lunes, abril 18, 2011





ALGUNAS NOTAS BIOGRÁFICAS

De Mercedes Neuschäfer-Carlón destacaríamos, en primer lugar, su inmensa humanidad que se plasma en todo lo que escribe. Es una persona amable, afable y muy interesada por el mundo y todo lo que le rodea. Es una mujer de su tiempo, atenta al presente, pero sin olvidar el pasado que, de alguna manera, condiciona lo que somos.
A Mercedes Neuschäfer-Carlón hay que reconocerle su afecto hacia las letras españolas. No cesa de escribir y de organizar nuevos proyectos y, sin embargo, tampoco olvida sus raíces, su memoria y lo que fue y, en el fondo, sigue siendo porque todos llevamos al niño que fuimos dentro –y pobre del que no lo lleve-.
En el presente estudio haremos un repaso breve a su obra para acabar centrándonos en uno de sus títulos emblemáticos, La acera rota, y en su segunda parte, publicada hasta el momento, La primavera no reía. Este año, 2011, se va a cumplir el 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil y, con seguridad, muchos serán los testimonios y reflexiones que oigamos. Por lo tanto, no estará de más que nos detengamos en el recuerdo de Mercedes, quien, a través de Elena, su alter ego literario, nos hablará de ese periodo gris y oscuro que a todos afectó, incluso a una niña pequeña como era la escritora por aquel entonces.
Mercedes Carlón Sánchez, nacida en Oviedo, tomó el apellido de su marido al casarse en 1958 y hoy es conocida por todos como Mercedes Neuschäfer-Carlón o Mercedes Neuschäfer. Estudió Filosofía y Letras en su ciudad natal y en Madrid. Se licenció en 1957. Ya en Alemania, tras su matrimonio con el Profesor Hans-Jörg Neuschäfer , fue profesora de español en la Universidad de Gessen y en 1972 empezó a dar clase a los niños españoles, hijos de emigrantes en Saarland y en Trier. Destaca su labor como traductora, como escritora de textos de crítica literaria y artículos periodísticos, como conferenciante y, por supuesto, su trabajo en la Universidad de Saarbrücken, localidad en la que reside, aunque son frecuentes sus viajes a España; sobre todo a Marbella, Madrid y Oviedo, su ciudad natal.

