lunes, septiembre 12, 2011

En 2007 publiqué en CLIJ un estudio sobre la obra de Agustín Fernández Paz y he reseñado varias de sus novelas. Es un autor lleno de registros cuya obra merece ser destacada. Por eso nos alegramos de que sea el flamante Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil y lo celebramos con un texto suyo, que puede leerse, junto con textos de otros autores en el volumen Hablemos de leer.


COMO QUIEN BEBE AGUA, de Agustín Fernández Paz

en Hablemos de leer (Varios Autores). Ed. Anaya. Colección La sombra de las palabras. Edición y prólogo de Antonio Ventura. Madrid, 2002


Una noche cualquiera de invierno, en los grises y mediocres años cincuenta. Una casa de un pequeño pueblo gallego, tan pobre como las otras que hay a su alrededor. La oscuridad de la larga noche de piedra de la dictadura es algo más que una metáfora. En esa casa hay un hombre sentado a la mesa de la cocina, que apoya un libro sobre el hule gastado. Ha estado trabajando todo el día en la carpintería, quizá ocupado en las piezas de una cama, o de un armario, muebles hechos con la voluntad de vencer el tiempo. Ahora tiene el libro abierto y, mientras pasa las páginas, le habla a su hijo más pequeño de las maravillas que, como si fuera una lámpara mágica, encierra aquel volumen. “Pronto podrás leerlo”, le dice al niño, “y entonces verás como es cierto todo lo que te he contado”. Y el niño, contagiado por el entusiasmo que desprenden los ojos y las palabras de su padre, desea que pasen veloces los días, para poder entrar en el espacio de La isla misteriosa de Jules Verne, pues ese es el libro, uno de los que forman la biblioteca paterna, si es que se le puede llamar así a los dos estantes que guardan unos pocos volúmenes, un tesoro para aquellos tiempos: Verne, Poe, Salgari, Dumas, Mark Twain, Puskhin, Fernández Flórez... Todas ediciones viejas y gastadas, aunque algunas aparezcan protegidas por las nuevas tapas que les han puesto las manos cuidadosas de un encuadernador amigo. Libros que, en un proceso de seducción guiado sólo por la intuición y el entusiasmo, sirvieron para que aquel niño quedase contagiado para siempre por el deseo de leer. Todo tan natural y espontáneo como el simple hecho de beber un vaso de agua para apagar la sed.
           Aquel niño de los años cincuenta era yo, y aquel carpintero, que además tocaba la trompeta en una de las dos orquestas del pueblo, era mi padre. De él aprendí que la lectura, por encima de todo, nos ayuda a vivir; pero también que nos sirve para conocer otros mundos y otras vidas, y que es la vía idónea para expandir el territorio sin límites de la imaginación. No experimenté nada de eso en la biblioteca pública (porque no la había; cómo iba a haberla si los que nos gobernaban consideraban que los libros nos podían corromper o provocarnos pensamientos peligrosos), y tampoco en la escuela (donde apenas había unos pocos libros, entre ellos los ejemplares repetidos de El Escudo Imperial que usábamos para la lectura colectiva, una obra de la que, todavía hoy, puedo recitar fragmentos enteros de memoria), a pesar de haber tenido un maestro que, en aquel contexto hostil, fomentaba con entusiasmo mi gusto por inventar y escribir historias.
           Donde experimenté ese placer fue en mi casa, de la mano de mi padre. Era raro mi padre. Porque no era normal que un obrero leyese, pues la tradición lectora de los ateneos populares había quedado rota por la guerra civil. Pero mi padre, y otros hermanos suyos, contra toda lógica, tenían libros y leían. (Si los pocos volúmenes de mi padre ya me parecían un tesoro, qué decir del baúl atestado de ejemplares de la colección "Novelas y Cuentos" que todavía conservan como un tesoro los hijos de mi tío José.)
