezó a escribir “La casa de los espíritus”. El 8 de enero de 1998 empezó “Hija de la Fortuna” y dos años después lo hizo con “Retrato en sepia”. Y así sucesivamente.
Entre 1981 y 1999 Isabel Allende escribió y publico “El Plan infinito”, “Eva Luna”, “Cuentos de Eva Luna”, “De amor y de sombra”... y, sobre todo, “Paula” (1994) dedicada a su hija fallecida a causa de la porfiria. Es ésta una obra desgarradora y una larga confesión de amor. Después, para tratar de salir adelante, nuestra escritora publicó su recetario erótico “Afrodita” (1998). En 2003 apareció su obra de reflexiones “Mi país inventado” y este mismo año, 2005, acaba de publicarse una biografía muy atractiva, con la que pocos se hubieran atrevido, “El zorro” y que, sin duda, será leída con avidez también por el público juvenil.
En este pequeño análisis nos dedicaremos a tratar la trilogía que Isabel Allende dedica al público juvenil “La ciudad de las Bestias” (2002), “El Reino del Dragón de Oro” (2003) y “El bosque de los pigmeos” (2004).
Cuando a Isabel Allende le preguntan por los temas de su obra contesta: “Hay varios temas que se repiten en mis libros: amor, muerte, solidaridad, violencia. También temas políticos y sociales, sueños, coincidencias, elementos históricos.”
Pues bien todos estos temas, y alguno más, son los que veremos en la trilogía. Decíamos que está dedicada a los jóvenes, aunque, bien mirado, como sucede siempre con la buena literatura, sus lectores no tienen edad. Lo que ocurre es que los protagonistas son dos chicos, Alexander Cold, de 15 años, y Nadia, de 12 o 13 años. No obstante, todo lo que Isabel Allende narra, toda la peripecia humana que se concentra en estos tres libros atañe a cualquiera de nosotros porque habla de la aventura en estado puro, pero no sólo es, sino que habla de la dignidad de los seres humanos, del valor de la libertad y de la importancia que tiene la amistad y la familia para salir adelante y superar las adversidades. A ellos habría que añadir una vertiente más mágica, la propia del realismo mágico hispanoamericano, que atañe a lo que no se ve, al mundo de lo onírico, a las percepciones, a los sueños. Y es que no hay mucho descanso en la vida de Isabel Allende porque “Sus noches no son tiempo de descanso total, porque lleva la cuenta de sus sueños y apenas despierta los anota. “Saco mucha información de los sueños que me sirve para resolver problemas de la escritura, aprender sobre mí misma y manejar mejor mi realidad” . Sin ir más lejos “La ciudad de las Bestias” empieza con un sueño, más bien una pesadilla.



ALEXANDER COLD

Alexander Cold ve que su familia se desmorona por la enfermedad de su madre y lo canaliza a través de los sueños: “Alexander Cold despertó al amanecer sobresaltado por una pesadilla. Soñaba que un enorme pájaro negro se estrellaba contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se introducía a la casa y se llevaba a su madre” (pág. 9). Alexander no entiende por qué su madre debe enfermar y genera dentro de sí una rabia que no sabe cómo resolver: “Alex sintió ira contra su padre, sus hermanas, Poncho, la vida en general y hasta contra su madre por haberse enfermado” (pág. 11).
La figura de la madre, de Lisa Cold, es esencial en toda la obra, aunque apenas tiene un protagonismo real; es, por así, decirlo el motor que mueve a Alex a hacer lo imposible para conseguir su salvación puesto que está enferma de cáncer. Para Isabel Allende, igualmente, la figura de su madre fue esencial –es esencial- en su vida, le ha dado seguridad y amor y ella así lo cuenta: “Tal vez me resulta fácil querer a otros porque mi madre me ha querido tanto. De tanto recibir, aprendí a dar, dicen que eso se adquiere en la infancia” .
La serie, pues se inicia, cuando el padre de Alexander considera que es mejor enviar a sus hijos con las abuelas porque él debe atender a su mujer. Envía a las niñas (las dos hermanas) a casa de la madre de Lisa y a Alexander lo envía a Nueva York, a casa de su propia madre, Kate Cold, una mujer poto típica, una abuela que no ejerce de tal y que no despierta las simpatías de su nieto, aunque esto, con el tiempo, irá variando.
Alexander es un chico tímido, que enrojece por cualquier cosa, pero que, poco a poco, va creciendo y va haciéndose fuerte. Su propia abuela le explica por qué lleva ese nombre: “Alexander es un nombre griego y quiere decir defensor. (...). Hay muchas víctimas y causas nobles que defender en este mundo, Alexander. Un buen nombre guerrero ayuda a pelear por la justicia” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 249).
Alexander vuelve a casa, tras la primera aventura, y su madre está mucho mejor, pero ya no perderá el contacto con su abuela y querrá ir con ella en su nuevo viaje, al Reino del Dragón de Oro. En este segundo libro ya tiene 16 años y no sabe muy bien qué siente por Nadia, aunque se escriben todos los días y cuando se encuentran para ir juntos de nuevo su alegría no tienen límites.
En el libro que cierra la trilogía asistimos a un avance en Alex: “Alexander dio un estirón de potrillo y alcanzó la altura de su padre. Sus facciones se habían definido y en los últimos meses debía afeitarse a diario” (pág. 12). Con Nadia ya se comunica por correo electrónico y son inseparables.
Alex sigue siendo un muchacho tierno y amable que sigue aprendiendo y nunca se siente superior, aunque como es lógico acusa su adolescencia: ha crecido, se siente a disgusto con su cuerpo, está de mal humor, cambia de estados de ánimo y mira a Nadia de distinta manera, aunque muy bien no sabe definirse. Es Nadia quien lo hace y le dice, tranquilamente, que algún día se casarán (pág. 171, “El bosque de los pigmeos”).