BREVE REPASO A SU PRODUCCIÓN LITERARIA

Mercedes Neuschäfer ha recibido el Premio AMADE en 1975, ha sido finalista en el lazarillo y ha figurado en la Lista de Honor de la CCEI. La Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich ha escogido diversos libros suyos en su selección “Los mirlos blancos” que recoge cada año los mejores libros infantiles y juveniles de la producción mundial. Su obra se ha traducido a varios idiomas y la televisión estatal alemana (ZDF) ha realizado dos películas basadas en textos suyos, Der Goldene FluB (Río de oro) y Der Apfel (La manzana). Esta última está inspirada en el capítulo de La acera rota, “Manolín y tío Carlos”.
Mercedes Neuschäfer-Carlón escribe para el público infantil y juvenil con el convencimiento de que ha de hacer gozar, sentir y pensar a sus lectores. Cree que cualquier tema puede ser explicado a los niños, hacia los que siente un infinito respeto. “El niño –nos dice- es capaz de entender y sentir muchas cosas deben estar dentro de una historia atractiva para él y ha de contársela además de manera que pueda con facilidad entenderlas y así disfrutarlas”.
Afirma, con contundencia, que la literatura infantil y juvenil puede interesar a todos los públicos; aunque ella misma reconoce que en su obra hay otros valores que nunca deberían olvidarse como son el respeto, la amistad o la solidaridad. No encuentra contradicción entre que los niños disfruten leyendo y, a la vez, se enriquezcan: “Yo escribo para que los chicos lo pasen bien; pero me parece bien también llevarles algo más; hacerles, por ejemplo, ver un poco más claramente en sí mismos; comprender mejor el mundo que les rodea; hacerles sensibles, formándoles una personalidad responsable y, a la vez, más libre. Creo que en España, y en el mundo en general, son necesarios algunos valores, no justamente los de antes; pero sí una orientación honesta y algo de idealismo. Aunque todo esto, que suena muy bien, no vale nada si el libro es aburrido”.
Nuestra escritora empieza a escribir en 1970 para los hijos de los emigrantes españoles en Alemania, para darles textos que puedan leer. Su primera editora fue Rosa Regás. Mercedes Neuschäfer-Carlón es capaz de abordar con gracia distintos géneros y estilos literarios, las aventuras, la novela policíaca, el cuento imaginativo, el realista. Maneja la literatura poética, la de terror, la mágica... Huye de las historias anteriores, decimonónicas, aburridas, llenas de consejos morales, de corsés, historias de una época que tenía que superarse.
Mª Concepción Pérez Montero, en su día , clasificó la obra que nos ocupa en tres grandes bloques: tema maravilloso, novelas de intriga y novelas realistas. Es una clasificación oportuna y muy clara, aunque, sin olvidarla del todo, nosotros preferimos los siguientes epígrafes: “Personajes mágicos, seres especiales”, “Misterio, emoción e intriga” y “La vida y sus afanes”.
Su primera novela es La cabaña abandonada (1975) que es una novela con una acción notable que se desarrolla entre Alemania y África. El protagonista es Michael, de 8 años, que en África conoce a Annette y juntos viven emociones y secretos porque descubren una cabaña abandonada en la que esconden al cachorro de león, Michán. Es un libro de estructuración sencilla, ameno y muy divertido.
En otras novelas posteriores va desarrollando su propio universo narrativo y así nos encontramos En la guarida secreta y Una fotografía mal hecha, que son ambas novelas policíacas, novelas con un ritmo interior y que inciden en problemas actuales como es el de las drogas, pero desde la perspectiva del joven.
Mercedes Neuschäfer-Carlón maneja personajes e historias reales, llenas de acción, pero también construye relatos mágicos en los que el misterio, lo maravilloso está visto desde una óptica distinta a la de los relatos tradicionales. Podemos mencionar, por ejemplo, Tarde de cuentos, que está formado por cuentos aparentemente tradicionales, pero modernizados; esto es, adaptados para los niños actuales. Se mantiene la fantasía, pero se lanzan continuos guiños al lector: las princesas tienen sus propias ideas, el príncipe no tiene por qué ser el más valiente ni enamorarse de la más bella.
En Berland, la ciudad escondida, la autora se centra en los problemas de Carlos, un niño que está acomplejado por su corta estatura hasta que descubre que la medida exterior no es lo más importante en esta vida.
Antonio en el país del silencio habla de Antonio, hijo de emigrantes españoles, que vive en Alemania, el país del silencio, y que aprende a superar las barreras sociales, a encontrarse con personas distintas, a compartir sus ideas, que aprende los valores de la amistad y la solidaridad.
Violín y guitarra se sitúa en España y dos son los protagonistas que viven en ambientes distintos, Luis Felipe y Andrés; un niño tímido y de clase alta y otro más abierto y de clase inferior. Ambos se hacen amigos y descubren que sus diferencias los completan.
El yate blanco se desarrolla en Asturias y nos habla de Andrés, un niño secuestrado por una pareja sin escrúpulos que, tras una serie de peripecias, vuelve a casa.
Mefi, Sata y Monio es un libro distinto, abreviatura de Mefistófeles, Satán y Demonio. Es un libro de terror y diversión, que no sólo deben leer los niños, sino los mayores que son los que encontrarán el mensaje más profundo.

