domingo, noviembre 01, 2015





El árbol generoso,
Shel Silverstein,
Kalandraka, 2015.


A veces, en la vida, más a menudo de lo que quisiéramos, las vivencias son agridulces e, incluso, tristes. La evolución personal va sumando distintas peripecias y experiencias y el balance final puede estar teñido de nostalgia o de tristeza. No obstante, podemos sublimarlo y trascendernos a nosotros mismos porque, en la vida, lo importante no es la meta sino el camino que seguimos.
El árbol generoso habla de la amistad y de las etapas de la vida. Un niño y un árbol se hacen amigos y, durante la infancia, el pequeño juega con sus ramas, se alimenta de sus manzanas, trepa a su tronco y lo tiene en cuenta. El árbol es feliz. Poco a poco, el niño se va distanciando porque a su vida llegan nuevas influencias, el amor, e deseo de hacer fortuna, el anhelo de viajar... y para todas ellas el árbol, siempre generoso como dice el título, tiene una respuesta y alivia las necesidades del joven, del adulto, del anciano.
En esta entrega sin límites el árbol va perdiendo sus ramas, sus frutos, su propio tronco... pero intenta ser feliz porque se acuerda del niño y de la amistad que tuvieron. El lector, sin embargo, empieza a reflexionar y, según la edad en que se sitúe, entenderá a sus padres, a sus mayores, a él mismo en sus propias vivencias. Cuando al tronco no le queda nada más que el tocón, el niño-anciano regresa y acepta ese último gesto de amor de su amigo que se lo ha dado todo. Y quizá, en los últimos años, vuelvan a ser felices. Los dos.
A menudo se confunde tener con ser, las necesidades con lo superfluo, lo prescindible con lo urgente. Algo así le pasa al protagonista del relato, mientras que su amigo, que no se mueve del sitio, que no ha perdido nunca los valores, sigue esperándolo y brindándole lo que él tiene que es, al fin y al cabo, lo más importante: el ser.
El árbol generoso es ya un clásico de la literatura infantil, aunque, por el mensaje que transmite, no tiene edad lectora porque, en cada momento, encontraremos una parte, una frase, un gesto que nos identifique e, incluso, nos traspase. Quizás todos tenemos un árbol que nos aguarda en algún sitio y que hemos olvidado, quizá cuando queramos recuperarlo ya será demasiado tarde.
El relato tiene más de 50 años, puesto que se publicó en 1964, pero tanto su presentación como el texto son plenamente vigentes. No hay que huir de las emociones a la hora de dirigirse a los niños, al contrario porque los niños son seres básicamente emocionales que aprenden a canalizar sus sentimientos, a ordenarlos, a darles forma... Un libro como el que estamos reseñando les puede ayudar mucho a organizar las primeras bases de su personalidad. 
En cuanto a las ilustraciones, destacan por su minimalismo, por la economía de detalles y, por lo tanto, por dejar claro el mensaje que nos quiere transmitir: lo importante no es lo que vemos, sino lo que sentimos y nos ayuda a crecer.
Por otro lado, no debemos olvidar que hay otro tema subyacente que es el respeto a la naturaleza, a nuestro entorno. El árbol se ha dado a sí mismo y el niño-joven-adulto-anciano no ha dudado en aprovecharse de él hasta que ha sido irremediable.
El texto es evocador y mantiene un tono contenido y melancólico hasta el final. Se organiza en dos bloques, el primero, más rápido y festivo, que es cuando el niño juega con el árbol y el segundo, organizado en las distintas etapas de la vida, que se va desglosando y ampliando conforme el árbol dialoga con su amigo y le pregunta qué le pasa. Para paliar la soledad, este manzano noble va desgranando sus dones, como hacía en la infancia del pequeño, pero, en esta ocasión, también los pierde y. sin embargo, no le importa... o quizá sí, pero siente que debe hacerlo. E, incluso, en su última etapa, sigue siendo protector e invita al anciano, al que él aún ve como un niño, a que se siente y descanse. Y entonces vuelve a ser feliz.

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