KATE COLD

Kate es periodista especializada en viajes y emprende, con Alexander, un primer viaje hacia un lugar recóndito del Amazonas. Ésa es la primera aventura. La segunda nos traslada a otro lugar, muy alejado de los escenarios habituales de Isabel Allende, al Nepal, concretamente a un reino olvidado y desconocido, del Reino del Dragón de Oro. Y la tercera se desarrolla en otro continente, en África. Con lo cual vemos que el paisaje, los personajes, los hechos, la magia todo va a irse combinando para ofrecernos un admirable friso de tres lugares mágicos de nuestro mundo. El paisaje, los misterios, los habitantes, los ritos, las costumbres todo enriquece la narración y la dota de una plasticidad increíble.
Kate Cold, viuda de un reputado músico, tiene 64 años cuando empieza la serie y es una mujer excéntrica, como ya hemos advertido hace un momento. Trabaja para la revista “International Geographic” y está acostumbrada a hacer siempre su santa voluntad. Pero mejor que acudamos a la descripción que nos da la propia narradora: “Kate Cold tenía sesenta y cuatro años, era flaca musculosa, pura fibra y piel curtida por la intemperie; sus ojos azules, que habían visto mucho mundo, eran agudos como puñales. El cabello gris, que ella misma se cortaba a tijeretazos sin mirarse al espejo, se paraba en todas direcciones, como si jamás se lo hubiera peinado. Se jactaba de sus dientes, grandes y fuertes, capaces de partir nueces y destapar botellas; también estaba orgullosa de no haberse quebrado nunca un hueso, no haber consultado jamás a un médico y haber sobrevivido desde a ataques de malaria hasta picaduras de escorpión. Bebía vodka al seco y fumaba tabaco negro en una pipa de marinero. Invierno y verano se vestía con los mismos pantalones bolsudos y un chaleco sin mangas, con bolsillos por todos lados, donde llevaba lo indispensable para sobrevivir en caso de cataclismo. En algunas ocasiones cuando era necesario vestirse elegantemente, se quitaba el chaleco y se ponía un collar de colmillos de oso, regalo de un jefe apache” (“La ciudad de las Bestias”, págs. 37-38).
Es una mujer estrafalaria que tiene el apartamento lleno de toda clase de objetos extraños: “Había un par de cráneos humanos traídos del Tíbet, arcos y flechas de los pigmeos de África, cántaros funerarios del desierto de Atacama, escarabajos petrificados de Egipto y mil objetos más. Una larga piel de culebra se extendía a lo largo de toda una pared. Había pertenecido a la famosa pitón que se tragó la cámara fotográfica en Malasia” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 37).
Kate es una mujer que se ha hecho a sí misma y que no pretende ser la niñera de su nieto, es más, lo primero que hace es no ir ni a recogerlo al aeropuerto y lo segundo es regalarle la flauta que había pertenecido a su marido. Por lo demás, Kate, aparentemente se desentiende de él: “La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la molestara con tonterías” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 50). Sin embargo, poco a poco va acercándose a su nieto y deja de lado la indiferencia, por ejemplo, cuando le pica una hormiga por ir descalzo y le provoca fiebre. Kate, en realidad, quiere mucho a su nieto, pero no quiere demostrarlo, aunque a veces se le escapan muestras de afecto.
Al principio de la siguiente novela, “El Reino del Dragón de Oro”, encontramos a Kate enfrascada, al cuidado de los tres huevos que encontró Nadia y que en realidad eran tres diamantes. Kate crea la Fundación Diamante, con Ludovic Leblanc al frente, para proteger y ayudar a los pueblos en peligro. Cuando Kate reencuentra a su nieto para iniciar el siguiente viaje, algo ha cambiado en ella, ya que sonríe con ternura, cosa inusual en ella.
Entre Alex y su abuela se crea un vínculo de camaradería. Ella no quiere que se le llame abuela y él insiste en que lo llame Jaguar.