TRAS LOS MUROS, RECIENTEMENTE EDITADO

Tras los muros, editada ya en 1995 por Grijalbo-Mondadori, ha vuelto a reeditarse de forma muy cuidada por Alfaguara, en su colección Alfaguay, 2002. Cabe destacar las ilustraciones de Lluís Farré que incluyen, de forma divertida, una secuencia con todos los personajes: Sofía, Hugo, Adalberto, Víctor (el gato), Laura (la madre), papá, Casimir von Altburg (el padre de Adalberto) y Frank, un amigo suyo. Vamos a extendernos algo más en este título, puesto que, en la actualidad, es fácil conseguirlo, gracias a esta reedición; no pasa, por desgracia, lo mismo con la mayoría de los títulos que hemos tratado.
La narración se estructura en 14 capítulos breves, de lectura ágil y amena, ya que, insistimos, el narrador es el propio Hugo, el niño protagonista, lo cual es un acierto porque eso facilita que los lectores se identifiquen con él. Se inicia el relato tras las vacaciones de verano y se termina unas semanas después, con el cumpleaños del niño.
El capítulo central, titulado “Una carta”, es esencial para el relato ya que en él, Hugo cuenta las noticias que recibe de su padre (él y su madre se han separado y han debido mudarse de casa) y eso es el detonante para que reflexione y piense que ya no necesita los regalos, sino que sólo precisa la presencia de su padre –se incluyen varias cartas donde se revela el cambio de Hugo en el que Adalberto (un fantasma muy especial) tiene mucha importancia, ya que le hace reflexionar acerca de que no te quieren más porque te regalen más cosas-. Justamente, la fiesta y preparación del cumpleaños de Hugo ocupan buena parte del libro porque ese día Hugo se dará cuenta de varias verdades que centrarán su vida, además de que presentará a Adalberto en sociedad puesto que es una fiesta de disfraces y no hay problema de que lo descubran.
Hugo y Adalberto, como se puede apreciar, muestran dos modos de entender el mundo que se complementan. Adalberto habla un idioma muy solemne, tiene una educación antigua, basada en sólidos valores; mientras que Hugo es el niño actual, el niño que lucha por salir adelante, aunque, y ésa es la gran virtud del libro, ambos mundos no se excluyen, al contrario, se interrelacionan.
Mercedes Neuschäfer-Carlón domina, sin duda, el pensamiento y la psicología infantil porque Hugo (Nick en la versión alemana, idioma al que está traducido) habla, piensa, actúa como un niño de verdad, sin esconderse, sin tratar de enmascarar sus sentimientos. Mientras, Adalberto lo conduce por los caminos de la sensibilidad, de la amistad y del afecto más puro. Porque Adalberto no es un ser trasnochado, pese a su vestimenta y a sus maneras ceremoniosas, sino que es un buen amigo, el amigo que sabe escuchar y aconsejar y que no se deja sobornar por la amistad ya que, si tiene que enfadarse con Hugo, lo hace, para que él se dé cuenta de lo que de verdad importa.
En el libro encontramos diálogos muy jugosos, descripciones de las cosas raras que ocurren en la casa de Hugo antes que Adalberto aparezca y un doble uso del idioma, con niveles lingüísticos: para Adalberto y su padre y para Hugo y su familia. Interesa también comentar cómo los roles de los padres no son los tradicionales ya que Laura, la madre es quien trabaja fuera de casa, mientras el padres fue el encargado de llevar los asuntos domésticos. Se reivindica, pues, de una manera muy sutil que el trabajo de casa no es algo exclusivamente femenino.

VERANEO EN SANTÍBAL,


Mercedes Neuschäfer, en Veraneo en Santíbal (2007) cuestiona que unas vacaciones caras y en un lugar exótico tengan que ser las mejores vacaciones del mundo. A veces a los niños se los ofrecen muchas cosas, pero pocas esenciales.
Marta y Roberto son dos mellizos que terminan el curso escolar y se encuentran con el problema de que no podrán ir de vacaciones porque su padre está en el paro. En cambio sus compañeros de escuela sí irán a sitios fantásticos, lo cual les crea inseguridad y angustia. No obstante, a Roberto se le ocurre la idea de su vida: ha decidido que harán el mejor viaje de todos puesto que el viaje de la fantasía e irán a la lejana isla de Santíbal.
Los padres de Marta y Roberto han de ausentarse parte del verano porque tienen la ocasión de participar en unos cursos de verano y tal vez eso sea la puerta para que termine el paro. No obstante, no saben con quién dejar a sus hijos. Al final, ellos se quedan en casa y una vecina, doña Clemen, mujer singular y escritora de novelas plociacas, les echará un vistazo de vez en cuando y hará que todo vaya bien. Para Marta y Roberto empieza así la aventura más singular de su vida. Decoran el comedor y poco a poco realmente están en Santíbal porque se rodean de todos los elementos necesarios para creerlo. A esa aventura se suman Raúl, un compañero de clase muy rico, pero que se siente solo y Purita, la prima de una compañera de clase de Marta que resulta ser una buena compañera de viaje.
Veraneo en Santíbal está muy bien escrita y, paulatinamente, permite que el lector siga los preparativos para ese viaje y, sin perder de vista, que están en el salón de su casa, todos acabamos creyendo que bien pudiera ser Santíbal y que para ser feliz no hacen falta grandes lujos porque veranear en Madrid, que es donde viven los chicos, es tan apasionante como veranear en cualquier otra parte.
Los perfiles psicológicos de los chicos están muy bien trazados y la novela se lee con mucho interés. Es más, acaba convirtiéndose en materia literaria porque los chicos escriben esta historia para presentarla a un concurso que no sabemos si ganan o no, pero sí sabemos que estamos leyendo en tiempo real lo que ocurre. Es más, al final, al padre le empiezan a ir bien las cosas y para el próximo curso le han ofrecido una plaza en la Universidad de Heidelberg.
Daniel Cruz ilustra la historia con dibujos muy realistas que nos acercan a la peripecia estival de estos dos chicos quienes, a lo largo de ese verano, descubren su potencial, la amistad, la solidaridad y quizás también algo parecido al amor.



