domingo, noviembre 20, 2011



El chelín de plata,
Ana Campoy
Barcelona, Edebé, 2011


Si el lector ha leído la primera aventura de Alfred y Agatha, Los diez pájaros de Elster, ya conoce a este par de niños especiales; aunque, si no lo ha hecho, puede leer sin problemas El chelín de plata, ya que son historias diferentes, aunque con los mismos protagonistas y planteamientos similares. Eso sí, hay que advertir que Alfred es Alfred Hitchcock y Agatha, Agatha Christie. Ni más ni menos.
En esta ocasión, el joven Alfred está más que contento porque, por sus buenas notas, su padre le ha regalado un chelín de plata y Alfred nunca ha tenido nada igual entre sus manos. Se lo enseña a su amiga Agatha quien lo espera con una sorpresa: van a conocer a un vecino escritor que es, ni más ni menos, que A. Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. La visita será el inicio de muchas más ya que el escritor está escayolado y no puede moverse, aunque sí es capaz de llegar a deducciones impresionantes. Alfred está encantado. No le pasa lo mismo a la perrita, a Morritos Jones, quien siente celos hacia el nuevo amigo de su ama. La novela se complica cuando Morritos desaparece y llega un extraño mensaje a base de números que los niños han de descifrar. Poco a poco lo que parecía una desaparición casual se convierte en algo mucho peor, ya que Morritos acaba en un circo, a punto de realizar un peligros número sobre la cuerda floja. Los niños, un nuevo vecino con fama de huraño, la propia institutriz de Agatha y, por supuesto, el escritor, acaban triunfando y recuperando a Morritos. Y aún hay más, Conan Doyle que llevaba mucho tiempo sin escribir, que estaba harto de su personaje al que había matado en su última novela, lo resucita para escribir El perro de los Baskerville. ¿Y en quién se inspira? Pues en Morritos, claro que sí, y en su secuestrador.
El chelín de plata combina aspectos imaginarios y otros absolutamente reales, como es chelín de Alfred o las referencias espaciales que se citan en el libro. En esta ocasión también se habla del circo, un espectáculo, que en la fecha en la que transcurre la historia, a principios del S. XX, eran espectáculos llenos de números chocantes, como la mujer barbuda o la exposición de alguna persona con defectos físicos. El libro también alude al posible embrión de una de las películas más importantes de  Hitchcock, La ventana indiscreta. Uno de los vecinos de Agatha, llamado Foster, quien pasa por ser una persona excéntrica y huraña, es quien, mirando por la ventana descubre las distintas peripecias que se dan en su barrio.
En El chelín de plata se consolida la amistad entre Alfred y Agatha. A Agatha, de la alta sociedad, no le importa la procedencia de Alfred y lo valora por lo que es, por su ingenio y por su capacidad de pensar. Eso permite que Alfred mejore en su propia percepción y cambie de ser un niño temeroso y a ser una persona más confiada en sí misma. En ese sentido, la evolución de los personajes es uno de los atractivos de la novela.
Hay otros muchos aspectos que contribuyen a que El chelín de plata sea lea con gusto y agrado. Ana Campoy se ha documentado con rigor, pero incluye los datos y los elementos reales en su historia de una manera amena, sin forzar la trama, haciendo que la acción fluya hacia un final feliz, aunque lleno de peligros.
El chelín de plata, como ocurría con Los diez pájaros de Elster, aspira a todo tipo de lectores, niños y adultos porque ambos encontrarán elementos de interés. A los niños les gustará la peripecia de Morritos, por ejemplo; mientras que los mayores aprenderán a mirar, con otros ojos, la realidad porque, a menudo, las apariencias ocultan informaciones falsas. Y si no que se lo pregunten a Miller&Jones, los dos detectives protagonistas de la serie.
















































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