           Con aquellos escasos títulos, en las pocas horas libres que le dejaba el trabajo, nos transmitió a mis hermanos y a mí el vicio de leer. El ingeniero Ciro Smith, el capitán Grant, lady Mariana y tantos otros personajes de papel fueron para mí tan reales como las personas del mundo que convencionalmente llamamos verdadero. Aún hoy, cuando recuerdo aquellos años, escucho el estruendo de las olas y el ruido del viento en las velas, y tengo miedo porque me encuentro en una selva donde habita el peligro, y contemplo asombrado un espacio lunar cargado de silencios...  Ese primer estadio, el del entusiasmo ante lo que lees, semejante al que tan bien describe Michael Ende en La historia interminable, me lo contagió mi padre. Porque la lectura es un placer que se contagia, como la gripe o la rubéola. Y quizá sea este un aspecto sobre el que tengamos que reflexionar hoy, pues sólo pueden contagiar quienes antes hayan experimentado en su carne ese mismo placer.
   En esos mismos años, a poco más de treinta kilómetros del lugar donde se producía mi iniciación lectora, Álvaro Cunqueiro escribía en la buhardilla de su casa de Mondoñedo, un Mondoñedo que muchos días, sepultado por la niebla, se convertía en un espacio mágico, como de otro mundo; un espacio idóneo para la aventura en la que Cunqueiro estaba embarcado por entonces, con un entusiasmo que sólo pude comprender muchos años después. Don Álvaro escribía como un conjuro contra la derrota, con una fe que a cualquiera le hubiera parecido ilusoria. Porque fueron los años en los que trabajaba en sus primeras novelas: Merlín e familia, As crónicas do sochantre, Se o vello Sinbad volvese ás illas... Y las escribía en gallego, una lengua a la que, tras la guerra civil, se le había amputado su dimensión literaria. ¿Quién iba a leer los apenas 500 ejemplares que de cada título tiraba la pequeña editorial Galaxia, en unos años en los que toda la cultura gallega había quedado arrasada por la barbarie y sólo sobrevivía en el exilio americano? Sin embargo, contra toda lógica, quizá pensando en la confesión que hizo poco antes de morir, Cunqueiro soñaba y escribía sus sueños: As miñas invencións e as miñas maxias teñen, nembargantes, un senso máis fondo: por riba e por baixo do que eu fago, eu quixen e quero que a fala galega durase e continuase, porque a duración da fala é a única posibilidade de que nós duremos como pobo. (...) Se de min algún día, despois de morto, se quixese facer un eloxio, e eu estivese dando herba na terra nosa, podería dicir a miña lápida: "aquí xace alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis'".
    En esos mismos años, Cunqueiro escribió un breve ensayo titulado "Imaginación y creación", al que pertenecen estas palabras: lo propio de un escritor es contar claro, seguido y bien. Contar la totalidad humana, que él por su parte tiene la obligación de alimentar con nuevas miradas. Y si hay algo que esté claro en esta dieta, es que el hombre precisa en primer lugar, como quien bebe agua, beber sueños. Beber sueños como quien bebe agua. ¿Se puede hacer una definición mejor de la necesidad, básica como el agua, de la lectura?
    Por cierto, un ejemplar de cada uno de los libros en gallego de Cunqueiro llegaba a mi casa a través del encuadernador amigo, un hombre que mantenía contacto con las precarias redes del galleguismo que, desde 1950, con una fe ciega en el poder de las palabras, iniciaban la resistencia cultural contra la negrura del franquismo. Todavía recuerdo la ilusión con la que mi padre trajo a casa el ejemplar prestado de Merlín e familia, y la lectura en voz alta de algunos pasajes. La revelación hecha palabra: la lengua de casa, la lengua de la calle, podía ser también la lengua de los libros. Y cómo olvidar el día en que, en el taller de carpintería, vi a mi padre hablar con un señor alto y más bien grueso, que venía a hacer una encarga; cómo olvidar los ojos brillantes de mi padre cuando, ya solos, me dijo: “¿Sabes quien era ese señor que acaba de marcharse? ¡Don Alvaro Cunqueiro!".