PARA LOS MÁS PEQUEÑOS Y LABOR TRADUCTORA

También, Mercedes Neuschäfer-Carlón ha escrito para los más pequeños, Dani y Dino y Plumbito. Esta última es la historia de Plumbito, un elefante, que no quiere crecer, que se siente destronado, pero que también aprende a ver las ventajas de hacerse mayor. Cabe añadir, a su labor en español, sus creaciones en alemán (Die verlorene Mama, 1998, y Der blaue Umhang, 1999).
No debemos olvidar, ya para ir cerrando esta aproximación, la labor traductora de Mercedes Neuschäfer porque un buen traductor no se limita a transcribir lo que lee a otro idioma, sino que hace una verdadera recreación, una verdadera labor original, como es el caso de Max y Moritz , de Wilhelm Busch. Se trata de un libro primorosamente editado que contiene los siguientes títulos: Max y Moritz, Hans Patachula, el cuervo de la desgracia, Baño en la noche del sábado, El canuto, El gran chillador, El campesino y el molinero, El moscón, Enrique el maligno, Las dos hermanas y Plisch y Plum.

LA ACERA ROTA

Acaso la novela más espléndida, una de las grandes novelas contemporáneas, de Mercedes Neuschäfer-Carlón sea La acera rota (1986). Es una novela sin edad y sin tiempo que se lee con gusto y con interés creciente. Novela que combina el lirismo con la más cruda realidad de la época porque se sitúa justo en la preguerra y en la guerra civil en Oviedo, el lugar donde la autora nació y creció. Así, en el fondo, se trata de una autobiografía. Sabemos que la novela formará parte de una trilogía, compuesta por La primavera no reía, ya publicada, y otra novela sobre un grupo de chicas en un Colegio Mayor del Madrid de los 50.
Si nos centramos en La acera rota, veremos que Elena, la niña protagonista, era una niña feliz, que tenía una hermosa casa –acabada de estrenar- y que vivía rodeada de atenciones; pero que también sufría porque era una niña imaginativa que pensaba en el infierno y en la muerte y que, con 4 años, eso le suponía un tormento. Ella juega a no pisar las líneas que forman la acera , pero esa acera se rompe con la Guerra Civil y Elena, con su familia, vive momentos angustiosos, aunque nos los explica de manera reposada, asombrada y, a veces, insegura, como lo haría una niña aún pequeña.
La novela está contada en 3ª persona, pero se lee como si fuese la propia Elena quien nos explicara su infancia porque, como dice la autora: “Es la historia de Elena, que ya no soy yo, pero cuya memoria forma parte de mí”. La novela se divide en diez partes subdivididas a su vez en diversos capítulos y en ellos se desgrana la vida diaria de Elena, una niña que se abre paso en la vida y que aprende a ver las diferencias, que existen personas ricas y pobres, que no se permiten todas las ideas, que hay gente mezquina e ignorante, que para ella la vida nunca volverá a ser igual. La autora ofrece una visión limpia y pura de esos años. La peripecia se sitúa entre 1934 y 1939 en Oviedo y otros lugares de Asturias, entre los 4 y 10 años de Elenita. Elena escucha, observa y lo absorbe todo con la mirada abierta y curiosa de una niña. Es una niña que pertenece a la burguesía media y que ha de aprender a ceder, a perder, a cambiar. Con la guerra se rompe la primavera y se pierden las ilusiones.
Mercedes Neuschäfer-Carlón no quiere que su recuerdo se tiña de nostalgia ni de tristeza; de ahí que acuda a la técnica narrativa de esconderse detrás de una niña, aunque, claro, no siempre la respeta y muchas veces es la propia Mercedes, ya madura, quien hace alguna observación; pero en ningún momento la novela pierde su frescura y su gracia. Son varios los aspectos que podríamos tratar de La acera rota, que, es por así decirlo una novela iniciática porque Elena, al acabar la novela, es mayor, no sólo en años, sino en experiencia vivida, en saber acumulado y, sin embargo, eso no impide que siga conservando su inocencia o, al menos, la parte más pura de su alma. Veamos algunos temas interesantes que nuestra escritora aborda.
Para empezar, sin lugar a dudas, aparece el fantasma de la guerra. No sólo la guerra, sino los preámbulos, como la revolución de la minería asturiana que Elena –y otros como ella- viven en una fábrica de chocolate. Al principio, a los niños, eso les gusta, pero, poco a poco, se convierte en una tortura: “El despertar, sin embargo, no fue tan agradable. Había humedad y no se respiraba bien. Un poco de chocolate con pan duro se repartió para el desayuno. Todo estaba seco. El olor y sabor del chocolate se iba haciendo antipático” (pág. 25) .
Al principio a Elena, la guerra le resulta una novedad y un juego; pero descubre con amargura que nada tiene que ver con la diversión: “Empezó a llorar bajito, bajito. Ella que había deseado la guerra... La guerra no era un juego en un jardín con sol a justicias y a ladrones. La guerra era...” (pág. 73).