NADIA

Nadia es la niña que va a significar el conocimiento de otro mundo para Alexander. La conoce en su primera aventura y ya se convertirán en grandes amigos porque juntos pasarán por experiencias difíciles de narrar. Nadia siempre va con su monito Borobá y se nos describe de esta manera: “Tenía el cabello crespo y alborotado, desteñido por el sol, los ojos y la piel color miel; vestía shorts, camiseta y unas chancletas de plástico. Llevaba varias tiras de colores atadas en las muñecas, una flor amarilla sobre una oreja y una larga pluma verde atravesada en el lóbulo de la otra” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 54).
Nadia evoluciona poco a poco y en la segunda novela, la vemos en Nueva York, en casa de Kate, causando el asombro entre las gentes: “Adonde fueran llamaban la atención. Un mono que se portaba como un ser humano y una niña con plumas en el peinado eran un espectáculo en esa ciudad. La gente les ofrecía dulces y los turistas les tomaban fotos” (“El Reino del Dragón de Oro”, pág. 69).
En la tercera entrega, “El bosque de los pigmeos”, Nadia vive con Kate en Nueva York porque está estudiando allí y ha crecido y ya es casi una mujercita.

EL JAGUAR Y EL ÁGUILA

Alex, en esta evolución personal que emprende, va a descubrir muchas posibilidades en él mismo y va a crecer como persona. De hecho las novelas, sobre todo la primera, son iniciáticas; muestran el camino que sigue este chico, su evolución personal que lo lleva a aceptarse a sí mismo y también a entender muchas cosas que antes ignoraba. Así, por ejemplo, en “La ciudad de las Bestias”, frente a un jaguar, nota algo especial y acaba transformado en ese felino porque, como le indica Nadia, es su animal totémico: “Vio que el felino abría las fauces, donde brillaban sus grandes dientes perlados y con una voz humana, pero que parecía provenir del fondo de una caverna, pronunciaba su nombre: Alexander. Y él respondía con su propia voz, pero que también sonaba cavernosa: Jaguar” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 83).
Esta capacidad de transformarse en Jaguar va a ser decisiva en todas las novelas; así como la capacidad que tiene Nadia de convertirse en águila (su animal totémico) y de poder desaparecer completamente: “Nadia se elevó al cielo y por unos instantes perdió el miedo a la altura, que la había agobiado siempre. Sus poderosas alas de águila hembra apenas se movían; el aire frío la sostenía y bastaba el más leve movimiento para cambiar el rumbo o la velocidad del viaje” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 171.
La explicación a este enigma, que puede resultarnos chocante, la da Nadia de la manera más sencilla: “Todos tenemos el espíritu de un animal, que nos acompaña. Es como nuestra alma. No todos encuentran su animal, sólo los grandes guerreros y los chamanes, pero tú lo descubriste sin buscarlo. Tu nombre es Jaguar” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 86).
El poder de la mente es poderosísimo puesto que, en algún momento, Lisa, en plena quimioterapia, siente la presencia de Alex, un Alex que sueña, en pleno delirio.
Nadia y Alex, el águila el jaguar, viven aventuras juntos, increíbles. La primera es cuando, llevados por las Bestias y por sus propias visiones y la ayuda del Chamán, llegan al Dorado, al mítico Dorado, y allí, a la manera de las pruebas de los cuentos, Nadia consigue los tres huevos de cristal y Alex el agua de la salud, para su madre. La siguiente aventura, la del Reino del Dragón de Oro, le reporta muchas angustias a Nadia, quien está a punto de morir y también a Alex. Éste, en pos de conseguir la salud de su madre, recibe del maestro Tensing “excremento de dragón” que, parece ser, tiene poderes curativos, contra lo que a nosotros nos pueda parecer.
En la tercera aventura, se sienten transformados porque han vivido juntos la experiencia de ver los espíritus africanos, de sentirlos cerca. Eso les ha dado fuerza, les ha hecho ver lo que hay más allá e, incluso, han perdido el temor a la muerte. Se sienten, pues, más unidos que nunca.

