sábado, noviembre 21, 2015

Luminaria,
Ana María Romero Yebra,
Torremozas, Madrid, 2014 (La Noctámbula)

La poesía nos salva del abismo, nos consuela y nos permite salir del ensimismamiento. La poesía ayuda a curar las heridas aunque suponga hacerlas más evidentes conforme uno va hurgando, verso a verso, en su recuerdo, en su pena. La poeta Ana María Yebra escribe una elegía a su madre y, a la vez, sacude todo su dolor, todo su miedo, todo su poder de mujer que busca consuelo, que busca en la memoria una razón, una luz, un destello. Decía San Agustín que la primera pena que te causa una madre es, precisamente, su muerte. Ese no estar abismal, esa sinrazón, ese desasosiego de no poder tender la mano, de no sentirse niño de nuevo, de no ser amparado como solo sabe amparar una madre.
El poemario, inmenso, lúcido, es el homenaje a una mujer que vivió los años difíciles de la preguerra, la guerra y la posguerra y, pese a ello, no perdió su alegría de persona luminosa.
Luminaria  se divide en dos bloques, "Curriculum vitae" y "Versos de otoño". En la primera parte, como se intuye, se recogen los hitos biográficos más importantes de la madre, desde su nacimiento, su precaria escolarización, el conocimiento del amor, la boda, el nacimiento y la crianza de las hijas y la muerte del marido que supuso un mazazo para ella. No obstante, supo salir adelante y recuperar el espacio de su infancia para los suyos y acondicionar de nuevo su casa y sus brazos y todo su amor. La "extraña vejez adolescente", como la califica su hija; esos últimos años repletos de asombro, como una niña: "Quiero ser como tú cuando envejezca ./ Quiero ese rostro dulce, esa caricia / oferente en tus manos / y tu infantul asombro ante la vida". 
Ana María recuerda las pequeñas alegrías de la vida en ese tributo íntimo y, a la vez, universal, que le brinda a su madre. Se siente cercana a la mujer que le dio la vida y, de alguna manera, sigue mirando la vida como si tuviera que contársela aún a su madre. Como hizo siempre : "por pagar una parte / de la dicha que guardan las paredes / de mi hueco en el aire / cuando vienes a casa". Siente la poeta, la necesidad de agarrarse a su madre para salvar, de esa manera, la hora triste de su partida.
En la segunda parte, "Versos de Otoño", repasa la escritora, con nostalgia, como si volviera a suceder, los últimos días de su madre, esa esperanza que aún tenía en la vida, en el renacer: "Si tú pudieras, madre, rebrotar como el árbol", le dice a su madre enferma. El otoño, la estación terrible de la ausencia, se mostraba en plenitiud, mientras el tiempo hacía su trabajo, pese a la resistencia de una hija, ya adulta, que se siente indefensa como cuando era niña: "Levántate que tienes que llevarme / igual que acostumbrabas, / cogida de tu mano generosa / a compartir el gozo por la vida". Pese a todo, el recuerdo que le queda es el de la sonrisa: "No pedo recordarte de otra forma / que no sea sonriendo / a todo cuanto el mundo te ofrecía". De hecho, la esperanza no se puede enterrar. "Siempre tendré tu abrazo pendido en la memoria". Se sabe Ana María sin su madre, pero no vacía de ella porque: "no puedo estar vacía / pues llenaste de amor todas mis ánforas" porque, y con ese mensaje acaba el poemario: "Hay madres que están vivas aunque se hayan marchado".
Luminaria es un canto dolorido, pero lúcido y esperanzado porque, tras la ausencia del cuerpo, nos invaden los recuerdos, llegan las compañías pequeñas de lo que fue, el espíritu, el reposo de la memoria y rebrota, al fin, el árbol que aún es la madre y que seguirá siendo siempre.
Los versos de Ana María Romero fluyen, amplios, serenos, para acompañar a la propia poeta y a sus lectores en ese tránsito del cuerpo al espíritu, de la enfermedad a la serenidad, de la presencia a la esencia.
Un libro espléndido, luminoso y nostálgico a la vez. Un libro pleno, tan pleno como es el otoño.

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