Y, después, cuando todo ha pasado, llegan las represalias que Elena no entiende, pero sí entiende que hay dos bandos y que uno –el de su padre- ha sido el perdedor: “¡Qué terrible golpe en el corazón! Elena no dijo nada a nadie, pero ella lo sabía, ella lo había escuchado hacía tiempo: papá era republicano también” (pág. 122).
Elena pasa casi toda la guerra en Oviedo y de Oviedo son sus recuerdos, las calles, Calle Mayor, Calle San Luis, los edificios y las gentes. Una corta temporada la pasa en pueblos de la costa, cuando son evacuados. El mar es algo que impacta grandemente a Elena. Aparte, se nota su devoción por su tierra natal, por su patria chica, porque son muchos los asturianismos que incluye en la novela.
Nuestra protagonista muestra su crecimiento y la importancia que en él tuvieron sus familiares (padres, hermano, tíos y tías). Y no sólo las personas, sino las cosas. A menudo nos habla de los cuentos, de sus lecturas, de sus aficiones y también de los juegos, que a ella le parecen imprescindibles: “Yo he de seguir jugando, aunque más adelante no sea ya una niña -decidió-. Yo quiero jugar siempre. ¡Qué triste debe ser la vida sin jugar...!” (pág. 90). Tampoco olvida la educación, un sistema basado en la memoria y en las diferencias de clase: “Y, así, con los mandilones que el Ropero escolar regalaba a las más pobres, todas las niñas vestían lo mismo y no se notaba cuáles eran las más y las menos pobres. En las clases aprendían que burro se escribe con b, que Madrid era la capital de España, que Colón descubrió América, y la tabla de multiplicar de carrerilla” (pág. 137). Elena observa a los adultos y ve muchas diferencias entre ellos y los niños y le duele porque entiende, de alguna manera, que ser adulto supone olvidar la infancia y se resiste a ello: “-¡Mira qué mariposas tan bonitas y qué florecitas! –dijo con ese tono falsamente animado con que los mayores tratan de transmitir a los niños un entusiasmo que ellos no sienten” (pág. 163).
Aparte de descubrir diferencias sociales y políticas (el padre de Elena se queda sin trabajo), la pequeña aprende a darle importancia a hechos tan normales como comer todos los días: “Para el desayuno había panecillos y mantequilla, croissant y un buen café” (pág. 78). Elena tiene muchos amigos y aprende a valorar la amistad por encima de las clases sociales puesto que, de alguna manera, se ve en la necesidad de acercarse a otros mundos, como el de los hijos de los obreros que, inicialmente, quedaban muy lejos del suyo, el feliz de una niña de buena familia que un día despierta del sueño y que, por fortuna, sale mucho más fortalecida al conocer la realidad.
No obstante, el mayor descubrimiento que hace Elena es el de la muerte, por primera vez se enfrenta a la realidad de somos perecederos: “Nunca había visto a nadie muerto. ¿Cómo era eso de estar muerto? ” (pág. 69). El primer muerto que ve es Rafaelín, su amigo, y eso la conmociona hasta tal punto que le impide dormir. Poco después va asimilando y va sumando muertes y va imaginando que algún día podrían ser sus propios padres y eso la atormenta: “Elena sintió un terrible desconsuelo. Algo se hundía en ella. ¿Sería posible que un día faltasen papá o mamá? Era verdad, algunos se habían muerto ya en el asedio: don Luis, el amigo íntimo de papá, la muchacha de la tía Irene, doña Luisa y Rafaelín. Sobre todo Rafaelín...” (pág. 72).
Elena, cuando por fin, puede volver a su casa con la familia, descubre que ya nada es igual y que atrás han quedado sus juegos de infancia. La novela se cierra con un regusto a melancolía; pero también con una cierta mirada de esperanza hacia el futuro. Se ha acabado la infancia de Elena y parece que la primavera se haya roto, pero no es así porque las ilusiones de la niña van a resurgir, aunque, eso sí, nunca volverá a ser la misma porque algo se ha quebrado en su paisaje interior: “Volvían a casa. Bajaban por la ancha acera. Ya no se distinguían aquellas rayas limpias, bien ordenadas entre las que Elena, años antes, iba andando o saltando, mientras pensaba: “Si piso raya, me condeno. Si la piso, me voy al infierno”. Y luego se quedaba desanimada y triste, con el corazón encogido, porque, sin querer, la había pisado. La acera ahora estaba destrozada, rayada, rota, desconchada por todas partes. La acera ancha, limpia, no existía ya. No se podía hacer aquel juego del pasado. Tampoco hacía falta. Elena llevaba ya el corazón encogido” (pág. 190).
Nos hemos detenido más en esta novela que en las anteriores porque creemos que, para conocer a la autora, haríamos bien leyendo La acera rota, en donde ofrece una visión lírica, hermosísima y real de una niña de la guerra. Una niña que bien pudiera ser Ana Mª Matute, Josefina Aldecoa, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite y tantos otros que crecieron en esos años y que siguieron por otros derroteros de la literatura, aunque Mercedes optó por hacerlo, con igual capacidad y maestría, desde el mundo de la infancia, al que comprende y respeta.