MOTIVO DE LOS VIAJES

El primer viaje, está financiado por la revista para la que trabaja Kate y consiste en una expedición a la selva amazónica, a lo más profundo, entre Brasil y Venezuela para tratar de encontrar y fotografiar a una ser, humanoide, que se había visto en la zona y que tenía aterrorizada a la población. Una especie de yeti, pero en otro continente. Un antropólogo prestigioso, Ludovic Leblanc, iba al mando de esta expedición; aunque sus ideas y teorías chocan siempre frontalmente con las de la periodista.
El segundo viaje, al Reino del Dragón de Oro, es con objeto de realizar un reportaje sobre la naturaleza de ese reino, que está muy cuidada; sin embargo, se disparan las alarmas y, como siempre, se superan las expectativas iniciales.
El tercer viaje, a África, tiene otro motivo, el de realizar un reportaje sobre el primer safari en elefante que existía en África, aunque también se truncan los planes iniciales.

PAISAJES Y ESCENARIOS

El tiempo parece no tener importancia puesto que se viaja a lugares en donde parece haberse detenido. La vegetación es distinta, el mundo parece ser otro y eso, a los lectores, nos asombra y nos inquieta, puesto que está hablando de lo desconocido. Por ejemplo, mientras llegan al corazón del Amazonas: “... la vegetación se volvía más voluptuosa, el aire más espeso y fragante, el tiempo más lento y las distancias más incalculables. Avanzaban como en sueños por un territorio alucinante” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 53). El lugar por el que atraviesan está lleno de maravillas que Isabel Allende trata de describirnos: “En cambio la flora y la fauna eran maravillosas, los fotógrafos estaban de fiesta, nunca habían tenido al alcance de sus lentes tantas espcies de árboles, plantas, flores, insectos, aves y animales. Vieron loros verdes y rojos, elegantes flamencos, tucanes con el pico tan grandes y pesado, que apenas podían sostenerlo en sus frágiles cráneos, centenares de canarios y cotorras” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 95).
“El Reino del Dragón de Oro” transcurre en oriente, en un escenario distinto u exótico para nosotros. Lo mismo ocurre en “El bosque de los pigmeos” donde la naturaleza es salvaje y los sonidos nada tienen que ver con los de la civilización, ni siquiera la naturaleza sigue el menos criterio, llueve, sale el sol, hay humedad. Todo es nuevo, real, primitivo, cercano a los orígenes: “Había una algarabía de aves en el aire y una fiesta de diversos peces en el agua; vieron hipopótamos, (...) y cocodrilos de dos clases, unos grises y otros más pequeños color café” (pág. 90).