   Mi padre murió en 1972 y Cunqueiro, en 1981. Ahora, después de tantos años, me encuentro haciendo aquí esta asociación entre uno y otro. Don Álvaro afirmaba que las personas necesitábamos de los sueños tanto como del agua. Y el recuerdo de mi padre me dice que él podría ser, como cualquier lector apasionado, el vivo ejemplo de esa afirmación. Con un añadido más, la lección involuntaria que me dejó en herencia: transmitir el amor por los libros es también tan natural y tan sencillo como beber agua.
           Y, casi sin querer, estas palabras me llevan a los tres volúmenes que Anaya editó con los cuentos completos de Jakob y Wilhem Grimm. Unos volúmenes que fueron el manantial generoso del que yo tomaba los cuentos que le leía a mi hija durante tantas noches de su infancia. Uno de los relatos que repetíamos una y otra vez era “El agua de la vida”, un cuento bien conocido:
   Érase una vez un rey que estaba enfermo y nadie creía que podría salir con vida de aquella dolencia. Tenía tres hijos que, llenos de pena, marcharon a llorar al jardín. Entonces se encontraron con un viejo, que les preguntó cuál era el motivo de su dolor. Le contaron que su padre estaba tan enfermo que la muerte era ya irremediable. Entonces, el viejo les dijo:
   --Yo sé un remedio, es el agua de la vida. Quien bebe de ella, cura; lo malo es que es difícil de encontrar.
   (...)
           Es una narración apasionada y terrible, como tantos cuentos maravillosos, donde la búsqueda de esa agua milagrosa sirve para que aparezcan ante nosotros toda la gama de las pasiones humanas, desde la traición o la maldad hasta la bondad o el amor. Pero no quiero centrarme ahora en los cuentos populares, sino en esa agua mágica que cura a quien la bebe, esa agua que precisa de nuestro esfuerzo para dar con ella y poder sentir sus efectos benéficos. ¿No se le pueden atribuir también todas estas cualidades a la lectura? Beber sueños, beber historias. Una necesidad que tenemos todas las personas, un ansia que no nos abandona nunca. Es verdad que se puede matar la sed a través de las conversaciones con otra gente, o por medio del cine y de la radio, o contemplando algunas de las múltiples pantallas que hoy llenan nuestras casas... Pero no es menos cierto que la fuente primigenia está en los libros, aunque haya tanta gente que no lo sepa o, si lo sabe, no sea capaz de encontrar el camino para llegar hasta ella.
   He hablado de mi infancia, una época en la que, si hemos de creer a los especialistas, resulta sencillo despertar en los niños el ansia de leer. Todo lo contrario que en la adolescencia, donde, dicen, se produce una crisis lectora  que puede ser irreversible.
   Vuelvo otra vez la vista atrás. Ahora me encuentro interno en la Universidad Laboral de Gijón, con otros muchos muchachos como yo, entre máquinas y libros técnicos, pues en nuestros estudios la lengua y la literatura ocupan un lugar muy subordinado. En uno de aquellos cursos, se encarga de la clase de lengua un profesor diferente. Quizá mi memoria mitifica los hechos con el paso de los años, pero lo que yo recuerdo es lo que acabó convirtiéndose en un apasionado ritual: el profesor entraba en el aula con un grueso libro (luego supe que era un tomo de las obras completas de Rudyard Kipling, de aquella colección de Premios Nobel encuadernada en plástico azul que editaba Aguilar), esperaba a que los cuarenta adolescentes guardásemos silencio y comenzaba a leer. Casi siempre era un relato que ocupaba la clase entera, uno de esos cuentos en los que Kipling combina tan bien la aventura, el misterio y, en ocasiones, el miedo. Allí estábamos todos, fascinados por las palabras, y no era raro que solicitásemos una prolongación del tiempo de clase para saber cómo acababa la historia de aquel día.
