Mostrando entradas con la etiqueta LUCIANI Rebeca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LUCIANI Rebeca. Mostrar todas las entradas

domingo, febrero 12, 2017





Las alas del avecedario,
Antonio Rubio - Rebeca Luciani
Kalandraka, 2017

¿Será posible, escribir abecedario con v? No solo será sino que es porque el poemario que estamos reseñando rompe las convenciones y se lanza a una aventura cromática y lingüística llena de sugerencias. Para ampezar, si los protagonistas de este singular viaje a la poesía son aves, ¿por qué no llamarlo avecedario? Así a lo largo de 25 flamantes poemas se asoman a las páginas del libro aves humildes como el gorrión, fastuosas como el quetzal o delicadas como el ruiseñor. Cada ave, por supuesto, tiene sus propias señas de identidad. De ahí que el tono de los poemas cambie según sea el protagonista.
Antonio Rubio, buen conocedor de los secretos del verso, juega con las palabras. Maneja el registro formal, cuando se requiere, pero pasa al coloquial sin ningún apuro y, mientras, antes nuestros ojos, ante nuestra imaginación, se van entrelazando juegos de palabras, onomatopeyas, repeticiones rítmicas,  metáforas, exclamaciones, juegos acentuales y mucha diversión. 
Los poemas permiten, a veces, el diálogo y ceden protagonismo al ave. De esta manera, leemos, en el poema "El Kiwi":
"Y si la madre pregunta:
-¿Dónde está el pollo, marido?
Kiwi padre le contesta:
Apenas salió del huevo,
se fue y ni se ha despedido.
¡Ay, qué desagradecido!".
En el momento de hablar del dodo,  un ave ya extinguida, no deja de lamentarse:
"El dodo, ¡ay, qué pena!,
ya no es...era".
El juego verbal es muy recurrente porque el afán de Antonio Rubio también es lúdico. A la hora de hablar de "El mirlo":
"(Y el mirlo
mirlibustero,
enlutado y pinturero,
casi se quita el sombrero)".
Los elementos musicales son evidentes en los poemas. El herrerillo, el estornino o el negrón, por citar unos ejemplos, son aves que destacan por su sonido:
"Y entre gaita y pitos clásicos,
vuelve al África más mágico".
El juego se acentúa a la hora de rimar y la sonoridad aumenta cuando se escogen palabras esdrújulas como en el poema dedicado a la oropéndola: 
"Y es monógama y esdrújula.
Si te apetece...¡Dibújala!".
No es ajeno Antonio Rubio a la poesía tradicional española ni a la popular, como se observa en el poema destinado a la tórtola:
"Aguardando que mi amor
antes del alba llegara,
aprendí en la Fontefrida
arrullos de enamorada".
Cabe añadir que cada poema viene subtitulado con el nombre en latín del ave. Notamos asimismo influencias de Gloria Fuertes lo cual da aún más valor al poemario. Entre bromas, música, palabras encadenadas, juegos acentuales y mucho ingenio niños y grandes disfrutamos con estas aves, a cual más hermosa, a cuál más sugerente.
Si los poemas ya conforman una cosmovisión especial y única, ya, al añadir las ilustraciones, el festín se multiplica porque si mágicas son las palabras, mágicos son los colores de la paleta de Rebeca Luciani, quien, desbordando luz y color, reproduce las aves, algunas humanizadas, otras tratadas de forma realista. Sea lo que sea, son aves hermosas, con carisma, que posan elegantemente entre las páginas del libro.
Un poemario, en suma, para disfrutar en familia que destina a los niños desde 7 años y que abre los ojos a la naturaleza desde una perspectiva exuberante y siempre siempre motivadora.