LA PRIMAVERA NO REÍA

La continuación de La acera rota es, como dijimos, La primavera no reía que no es tampoco un libro juvenil propiamente dicho. Requiere una lectura seria y profunda, la lectura de la experiencia porque lo que narra no es fácil, aunque lo cuente una niña de ojos puros. No obstante, también pueden leerlo los niños y jóvenes porque así se acercarán a un periodo de nuestra historia que fue tremendamente duro, en el cual, por mucho que se buscase, “la primavera no se reía”. Vemos que la primavera es un elemento recurrente, ya que se refiere a la estación más hermosa, más esplendorosa; de ahí que sea cruel que a alguien se le arrebate la primavera, como ha ocurrido con Elena.
La novela está narrada en tercera persona, aunque da la impresión de que es la propia Elena la que nos lo cuenta todo. La reencontramos, tras La acera rota con 10 años y la dejamos, al acabar el libro, con 16. Son, pues, los años que cierran la infancia y entran en la adolescencia y la primera juventud. Elena ha vivido la dureza de la guerra, aunque no se puede quejar porque tiene una familia que la arropa y no pasa hambre, pero la sensación gris de la época late en todo el relato: “Con el comienzo de la guerra, le llegaron, desde fuera, las grandes preocupaciones, y aquéllas de su primera infancia pasaron a muy segundo término. Apenas pensaba ya en ellas.” (pág. 9).Elena es una niña reflexiva que sigue observando a su alrededor y se duele de lo mal que lo pasan los que ella quiere: “Quiénes eran cuántos eran los que morían, no se sabía. Ni podía preguntarse. Menos aún quejarse o protestar por ello. Se vivía en un clima de terror en el que todos tenían miedo. El padre de Elena también y, aunque ahora tenía trabajo, seguía triste” (pág. 9).
La diferencia entre los dos bandos, las represalias de la posguerra aparecen implacables en el libro: “Elena había oído que, mientras los rojos mandaban en la ciudad, había estado escondido y que luego, cuando entraron en ella los nacionales, fue –y seguía siendo- su ocupación favorita sacar a muchos de paseo: Obligarles a salir de su casa para dejarles muertos en cualquier sitio” (pág. 12).
Elena anda desazonada y no entiende muy bien nada de lo que sucede a su alrededor:”Además de tristeza, todas estas cosas producían desconcierto en Elena. ¿Quiénes eran los buenos? ¿Quiénes eran los malos? En la escuela les habían dicho que Franco era el salvador de España; pero los de Franco habían castigado a su padre y seguían fusilando todavía a muchos” (pág. 13).
Sin embargo, La primavera no reía, no es tampoco un libro triste, en absoluto, es un libro limpio, de lectura diáfana y esperanzada puesto que quien lleva el protagonismo es una niña, una casi adolescente. Nos cuenta, es verdad, la represión de los cuarenta, pero también los anhelos de unas personas, de unas gentes que luchaban por salir adelante: “Los años de la postguerra fueron terribles para muchos. España no se beneficiaba esta vez de la guerra mundial. Por el contrario: además de destrozada y pobre; se encontraba totalmente aislada. Y la gente pasaba hambre; pero no lo decía. Pasar hambre se consideraba como una vergüenza. Este clima triste, gris envolvía a Elena, aunque algunas cosas no la tocasen directamente ni tampoco pudiese juzgarlas. La guerra y sus peligros; las terribles venganzas de los del uno de los del otro bando; los miedos y la miseria de la postguerra eran para ella la vida. La vida que había vivido y aún le estaba tocando vivir” (pág. 69).
La primavera no reía también nos habla de una época en que la magia del cine era importante (el Nodo omnipresente) , en que las relaciones se establecían poco a poco, en que las circunstancias eran distintas y, sin embargo, las ilusiones, los sueños y los amores eran los mismos que pueda sentir un joven hoy en día: “En las películas todo sucedía de manera muy distinta: Ellas no balbuceaban; decían en cambio frases interesantes, ingeniosas, irónicas a veces, y eran capaces de mirarse con ellos a los ojos. Comenzaba entonces, o quizás un poco antes había comenzado ya tímidamente, una música de fondo que hacía más bonitas las palabras, las miradas; y una luz algo difusa las iluminaba muchas veces también, haciéndolas aparecer dulces, bellísimas, perfectas –ni un grano, ni la más pequeña imperfección-, dignas, en fin, de ser adoradas. ¿Pero dónde tenía Elena una cámara que la embelleciera? ¿De dónde le iba a venir esa música romántica de fondo? Y, sobre todo, ¿cómo lograría la serenidad para comportarse ante él, fuera de las clases, al menos como una persona normal?” (pág. 94). Y es que Elena, como les ha pasado a muchas chicas del mundo, se ha enamorado de un profesor y eso la hace sufrir.