    Supongo que alguna gente opinará que lo que aquel profesor hacía era una pérdida de tiempo, pues en el libro de texto quedaban olvidadas las subordinadas. Y, sin embargo, con el paso de los años, recuerdo con nitidez aquellas clases (otras más ortodoxas, y otros profesores, son sólo un recuerdo distante) y puedo asegurar que tuvieron un papel muy importante en la consolidación de mi pasión por la lectura.
    Más tarde, ya como profesor, yo también pude vivir experiencias semejantes, vivencias que conocen bien tantos enseñantes. Algunas las recuerdo con emoción especial, como la explosión de aplausos y gritos cuando Charlie descubre el billete dorado en el envoltorio de la chocolatina (aquella semana estábamos leyendo, a capítulo por tarde, Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl). Aunque, quizá porque se trataba de adolescentes escasamente interesados por los libros, también fue una clase inolvidable aquella del año 1996 en la que, con el libro recién publicado, y fascinado por el cuento que había leído la noche anterior, decidí ocupar la hora entera en leerles a mis alumnos “A lingua das bolboretas” ("La lengua de las mariposas"), el que quizá sea el mejor relato de los que conforman ¿Qué me queres, amor?, el libro de Manuel Rivas que luego acabaría obteniendo el Premio Nacional de Literatura y dando lugar a la película de José Luis Cuerda. Empecé a leer y, durante un tiempo, los murmullos o las miradas vacías de atención continuaron presentes en el aula. Pero, a medida que avanzaba en el relato, a medida que, a través de los ojos del niño protagonista, asistíamos al drama humano que significó la guerra civil en Galicia, los murmullos desaparecieron y todas las miradas se cargaron de atención. En las páginas finales, la emoción del cuento se había extendido por todo el espacio del aula. Y cuando finalicé la lectura, con la clase paralizada y silenciosa, no era sólo yo quien tenía un nudo en la garganta.
   No cuento esto por nostalgia, sino porque de estas anécdotas (semejantes, bien lo sé, a las que tantas otras personas han vivido) se extrae una consecuencia esencial: no hay ningún secreto para despertar el gusto por la lectura. Sólo hay que abrir un libro que contenga un texto poderoso y leer en alta voz. No se precisa nada más, todo es tan sencillo como beber agua. Porque, en el fondo, ese es el único camino para llegar a descubrir lo mismo que Montag, el jefe de los bomberos encargados de quemar los libros en la sociedad ¿futura? que Ray Bradbury creó en Farenheith 451. Un día, cuando se dispone a destruir los libros que habían descubierto en la casa de una anciana,  este hombre coge algunos de ellos y los guarda para sí. Está intrigado, quiere saber qué hay en esos pequeños objetos tan importantes para algunas personas. Los lee, a escondidas, y reincide más veces, hasta quedar atrapado en las redes de la lectura. Cuando su mujer descubre aquel vicio oculto, le pregunta irritada qué ve en los libros, cómo se atreve a poner en peligro su felicidad con aquella práctica clandestina y prohibida. Y es entonces cuando Montag le da una respuesta de demoledora sencillez: "Porque siento que detrás de cada libro hay una persona que me habla". En sus palabras está resumida una de las características esenciales de la lectura: esa capacidad para dialogar con otras personas a través del tiempo y del espacio. Abrimos Follas novas y llega hasta nosotros la voz de Rosalía de Castro, tan intensa y tan inmediata como si estuviéramos a su lado. Y lo mismo pasa si abrimos La Odisea, o Hamlet, o El palacio de la luna o las páginas inolvidables de El enigma y el espejo. Se produce un milagro que, quizá por estar acostumbrados a él, nos parece algo normal y cotidiano. Pero no por repetido deja de ser un milagro, el mismo que asombraba a Montag.
    Este diálogo infinito que propicia la lectura es una vía esencial para irnos formando como personas. La lectura nos ayuda a entender el mundo y a entendernos a nosotros mismos. A enraizarnos en el país en el que vivimos y a abrirnos al variado mosaico de las culturas. Nos ayuda a ser personas más tolerantes y solidarias. Y también más críticas, más auténticas, más libres.
