martes, noviembre 29, 2011



El Libro del Bosque: El Tío Tanón, la Tía Tana y la historia de Tanín,
María Josefa Canellada. Ilustraciones: Sandra de la Prada
Oviedo, Pintar-Pintar, 2011.



El Tío Tanón, la Tía Tana y la historia de Tanín es un cuento que evoca tardes al amor de la lumbre, tardes antiguas y hermosas en que los abuelos aún contaban historias, en las que los niños escuchaban con ojos asombrados y en las que el tiempo, ese prodigioso dueño de nuestras vidas, parecía detenerse. Eso y mucho más es el libro que hoy comentamos. María Josefa Canellada (Torazo, Cabranes, 1912) es la autora de este relato. Fue una mujer comprometida con su tiempo y que desde temprano empezó a escribir. Tuvo que abandonar sus estudios de Filología por la Guerra Civil y se dedicó a la enfermería, para ayudar a los heridos. Se casó con Alonso Zamora Vicente y tuvo dos hijos. María Josefa Canellada, al terminar la guerra, pudo concluir y presentar su tesis doctoral, la primera escrita en asturiano: El Bable de Cabranes.
El Tío Tanón, la Tía Tana y la historia de Tanín es el primer cuento de El libro del bosque, un proyecto de colección de libros infantiles escritos en castellano, que le editorial Orión, de Madrid, empezó a publicar en 1944. Le seguirían los cuentos  Suca y El Oso. Sin embargo, como explican en la Editorial Pintar-Pintar, que es la responsable de esta edición actual: “en el primer cuento se anunciaba la próxima publicación de otros títulos que ni la familia de María Josefa ni esta editorial hemos podido recuperar y que desconocemos si finalmente vieron la luz o quedaron perdidos en la penumbra de aquellos años.”
La acción del relato se sitúa en un bosque lejano, a la manera de los cuentos tradicionales, aunque las semejanzas acaban aquí. En este bosque, viven el tío Tanón y la tía Tana, entregados a su trabajo. Viven solos y parece que son felices. Un día les llega el hijo, Tanín, quien comienza a cambiarles las vidas. Tanín crece despierto, juega con todo y es muy observador. No aprende a leer ni a escribir, pero sí a tocar el violín. También reconoce el lenguaje de los animales y se puede comunicar con ellos, porque Tanín tiene un don, es paciente y sabe escuchar.
La autora aprovecha para describir, de manera evocadora, distintos episodios en la vida del bosque, nos habla del oso, de la ardilla, del búho… y de Zenón, “que no era un mago ni un brujo. Era un viejecillo sabio…”. Éste es el universo del Tanín en el que suceden las cosas despacio, sin prisa. Tanín desvela algunos misterios, como el del anzuelo en el fondo del lago y, así, logra pescar esos pececillos plateados. Y aprende a mirar y a soñar. Pero… en Tanín crece la necesidad de salir del bosque, de ver qué hay más allá, de ir a la ciudad. Es como si su mundo se le quedara pequeño; aunque… ¿quién sabe qué encontrará? Si sabe qué deja atrás, a su madre, que penará por él, a sus amigos, a su bosque… pero decide continuar. De alguna manera, El tío Tanón, la Tía Tana y la historia de Tanín contiene una historia tan antigua como la humanidad: la historia de un niño que crece, que aprende, que duda, que toma decisiones que pueden ser equivocadas, pero que son las suyas. Es también un relato iniciático, lleno de sugerencias, de registros, de pureza-
María Josefa Canellada escribe de manera sencilla, pero con elementos poéticos, de un hondo lirismo. Nos acerca al bosque, nos acerca al pequeño gran mundo de Tabín con absoluto respeto y como dejándonos ver un territorio nunca pisado, aún virgen puesto que el terreno propio de los sueños, de la imaginación, de lo ideal.
Los cuentos de María Josefa Canellada no acaban bien, no tienen el típico final feliz, porque son cuentos mucho más profundos que presentan una vida en formación, que aluden a la entraña misma del ser humano, siempre insatisfecho, siempre en perpetua búsqueda como Tanín.
La edición de Pintar-Pintar nos parece un acierto porque es una manera de poner en las manos de los niños de hoy el tesoro de ayer, el tesoro que abuelos y abuelas custodiaban, pero que no siempre se tuvo en cuenta. Es, por otro lado, una edición muy cuidada que está atenta a los detalles. De ahí que cuente con las ilustraciones de Sandra de la Prada que ha sabido, sin duda, captar la magia de las palabras de María Josefa Canellada y hacerlas vivir doblemente, por el propio relato y por las ilustraciones que captan ese escenario medio irreal, medio bucólico, siempre brumoso, en el que Tanín ha sido tan feliz.

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