viernes, enero 13, 2012






La noticia de la muerte de José Luis Martín Vigil nos llega con casi un año de retraso. Martín Vigil fue un autor polémico, aunque, en sus años de esplendor, tuvo muchísimo éxito. Para algunos fue un cura moderno, para otros un escritor maldito, para unos cuantos un autor prescindible y obsoleto, para toda una generación una especie de oráculo. Sin entrar a juzgar sus acciones personales ni su trayectoria vital,  sí quisiéramos recordar su literatura y algunos de sus títulos.
Nacido el 28 de octubre de 1919 en Oviedo, en el seno de una familia acomodada, José Luis Martín Vigil siguió estudios de Ingeniería Naval, Humanidades y Teología tras realizar el bachillerato en el Colegio Superior de los Padres Jesuitas. Participó en la Guerra Civil, como combatiente desde la zona nacional. En 1953 fue ordenado sacerdote de la Compañía de Jesús. Fue, además, capellán de varios colegios mayores y el director de organizaciones católicas en la universidad.
A principios de los 60 abandonó la orden definitivamente y se volcó en la escritura de libros para jóvenes que tuvieron un éxito sin precedentes. José Luis Martín Vigil, además, era una cara frecuente de la pequeña pantalla. Fue el autor de una serie titulada Bajo el mismo techo.
Martín Vigil durante más de 40 años se dedicó a escribir y lo hizo teniendo en cuenta los gustos de los lectores jóvenes de la posguerra y, por supuesto, las tendencias morales de la época, aunque, sin ser un disidente total, sí se atrevió a levantar la voz y a denunciar injusticias sociales como la marginación o la parcialidad de la justicia. Muchos de sus títulos se convirtieron en libros de cabecera de toda una generación, la generación que fue adolescente en los 60 y en los 70 y aún en los 80, porque el eco de Martín Vigil ha llegado hasta nuestros días porque fue Premio Gran Angular en 1985 por Habla mi viejo.
Circulan muchos comentarios por Internet acerca de su persona y de sus ideas o tendencias morales y personales. Tal vez lo que haya que hacer, ahora, con su muerte, es leerlo no con la finalidad de imponer sus libros en los centros escolares, sino para entender toda una época en que no se podía hablar claro, en que las verdades siempre eran a medias y en que la censura lo tiñó todo de gris. Por eso, a Martín Vigil hay que concederle que, en la medida en que pudo o quiso, levantó la voz y el dedo y se atrevió a hurgar en las heridas o, al menos, a mostrar que había dudas y problemas y zozobras. Su literatura es directa y clara. Suele plantear conflictos propios de la novela iniciática y se acerca a las diferencias de clases que él conoció muy bien.
Títulos tan emblemáticos como Una chabola en Bilbao, Cierto olor a podrido, Primer amor primer dolor, Sexta galería, Un sexo llamado débil o ¿Y ahora qué, señor fiscal? forman parte de una amplia obra, de más de 60 títulos, en la que el aspecto religioso tuvo su importancia, no hay que soslayarlo, pero también el emotivo y el sentimental.
La vida sale al encuentro (1960) es su obra más carismática, sin duda. Reeditada en múltiples ocasiones por la editorial Juventud, puede entenderse en la actualidad como una obra de formación del carácter. Escrita en primera persona por el adolescente Ignacio, habla de su vida y de las relaciones con su amigo Pancho. Ambos, poco a poco, van madurando y aprendido los sinsabores de la vida. Ocupa un año decisivo en la vida de los jóvenes, el de los 15 años, el paso de la adolescencia a la juventud y el inicio de su madurez.
El amor y la muerte son elementos importantes en la novela. En el relato destaca un personaje, el padre Úrcola que es el guía espiritual de los protagonistas. La presencia de un guía es muy importante en la novelística del autor ovetense y viene a ser como el trasunto de su propia persona.
Es, en suma, una novela que se lee con emoción contenida y que podríamos calificar de sentimental y, por supuesto, como ya dijimos, de iniciática. Nos gustarán más o menos los comportamientos y las actitudes de los personajes y las consignas morales que se desprenden de las mismas, pero, lo que no hay que negar, es que el libro está bien escrito y que, como otras obras del autor, puede merecer una revisión para que las nuevas generaciones lo lean y, al menos, entiendan un momento de nuestra historia no tan pasada.
José Luis Martín Vigil es el ejemplo del poder devastador del tiempo. Tuvo la fama en sus manos, el prestigio, miles de fans (él, incluso, ponía su dirección en los libros) y la admiración de muchos. Trató de adaptarse a los nuevos tiempos (se hizo internauta), pero su nombre quedó ya en el olvido y hoy son pocos los que le recuerden, un puñado de nostálgicos y otro de detractores. Sin más.
Quizá sea el momento de que la lectura pausada y objetiva tome las riendas y calibre con cuidado y rigor las obras de este hombre controvertido para ponerlo en el sitio que debería ocupar en la literatura. Ni encumbrarlo como si fuera el mejor de los clásicos, ni rebajarlo como si lo que escribió no fueran más que consignas panfletarias. Y para ello… nada mejor que leerlo y formarse la propia opinión. Después hablaremos.



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