El sistema de enseñanza seguía siendo represivo (los padres de Elena la cambian una y otra vez de centro hasta que dan con el instituto, público y casi laico en donde la niña igual puede empezar a crecer sin tantos miedos y dudas). Finalmente ya la encontramos encauzada: “Un año después, Elena, con dieciséis años, aprobaba el Examen de Estado que entonces se exigía para conseguir el título de bachiller y perdía el contacto con sus compañeras del instituto” (pág. 104).
También se nos cuenta cómo vivían las niñas de entonces, sus primeras pandillas, los juegos y las diversiones, más bien escasas: “Los doce años eran entonces para las niñas una edad con pocas posibilidades, con poso sentido. No eran ya niñas para jugar al escondite o con las muñecas; pero tampoco habían entrado aún en el mundo de los jóvenes” (pág. 79). Y, pese a todo, Elena también disfruta de nuevas experiencias y también acaba sintiendo que “Un día cambia todo. El mundo toma color y calor. La vida tiene de pronto un nuevo sentido y merece la pena vivirla. El sol ilumina con una luz distinta y el aire se respira de otra manera: entra más dentro y el pecho se ensancha. Los caminos parecen llevar a una meta. Se está enamorado” (pág. 91). Y junto al amor, llegan los primeros sinsabores, los desamores y el camino hacia la primera juventud. Cuando se cierra el libro, Elena siente mucha esperanza y cree de verdad que la felicidad es posible. Para Elena “la primavera empezaba a sonreír” (pág. 106).
Llegados a este punto podemos preguntarnos si La primavera no reía es una novela más de las muchas que hablan de la posguerra y la respuesta es que no por varios motivos; pero el principal es por la voz que preside toda la historia, que no es una voz adulta, sino una voz joven. Sospechamos –más bien, sabemos con certeza- que tras Elena, como ocurría en La acera rota, sigue habiendo mucho de la propia autora, aunque animado por la mirada de la distancia, a veces de la nostalgia y siempre de la buena literatura. Es una novela fácil de leer en cuanto a la técnica literaria se refiere, es cierto, pero no nos engañemos, porque tras su aparente facilidad hay un esfuerzo, precisamente, para ajustarse a los pensamientos de una niña, primero, y de una joven, después. Ahora es Gijón el escenario principal, aunque sin perder de vista Oviedo, así como algunos otros pueblos de la costa y, por lógica, ya que es una novela realista, siguen empleándose los asturianismos.
Bien es cierto que no es un momento de nuestra historia reciente que debamos echar de menos, pero, de alguna manera, todos podemos entender la vida que late tras La primavera no reía. Elena ha cambiado de casa, va al colegio, no acaba de entender bien las diferencias de clases, quiere a sus padres, a sus hermanos y lucha por integrarse en su vida; pero de una manera noble, pura, esencial. Elena descubre que no todos somos iguales, y eso le da mucha pena, pero también encuentra grandes sentimientos como la amistad y, sobre todo, el amor. Así acaba el libro, con una puerta abierta a la esperanza. Aunque pueda parecer nostálgico no lo es, precisamente porque se cierra mirando al futuro y porque para Elena “la primavera había llegado” (pág. 106).
Si en la primera parte se rompía el escenario de los juegos, la acera acaba quebrada para dolor de Elenita; ahora, en la segunda, en plena juventud, la estación que domina es la primavera y, por fin, se ha instalado en el corazón de la muchacha quien, a pesar de todo, a pesar de lo difícil que es vivir, acaba imponiendo su fortaleza como hicieron todos entonces y acaba imponiendo sus sentimientos para salvaguardar la esperanza, lo único que Elena nunca ha perdido.


