domingo, abril 27, 2014

Donde viven los monstruos,

Maurice Sendak,

Kalandraka, 2014.


La noche en que Max se disfrazó de lobo, no imaginó la aventura que viviría. Por sus travesuras, su madre lo llamó “monstruo” y él le contestó “te voy a comer”. Su madre lo castigó sin cenar. Y ahí empezó todo.

Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, es un clásico contemporáneo. Publicado en 1963, no fue muy bien recibido porque su mensaje no era demasiado didáctico ni moral (ni falta que le hacía, añadirían los niños que lo iban a leer). Gracias a la pluma y al pincel de este autor americano, Premio Andersen 1970, los lectores de varias generaciones han averiguado qué hay en el mundo de los monstruos. Max es el encargado de descubrirlo ya que en su habitación crece un bosque y él acaba en el país de los monstruos, pero, después de una larga travesía en barco. Allí, los monstruos muestran su lado más espantoso, “terrible”, pero eso a Max no le importa ya que les ordena que estén quietos. Además, los amansa con un truco y los monstruos afirman que él es el más monstruo de todos. Max acaba convertido en el rey y viviendo una noche llena de fiesta, aunque, al fin, hay algo que lo devuelve a su mundo: el olor de la cena que, pese a todo, su madre le ha dejado en la habitación.

Sin duda, el libro es espectacular en todos los sentidos. No solo la historia, llena de guiños al lector, que rompe estereotipos y se ríe de las moralinas trasnochadas, sino las ilustraciones, generosas, vibrantes, llenas de detalles, que se amplían a medida que avanza el viaje de Max. Conforme aparecen los detalles más imaginarios, las ilustraciones aumentan de tamaño y el texto se adelgaza, hasta desaparecer. Hay una total simbiosis entre texto e ilustración, como no podría ser de otra manera tratándose de Sendak.


El relato, traducido al español por Agustín Gervás, está escrito en prosa y se caracteriza por su brevedad y economía lingüística. Sugiere, más que dice. Juega con los matices y enlaza el mundo real con el onírico de una forma absolutamente armónica. No hay fisuras. Es un texto circular, podríamos decir, porque acaba y empieza en el mismo lugar, en la habitación de Max y con la cena como tema recurrente. Ni sabemos si Max ha soñado la aventura o la vive de verdad. Eso depende de la interpretación que cada uno haga. ¿Qué diferencia hay entre la realidad y la ficción? ¿Qué le ocurre a Max en el mundo imaginario? ¿Por qué regresa? Pese a pasárselo muy bien con los monstruos, que no le infunden ningún temor, Max decide regresar porque su vida cotidiana está llena de detalles que no le pueden ofrecer sus nuevos amigos. Además, seamos prácticos, el olor de la comida que preparan las madres puede con cualquier barrera.

Nos cae simpático Max porque es un niño travieso y valiente, porque sabe parar a tiempo y porque representa la imaginación en estado puro. Con la palabra “monstruo”, Sendak establece un juego metafórico. Max es, para su madre, un monstruo porque se ha portado mal; en cambio los monstruos reales, pese a sus apariencias, no crean ningún conflicto en el ánimo del niño. Él entiende muy bien qué es real y qué no lo es, pero eso no le impide imaginar, fabular y ser feliz.

El libro del que estamos hablando ha sido premiado y reconocido en distintos momentos y es un álbum ilustrado completísimo. Va destinado a los niños desde 3 años y contribuye a desmantelar los miedos infantiles.

De alguna manera, Donde viven los monstruos, constituye un viaje iniciático para Max y para los niños que abran sus páginas y se sumerjan en una historia en la que no hace falta saber leer, para sentirse protagonista.

Kalandraka ofrece este clásico en castellano, gallego, catalán, portugués y euskera y, sin duda, no pasará desapercibido.

Cabe recordar, que en el 2009 se estrenó una película basada en este texto.

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