miércoles, noviembre 18, 2015

Animales que hacen cosas en silencio,
Lolita Bosch -Rebeca Luciani,
Kalandraka

Animales que hacen cosas en silencio es un texto que sorprende por su planteamiento y presentación. No es un poemario al uso, como ya veremos. Para empezar se presenta de forma apaisada, lo cual indica al lector que se encuentra frente a un libro especial, que exige una lectura distinta. Una lectura marcada por la cadencia de los versos, por la tipografía, por las ilustraciones y por la seducción de las imágenes poéticas.
Lolita Bosch, la autora, escribe un relato de amor desde una perspectiva cerca al surrealismo y, en apariencia, a la escritura automática. Escoge el verso libre, incapaz de frenar sus sentimientos ni su estado de ánimo. El libro bucea en los pensamientos más profundos de la niña protagonista, la niña que nos cuenta una historia entre onírica y transgresora;; teñida, a veces, de nostalgia y soledad.
En el primer poema, a modo de dedicatoria, tenemos una de las claves del texto. La autora, o la niña poeta, dedica el poema a su perro que "vive en un altar de colores". El perro, en otro momento, leemos que se llamaba Gos y ha muerto y, de alguna manera, sigue presente en la vida de la niña quien lo echa mucho de menos y le escribe este homenaje protagonizado por animales que "hacen cosas en silencio" como las hace, ahora, su perro.
El libro puede entenderse como un viaje hacia uno mismo, pero es mejor que el lector se deje empapar por las imágenes y las situaciones. A veces no hay que interpretar, sino sentir. Es eso lo que haremos al leer los poemas. En ellos, la metáfora, la paradoja, la onomatopeya, la comparación y otras imégenes poéticas son cómplices de los versos.
 En la naturaleza se provoca un cambio, imperceptible para la mayoría, pero muy claro para el yo lírico de los poemas. Este cambio nos lleva de lo conocido y estable, a lo extraño, a lo imaginativo, al mundo de los sueños. Así, mosquitos que no quieren ensuciar a las flores, gusanos que podrían ser toboganes, peces que han muerto, un pulpo convertido en una carroza fúnebre... 
En un momento esta sucesión de imágenes, de paralelismos, de enumeraciones y de anáforas parece detenerse y se remansa para dar paso al dolor de las olas del mar, a quienes nadie hace caso.  En esta búsqueda, la niña intenta llegar al cielo, de la mano de un conejo, de un gato, de la luna, pero allí no hay toboganes que es uno de los temas recurrentes.
 A veces, aparece, en cursiva, el propio pensamiento de la protagonista que no parece sentirse muy bien: "Pobre de mí" y añade "Pobre de mí que nadie me hace caso. Como a las olas". Y aquí ya encontramos un posible hilo de unión entre todos los poemas. 
La niña viaja al fin con una estrella joven y, juntas, vuelven a lo real; aunque tamizado por las leyendas y sediento, cómo no, de paz. Una paz que no parece llegar nunca, que es soñada y ansiada. Esta niña quiere volar, ser libre: "Volar contigo si me das la mano. / Y luego presentarte a los animales que viven en los planetas, / las estrellas / y las nubes". Y yo, nos dice, "regresar a la Tierra" y añade: A casa. Y entonces, cobijada y a salvo, empezaría a cobrar sentido, aunque: "Que si a todo. Que sí siempre".
El texto admite una lectura en voz alta e, incluso, una interpretación dramatizada en donde, por supuesto, la creatividad es lo más importante.
Las ilustraciones de Rebeca Luciani se fusionan con los versos y, en un baile de colores y letras, nos dejan entrever el paisaje de los sueños, el mundo de lo onírico donde todo es posible y nada nos puede ni perturbar ni extrañar. Son unas ilustraciones rotundas, enigmáticas, a veces; inquietantes otras. El mundo de las estrellas, el cielo, el mar, el viaje, la colcha de alas de mosquito y el viaje de la niña que, como un Ícaro, parece caer, para empezar de nuevo a volar.
Animales que hacen cosas en silencio va destinado a lectores desde 12 años, pero, por la riqueza expresiva, por la posibilidad de reflexión, por las distintas claves poéticas, cautivará al público adulto. Un libro que, en cada lectura, adquiere un nuevo sentido.
 
 

miércoles, abril 02, 2014







Mishiyu,
Ricardo Alcántara - Rebeca Luciani,
Combel, 2014.

Mishiyu es un relato que no dejará indiferentes a los lectores. Buena prueba, además, de que la literatura no tiene ni edad ni calificaciones. O es buena o no lo es. Y este texto es excelente.
Ricardo Alcántara escribe una historia emotiva y emocionante porque nos habla de sentimientos, de sueños cumplidos, de retos personales y de amor. Dos seres están destinados a encontrarse como madre e hijo, aunque, biológicamente, no lo sean. Mientras el pequeño Mishiyu vive en un orfanato, pasándolo mal, con sueños duros y un presente hostil; una joven tozuda y recia, Isabel, se empeña, contra viento en marea, en adoptar a un niño. A Mishiyu.
El relato nos habla de la adopción y del sentimiento de la maternidad, de cómo se fragua y cómo, poco a poco, va calando y abriéndose paso, no solo en la propia Isabel, sino en el niño que, despacio, sin hacer ruido, con sigilo y algún temor, acaba aceptando que Isabel ha llegado a su vida para quedarse y que, efectivamente, es su madre. Su madre y su refugio.
Ricardo Alcántara sabe escoger las palabras, las situaciones cotidianas, las circunstancias personales y embellecerlas gracias a la ternura y al amor que sus personajes manifiestan. No hay nada que el cariño continuado y tenaz de una madre no pueda lograr. Gracias a Isabel, Mishiyu aprende que tiene un lugar en el mundo y que vale la pena vivir, mientras que ella, muerta de miedo por su recién estrenada maternidad, saca fuerzas de donde sea para proteger a ese niño desvalido que es, ni más ni menos, su hijo.
Rebeca Luciani ilustra el texto, con unas imágenes generosas, amplias, llenas de expresividad, en donde las miradas y los gestos son esenciales. Gracias a estas imágenes el lector, en este caso, el pequeño lector, puede hacerse una idea de cómo se sentía Mishiyu al principio y cómo se siente al terminar el relato.
Es, sin duda, un álbum ilustrado precioso y un regalo para el alma y los sentidos. Un buen texto para celebrar el Día de la Literatura Infantil y Juvenil.