domingo, febrero 28, 2016

El letrero secreto de Rosie,
Maurice Sendak, Kalandraka, 2016.

Hace muchos años, los niños y niñas podían jugar en las calles sin temor. Entraban y salían y el tiempo se alargaba como un chicle de fresa. Sendak recuerda con cariño esos días y parece inspirarse en una niña a la que conoció y observó porque, solo tras una observación tenaz, se puede escribir el libro que hoy estamos comentando.
Se sitúa en el barrio de Brooklyn, el propio del autor, muy lejos, insistimos, de los problemas de una gran ciudad. Muy lejos de la prisa, del tiempo, de las obligaciones y de las imposiciones que recaen, a menudo, sobre los niños.
En este espacio, Rosie se convierte en Alina, una gran cantante e inventa, para ella y sus amigos, un espectáculo, en donde la imaginación es la pieza indispensable. La rodean Kathy, que será una bailarina árabe, Lenny, que va disfrazado de bombero y varios más. Son todos niños y niñas que están creciendo y descubren cómo es la vida, los roles, las emociones, las singularidades de estar siempre en tránsito.
Sendak disecciona, con pluma hábil, los sentimientos de estos niños, de la infancia en general. No todo es alegría y juego, a veces sobrevienen las tristezas y las dudas e, incluso, los miedos. Los niños no son felices por decreto ley. Eso no debemos ignorarlo. Rosie, por ejemplo, se queda sola, en un momento del relato y se siente frustrada en su deseo de cantar, aunque decide hacerlo ella. Por ella y para ella. 
A veces el aburrimiento se instala en los corazones infantiles que sucumben al tedio, a la pereza y deben reinventarse y acudir de nuevo al juego, a la imaginación. Son momentos leves, que sirven de reflexión al lector y que le permiten vislumbrar su propia infancia.
Alina y sus amigos entran y salen, inventan juegos extraños, se convierten en petardos de colores y aprenden a conocerse un poco más y a sentirse parte de un grupo, de un todo.
En el relato, el personaje adulto es importante. Son las madres quienes se sitúan en un plano cercano al de sus hijos, las cómplices de sus juegos, las que les propician la imaginación y les permiten tener sueños. Son las madres las que los mandan a la calle, las que les dejan jugar en libertad y las que, de nuevo, siembran de nostalgia el alma del lector y del propio Sendak.
El relato, publicado en 1960, no llegó a España hasta 1984 y ha sufrido una suerte desigual. Se divide en cuatro capítulos y presenta unas ilustraciones cercanas, llenas de detalles. Son ilustraciones que hablan de hogares habitados, que presentan cómo son los niños, con qué juegan; cómo son las casas. Son ilustraciones que muestran a las madres en las ventanas o lavando los platos. Es más, recrean el mundo cotidiano, con el gato, con el mantel rojo que le sirve a Rosie para convertirse en Alina, con una toalla, un caballo de cartón o un globo.
No es un libro fácil ni predecible, porque requiere un esfuerzo, como todos los de Sendak, pero la recomensa es mil veces superior a otros cuentos más rectos y más planos. Kalandraka sigue apostando por Sendak para deleite de niños y grandes.


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