sábado, febrero 25, 2012

Pedro Villar – Miguel Ángel Díez,
Kalandraka, 2012, (7 leguas)


Nino es un niño soñador, es un niño que no se conforma con el pequeño mundo que trata de inculcarle su padre, porque Nino sabe que más allá del mundo gris, más allá de lo llamado urgente y necesario, está lo que realmente importa. Están las palabras. Y con ellas todo el universo. Todo.
Pedro Villar en El pastor de nubes escribe una hermosa alegoría acerca de la capacidad del ser humano de soñar, de la capacidad de fabular, de crear historias y de perseguir su propio camino. Nino quiere ser pastor de nubes y, de alguna manera, lo logra porque acaba coleccionando palabras en tarros de cristal y persiguiendo la estela del contador de cuentos.
Nino representa el anhelo que todo ser humano lleva en su interior de asir lo inasible, de no conformarse con lo que ven los ojos, que, como ya sabemos, nos lo dijo un sabio príncipe, solo muestran limitaciones. Y Nino vuela, vuela y es feliz y aprende a buscar más allá de las apariencias. Su padre, que cambió el oficio de pastor por el de agrimensor, fue el que, sin saberlo, le inculcó ese ansia al decirle que el mar estaba más allá de las montañas, pero nunca quiso llevarlo. Solo cuando se da cuenta de su error: “Recorrió siete leguas de inquietud, seis lágrimas de angustia, cinco montañas de silencio, cuatro caminos del aire, tres temblores de orgullo, dos manos que ofrecer y, por último, un abrazo que entregó a Nino cuando al fin lo encontró”. Por fin verán el mar. Y el padre, de una forma simbólica, recupera el oficio de pastor y, con él, la capacidad de asombro y la ilusión. Acaso, detrás de ese oficio esté la huella del pastor de Orihuela, de Miguel Hernández, quien sí fue, más que nadie, pastor de nubes.
Pedro Villar escribe en prosa esta conmovedora historia en donde las palabras saben, huelen y tienen cadencias propias porque es la historia del origen de todas las cosas. Y dije pan y el pan existió. Así le pasa a Nino, que se convierte en un pequeño demiurgo, en un hacedor de historias, como el propio Pedro Villar.
El libro está ilustrado por Miguel Ángel Díez, con unas ilustraciones realmente bellas y llenas de matices en las que el azul de los sueños y del cielo y de las propias nubes preñadas de agua es el color esencial. La mirada de Nino, en la portada, con esa sonrisa plácida, la mirada al viento, es ya, de por sí, un poema visual.
El pastor de nubes es un relato destinado a los más pequeños, un relato que podríamos calificar de iniciático porque acompaña a los niños en su crecimiento emocional, a la vez que Nino sigue su camino. El libro, por otra parte, es un homenaje a ese oficio tan antiguo como el mundo, el del contador de historias. Sin duda, otro de los que podemos llamar libros sin edad.

Publicado en Pizca de Papel

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