CONSIDERACIONES FINALES

La producción de Mercedes Neuschäfer-Carlón, como acabamos de ver, sin ser muy amplia, es muy atractiva y variada, aunque con unos aspectos y unos enfoques similares que le dan coherencia y trabazón interna. Para nuestra escritora hay aspectos en la vida que son cruciales como la amistad, la igualdad, la familia... Rechaza las diferencias de clase y aboga por una sociedad más justa, empezando por el respeto hacia los más indefensos, los niños. No huye de los valores didácticos ni los considera desfasados ni inútiles puesto que somos seres sociales y nos necesitamos los unos a los otros y, para lograrlo, hay que mantener un equilibrio que se consigue, por ejemplo, con las buenas formas y los buenos principios. No obstante, nunca olvida a su público y se dirige a él directamente, tratando los problemas y los temas que al niño, por encima de épocas y modas, le preocupa. La familia, los amigos, el colegio son escenarios importantes para un niño, a los que se añaden los problemas de la emigración que ella conoce bien. No se excusa por introducir algunos valores en sus obras de forma consciente; es más, está orgullosa de ello.
En suma, Mercedes Neuschäfer-Carlón respeta a sus lectores y les ofrece historias claras y sencillas, sin exagerar, sin moralinas ni fasos paternalismos, con personajes que evolucionan al lado del lector, con aventuras que pueden ser reales, pero también con magia y con poesía.
Es una lástima que no se hayan reeditado algunos de sus títulos como La acera rota y que no lleguen a un público más amplio, porque, si se conocieran, Mercedes Neuschäfer-Carlón sería una escritora mucho más conocida de lo que es, pese a vivir en Alemania.

BIBLIOGRAFÍA

-Neuschäfer-Carlón, Mercedes: “Mis experiencias en la literatura juvenil”, en Hispanorama, 27 de agosto 1997.

-Neuschäfer-Carlón, Mercedes: Tras los muros, Alfaguara, 2002.

-Neuschäfer-Carlón, Mercedes: La acera rota, Oviedo, Gea, 1995.

-Neuschäfer-Carlón, Mercedes: La primavera no reía, Ediciones Madú, Granda-Siero, 2005.

-Pérez Montero, Mª Concepción: “Mercedes Neuschäfer-Carlón. Literatura narrativa a la medida de los niños de hoy”, en El Norte de Castilla, sábado 7 de noviembre de 1992, págs. VI-VII.

-Sáiz Ripoll, Anabel: “La superación de las limitaciones: la literatrura infantil y juvenil de Mercedes Neuschäfer-Carlón”, “Lazarillo”, 2001, nº 4, pp. 35-45.

-Sáiz Ripoll, Anabel:“La creación sin fronteras. La literatura infantil y juvenil de Mercedes Neuschäfer-Carlón”, en “Hispanorama”, nº 92, mai 2001, pp. 47-51.

-Sáiz Ripoll, Anabel: “La infancia en el recuerdo. Breve análisis de “La acera rota”....”, en Platero, nº 100, marzo 1988, pp. 4-7.

-Sáiz Ripoll, Anabel: “La infancia que no cesa. La obra de Mercedes Neuschäfer-Carlón”, “Arena y Cal”, nº 91, febrero, 2003.

-Varios: “Especial Mercedes Neuschäfer-Carlón”, Platero, Oviedo, nº 36, año IV, febrero, 1990, pág. 7.

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