   Todo esto lo entendieron muy bien, desde siempre, los tiranos y dictadores, los partidarios del pensamiento único, los enemigos de la libertad. Siempre tuvieron muy claro que las ideas contenidas en los libros, tal como las ondas rodarianas de la piedra tirada en el estanque, acaban llegando hasta el lugar más alejado. Por eso se preocuparon de prohibirlos, de ahogar la libre expresión, de censurar títulos y autores. Mi generación, los que ahora tenemos más de cincuenta años, fuimos unas víctimas de esa práctica. Se nos negaron las mejores voces, las que nos podían traer otras ideas y visiones del mundo. ¡Qué tarde pudimos leer a Camus o a Neruda, a Castelao o a Luís Seoane! Ahora, en la sociedad actual, la censura es de otro modo, más sutil, más guiada por eso que llaman la mano invisible (¿o era implacable?) del mercado, siempre empeñada en ahogar las iniciativas que se atreven a ir contracorriente y defender las utopías.
    Muchos años después, fue cuando se produjo mi paso al otro lado del espejo. Me han preguntado en muchas ocasiones por qué escribo, qué es lo que me hace pasar horas y horas delante del papel, o de la pantalla del ordenador, inventando unas historias que luego acabarán leyendo otras personas. Las primeras veces titubeaba, no sabía bien qué contestar. Luego, aunque bien sé que hay bastantes más razones, acabé cayendo en la cuenta de que escribo porque leo, porque leer y escribir son dos actividades inseparables, como las dos caras de una moneda. Ahora sé que mi afición a escribir arranca de mis años de infancia, de aquellos años en los que el tiempo tenía una dimensión circular, marcada por el paso de las estaciones. Y sé también que de esa pasión por la lectura, que no me ha abandonado nunca, y que luego se ha ampliado al cine, arranca esta afición mía por contar historias.
Ya he dicho que en mi casa había pocos libros, y que mi padre supo transmitirnos la fascinación por las aventuras que encerraban. Nunca podré olvidar algunos de aquellos títulos, que leíamos una y otra vez: La isla misteriosa y Las aventuras del capitán Hatteras, de Jules Verne; o Los tigres de Mompracén y Un viaje al polo en automóvil, de Emilio Salgari; o El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, que nos llenaba de miedo y nos hacía mirar debajo de la cama...
   De entre aquellos libros, siempre me ha fascinado el arranque de la historia contenida en Los hijos del capitán Grant. Los tripulantes del yate de lord Glenarvan encuentran una botella en el vientre de un gran pez y, sorprendidos, descubren dentro de ella un mensaje escrito en tres idiomas, parcialmente borrado por la humedad del mar. Ese inconveniente les obligará a reunir y combinar los fragmentos que todavía se pueden leer en cada una de las tres versiones, para, como con las piezas de un puzzle, acabar reconstruyendo el mensaje original, que será el punto de partida de toda la historia posterior.
   La imagen del mensaje en la botella, tal vez por lo que tiene de azar, de indeterminación, pero también de intenso deseo de que alguien lo encuentre y lea las palabras que contiene, es una de las que siempre ronda por mi cabeza cuando escribo. Quizás porque cuando lo hago, solitario, en la madrugada, mientras los demás duermen, me veo a mi mismo como el náufrago de la isla que escribe el mensaje que luego arrojará al mar, encerrado en esa peculiar botella que son los libros.
   Aunque cuando escribo trato todos los temas que me interesan o me preocupan, aunque construyo mis historias con los ladrillos de las cosas que pasan a mi alrededor, no puedo olvidar que todos los hilos con los que acabo componiendo mis relatos tienen su origen en mi infancia. En los cuentos que escuché, en los libros y tebeos que leí, en las películas que vi en unas salas de cine que ya no existen, en los juegos de las tardes de invierno y en todas las aventuras de aquellos veranos luminosos y eternos. Todo está allí, en los paisajes encerrados en mi memoria


                                                           AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ



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