OTRAS COSTUMBRES, OTRAS CREENCIAS

Isabel Allende es muy respetuosa con las creencias de los distintos pueblos a los que describe y está en contra de cualquier presión que pretenda hacerlos cambiar. De ahí que, por ejemplo, cuando se habla de los indios si deberían o no ser cristiniazados, uno de los personajes, el padre de Nadia, comenta: “Explicó que eran muy espirituales, creían que todo tenía alma: los árboles, los animales, los ríos, las nubes. Para ellos el espíritu y la materia no estaban separados. No entendían la simpleza de la religión de los forasteros, decían que era una sola historia repetida, en cambio ellos tenían muchas historias de dioses, demonios, espíritus del cielo y la tierra” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 66).
En “El Reino del Dragón de Oro” Isabel Allende nos habla del Budismo y nos ofrece distintos elementos para que podamos entenderlo: “La base del budismo es la compasión hacia todo lo que vive o existe. Dijo que cada uno debe buscar la verdad o la iluminación dentro de sí mismo, no en otros o en cosas externas. Por eso los monjes budistas no andan predicando, como nuestros misioneros, sino que pasan la mayor parte de sus vidas en serena meditación buscando su propia verdad” (“El Reino del Dragón de Oro”, pág. 122).
Es un momento emocionante, por ejemplo, cuando Dil Bahadur, el sucesor e hijo del Rey, escucha el mensaje del Dragón de Oro y lo reproduce como si fuera un oráculo y esto es lo que le dice la piedra: “Mi karma es ser el penúltimo monarca del Reino del Dragón de Oro. Tendré un hijo, que será el último rey. Después de él el mundo y este reino cambiarán y ya nada volverá a ser como antes” (pág. 304).
En “El bosque de los pigmeos” también se respeta el trabajo de los curanderos africanos, así leemos: “En África los médicos han comprendido que en vez de ridiculizar a los curanderos, deben trabajar con ellos. A veces la magia da mejores resultados que los métodos traídos del extranjero. La gente cree en ella, por eso funciona. La sugestión obra milagros. No desprecie a nuestros hechiceros” (pág. 31).
Como dice Angie, la piloto guía en África, “los dioses africanos son más compasivos y razonables que los dioses de otros pueblos. No castigan como el dios cristiano. No disponen de un infierno donde las almas sufren por toda la eternidad. Lo peor que puede ocurrirle a un alma africana es vagar perdida y sola. (...). Los espíritus, en cambio, son más peligrosos, porque tienen los mismos defectos que las personas, son avaros, crueles, celosos. Para mantenerlos tranquilos hay que ofrecerles egalos. No piden mucho: un chorro de licor, un cigarro, la sangre de un gallo” (pág. 159).
Los pigmeos creen en un hueso que tiene poderes mágicos y ese hueso les ha sido arrebatado por un brujo y lo tiene un reyezuelo, Kosongo, quien los domina y somete a su voluntad.
Ahora bien, Isabel Allende trata con cariño y comprensión a los misioneros y sacerdotes. Tanto al sacerdote que trabaja en el Amazonas como al misionero que vive en África. Los respeta porque son gentes que han ido a allí a ayudar, no a imponer nada.
No obstante dice que: “El catolicismo no me atrae y tampoco otras religiones. He descubierto que mientras más dioses tiene una religión, más tolerante es. Los peores crímenes contra la humanidad se han cometido en nombre de un dios único. El budismo sería atractivo si no tan machista como todas las religiones tradicionales”


SERES ENIGMÁTICOS Y PRODIGIOSOS

Los tres libros que estamos comentando nos muestran a personajes distintos, dentro de la esfera de lo anímico, personajes que son puro espíritu, que son la esencia. Pero también personajes exagerados, criaturas de otro tiempo, irreales, prodigiosos. Uno de ellos, el primero que nos encontramos, es Walimai, el Chamán que “habla a través de sueños y visiones. Puede viajar al mundo de los espíritus cuando desea” (“La Ciudad de las Bestias”, pág. 69).
En el primer volumen, ya en medio del Amazonas, son encontrados por un pueblo de seres que tienen la capacidad de hacerse invisibles: “Estaban desnudos, pintados de rayas y manchas, con plumas y tiras de cuero atadas en los brazos, silenciosos, ligeros, inmóviles. A pesar de encontrarse a su lado, era difícil verlos; se mimetizaban tan perfectamente con la naturaleza, que resultaban invisibles, como tenues fantasmas” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 125).
Y llegamos a la aparición de la Bestia, que no es ni maligna ni violenta, sólo pertenece a otra especie, una especie antiquísima, que recoge en su memoria cada uno de los avatares del ser humano: “Era una criatura de forma humana, erecta, de unos tres metros de altura, con brazos poderosos terminados en garras curvas como cimitarras y una cabeza pequeña, desproporcionada para el tamaño del cuerpo” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 139).
Nos encontramos ante los yetis en “El reino del Dragón de Oro”, son unos seres extraños, pero que simplemente buscan sobrevivir: “Estaban en medio de una horda de seres repelentes, de un metro y medio de altura, cubiertos enteramente de pelambre blanco, enmarañado e inmundo, con lagos brazos y pernas cortas y arqueadas, terminadas en enormes pies de mono” (pág. 23).
Tensing, el Lama, el maestro del heredero al Reino del Dragón de Oro, es un personaje que nos transmite equilibrio, que nos habla del poder de la mente, del equilibrio entre ésta y el cuerpo.
En África se encuentran con Mama Bangesé, una especie de médium, que intuye qué será de ellos en ese país y le da este consejo a Alex: “Se puede hacer daño y se puede hacer el bien. No hay recompensa para hacer el bien, sólo satisfacción en tu alma. A veces hay que pelear. Tú tendrás que decidir” (“El bosque de los pigmeos”, pág. 19).
Los pigmeos también se nos describen, como es lógico dada su importancia en la tercera novela, con detalle: “A los pocos minutos surgieron cautelosamente de la espesura unas figuras humanas tan pequeñas como niños; el más alto n alcanzaba el metro cincuenta. Tenían la piel de un color café amarillento, las piernas cortas, los brazos y el tronco largos, los ojos muy separados, las narices aplastadas, el cabello agrupado en motas” (pág. 95).
Kosongo, el rey que tiraniza a los pigmeos, es un personaje negativo, claro está, pero aparece en esecena de manera apabullante. Transcribimos parte de esa descripción: “Kosongo iba ataviado con un manto enteramente bordado de conchas, plumas y otros objetos inesperados como tapas de botella, rollos de película y balas. El manto debía pesar unos cuarenta kilos además llevaba un monumental sombrero de un metro de altura, adornado con cuatro cuernos de poro, símbolos de potencia y valor” pág. 103).
En África, entran, Alex y Nadia, en contacto con el espíritu de la última reina de los pigmeos, Nana-Asante y es ella quien fortalece a la pareja protagonista y les hace actuar para acabar con la opresión de su pueblo. El fragmento que transcribimos es épico, por así decirlo, porque une a todos los espíritus benéficos que han estado protegiendo a nuestros chicos: “... venía la reina Nana-Asante, soberbia en su desnudez y sus escasos harapos, con el cabello blanco erizado como un halo de plata, montada sobre un enorme elefante, tan antiguo como ella, marcado con cicatrices de lanzazos al costado. La acompañaban Tensing, el lama del Himalaya, quien había acudido al llamado de Nadia en su forma astral, trayendo a su banda de horrendos yetis en atuendos de guerra. También venían el chamán Walimai y el delicado espíritu de su esposa, a la cabeza de trece prodigiosas bestias mitológicas del Amazonas” (pág. 239-240).

CHOQUE DE INTERESES

Los viajes que, en principio, iban a resultar entretenidos y sin demasiados riesgos se convierten, de pronto, en una peripecia sin fin porque surgen problemas por todas partes. Fallan los medios de transporte, sufren emboscadas y lo que es peor están al punto de morir en varias ocasiones. A menudo las personas en las que confiaban se convierten en seres malvados que sólo quieren conseguir sus objetivos a costa de lo que sea. Es el caso de la dotora Torres, que en combinación con Mauro Carías, vacuna a los indígenas y lo que hace es inyectarles el propio virus del sarampión, con lo que estas pobres criaturas mueren sin duda. Con ello se pretende “limpiar el Amazonas dando paso a los mineros, traficantes, colonos y aventureros” (“La ciudad de las Bestias”, pág. 264).
Cuando llegan a Delhi, antes de viajar al Reino del Dragón de Oro, sufren una conmoción al ver la diferencia que existe entre unas clases y otras: “El contraste entre la opulencia del hotel y la absoluta miseria de aquella gente produjo en Alexander una reacción de furia y horror. Más tarde, cuando quiso compartir sus sentimientos con Nadia, ella no entendió a qué se refería. Ella poseía lo mínimo y el esplendor de aquel palacio le resultaba agobiante” (“El Reino del Dragón de Oro”, pág. 77).
En esta misma novela, la Secta del Escorpión emprende una operación de secuestros de niñas a gran escala que choca con Nadia y sus poderes y también con otras ayudas, como la del Lama y los yetis. Aparte hay puesto en marcha otro plan que es apoderarse del Dragón de Oro para vendérselo a un coleccionista y secuestrar al Rey quien, por una desgracia, acaba muriendo de verdad.
El pueblo cree que su fuerza le viene de ese Dragón, que sin él no son nada, cuando, el verdadero Dragón resulta que no es la figura llamativa llena de pedrería, sino la peana, la base. Por lo tanto, no han robado nada: “Se llevaron una estatua muy bonita, pero en realidad el oráculo sale de la piedra. Ése es el secreto de los reyes, que ni los monjes de los monasterios saben. Ése es el secreto que me entregó mi padre y que ustedes jamás podrán repetir” (“El Reino del Dragón de Oro”, pág. 301). Aunque Kate manda fabricar otro dragón para que el pueblo siga teniendo su símbolo.
En “El bosque de los pigmeos” el interés reside en el exterminio de los elefantes para traficar con sus colmillos, con el marfil. El reyezuelo ha sometido a los pigmeos y les hace trabajar para él, mientras se enriquece y los atemoriza fingiendo tener poderes inexistentes. Son Nadia y Jaguar, por descontado, quienes desmantelan esta trama y devuelven la libertad a los pigmeos y a los elefantes.

FINAL

El tercer libro contiene un epílogo que nos sitúa a los personajes, dos años más tarde de la última aventura. Obvio es decir que las tres aventuras suceden en nuestros días, pero lo más cercano es el epílogo en donde Alex es ya un joven que ha acabado sus estudios y Nadia una hermosa mujer quien lo espera en la casa de Kate para ir al baile de graduación. Son felices y se sienten a gusto en la casa de la abuela, rodeados de todos los recuerdos. A lo lago de “El bosque de los pigmeos” Alex nos ha contado que estaba recogiendo sus aventuras por escrito:”No pretendo ser escritor, sino médico. Se me ocurrió la idea cuando se enfermó mi mamá y lo decidí cuando el lama Tensing te curó el hombro con agujas y oraciones. Me di cuenta de que no bastan la ciencia y la tecnología para sanar, hay otras cosas igualmente importantes” (pág. 170). Pues bien, al final de la trilogía es Kate quien ha escrito el libro, con los apuntes de su nieto: “Mira, hijo, los tres libros ya están publicados. Cuando leí tus notas comprendí que nunca serás escritor, no tienes ojo para los detalles. Tal vez eso no sea un impedimento para la medicina, ya ves que el mundo está lleno de médicos chambones, pero para la literatura es fatal” (pág. 249).
En suma, como estamos viendo, los libros forman una unidad porque hay constantes referencias del anterior en el siguiente y así sucesivamente, aunque pueden leerse por separado. No obstante forman un tríptico cerrado que contempla, de manera muy acertada, tres realidades desconocidas y muy distantes entre sí.
La narración está siempre en tercera persona, con abundancia de descripciones y un cierto diálogo (no demasiado) que contribuye a acercarnos más a los personajes quienes, por otra parte, no son entes planos, sino redondos ya que, como acabamos de ver, evolucionan a la largo de las novelas. Toda la trama, todas las aventuras se enriquecen con la prosa deslumbrante de Isabel Allende que nunca pierde de vista el humor, incluso en las situaciones más desesperadas, hay un matiz cálido y lleno de ingenio. Como bien dice: “... comprendí temprano que casi todo se puede decir mejor con irreverencia” .
Como vemos, de modo muy general y breve, muchos son los aspectos que trata Isabel Allende en esta trilogía. Hay en sus páginas una denuncia hacia el poder omnipresente del dinero y una apuesta por los valores de la tolerancia y la igualdad. Isabel Allende escoge a unos personajes jóvenes, que aún están haciéndose, para situarlos como ejemplo de comportamiento ético, de entrega, de ayuda hacia los demás; aparte insertarlos en un clima de misterio y aventura que envuelve cada una de sus novelas. Aunque la acción domina el relato, hay también momentos, como hemos visto, de reflexión que dar mayor hondura a la trilogía que hemos tratado de analizar, al menos en sus aspectos más generales. Ahora, como siempre, es el turno del lector que hará bien, si no lo ha hecho, en leerse las tres novelas o en releérselas porque, seguro, que descubrirá aspectos en los que aún no había reparado.

BIBLIOGRAFÍA

-Isabel Allende: La ciudad de las Bestias, Barcelona, Plaza y Janés, 2002

-Isabel Allende: El Reino del Dragón de Oro, Barcelona, Plaza y Janés, 2003.

-Isabel Allende: El bosque de los pigmeos, Barcelona, Círculo de Lectores, 2004.

-Celia Correas Zapata: Isabel Allende. Vida y espíritus, Barcelona, Plaza y Janés, 1998.