lunes, enero 23, 2012

Ana Alcolea,
Oxford, Madrid, 2010.
(El árbol de la lectura, 6)




La escritora Ana Alcolea imprime su sello propio en cada uno de los libros que presenta. Su obra es ya lo suficientemente amplia como para observar algunos elementos o temas constantes que, de alguna manera, señalan y acotan el universo narrativo de la autora.
En La sonrisa perdida de Paolo Malatesta aparecen, por lo tanto, algunos de estos aspectos. Para empezar es una novela iniciática, que marca la evolución hacia la madurez de sus dos protagonistas, Carolina y Valentín. Por otro lado, se inicia con un viaje que, partiendo de España, concretamente de la patria chica de Ana Alcolea, Zaragoza, lleva a la joven, Carolina, a Zúrich, a pasar el verano con una tía y su familia. A ello se añade que Carolina no está pasando muy buen momento, por la separación de sus padres y necesita un cambio para darse cuenta de quién es y adónde va, lo cual, insistimos, es característico de los personajes adolescentes de Ana Alcolea. Además, en la trama aparece la figura de una anciana que, con su memoria y sus recuerdos, pone el punto de la experiencia, que la autora tanto valora. Hay, también, descripciones de la naturaleza llenas de fuerza que suelen aparecen en las obras de la escritora aragonesa. La naturaleza en estado puro frente al mundo retocado por el hombre. No olvida las pinceladas de culturas y esas reflexiones especiales que hacen sus personajes a la hora de encarar le vida y sus misterios.
La sonrisa perdida de Paolo Malatesta no es, sin embargo, una novela tópica ni repetitiva. Carolina es la joven que viaja a Zúrich y conoce a Valentín, un joven remero, con el que congenia enseguida y, con el que tiene su primera experiencia amorosa.
En la novela hay amor, viaje iniciático y suspense, puesto que se aborda el robo de varias obras de arte, una de las cuales, una cabeza de Paolo Malatesta –de ahí el título- aparece en el fondo del lago en el que Valentín suele remar. Por casualidad, los jóvenes encuentran la cabeza y, poco a poco, se va desgranando una trama llena de intriga y muy bien resuelta. Otros personajes aparecen para ayudar a la pareja protagonista, el comisario de policía Marius Schroeder, que emplea unos métodos especiales para lograr resultados, la vieja actriz Adine, quien guarda en su pasado una vieja historia que hace que las emociones de todos se remuevan y, en fin, los padres de Valentín, que sin estar separados lo parecen o los tíos de Carolina, una pareja bien avenida –cuya hija pequeña aún no habla- o el sobrino de Frau Adine, Gerard. No hay que olvidar al perro de la dama, Rolando.  Todos acompañan el devenir de Carolina y Valentín, dos jóvenes que se conocen y se reconocen, que comparten mucho más que una aventura y que muestran, cobre todo Valentín, una sensibilidad muy marcada. Ana Alcolea se fija en los pequeños detalles y los analiza de una manera cercana y, a la vez, llena de sensibilidad.
Otros elementos juegan un papel simbólico en el relato, como los aromas. Valentín apenas tiene olfato, mientras que a Carolina le encanta el olor de las flores y pretende apresarlo a cada instante y la dama Adine emplea el perfume de los lirios del valle, como su fragancia definitoria. El comisario de policía, por su parte, escoge un perfume distinto en cada momento.
La gastronomía es también interesante, sobre todo la repostería. Adine prepara una mermelada de mirtilos que es una delicia y hace que los dos jóvenes vayan a recogerlos para que disfruten de ese momento especial. El café Odeón de Zúrich es una referencia importante para Carolina y Valentín, sobre todo el pastel de ruibarbo.
Enlazando con lo anterior, la propia ciudad de Zúrich se convierte en un personaje más que parece tener vida y sentir como los humanos. Ana Alcolea se recrea en describirla y en dotarla de alma y hacerla, así, más cercana.
El elemento cultural es importante en el relato. Así el título alude a la relación entre Malatesta y Francesca de Riminí que tanto tuvieron que penar por un beso. Una de las obras desaparecidas, precisamente, se atribuye a Rodin quien esculpió ese beso eterno y lo situó en las llamadas “puertas del infierno” de Zúrich. Y es que el propio Dante se dolió del final de la pareja de enamorados que se convierten en símbolo del amor frustrado. Otro beso, esta vez real, es el que se dan Carolina y Valentín que hace que su vida cambie y se transforme. Las vidrieras de Chagall, con su luminosidad, son el contrapunto positivo frente a las “puertas del infierno”.
En La sonrisa perdida de Paolo Malatesta la memoria y el pasado son también referencias importantes, motivo de respeto y de reflexión. Como dice el comisario de policía: “Uno se pasa la vida guardando cosas, comprándolas, disfrutándolas; luego se muere y los herederos lo venden todo sin piedad. Triste”.
La novela, en definitiva, está llena de momentos vividos, de frases reposadas y de mucha emoción. No obstante, también es una novela muy entretenida de leer ya que presenta una estructura bien trabada. Al principio, los capítulos son reposados y casi descriptivos y, poco a poco, las coordenadas temporales se imponen y hacen que la trama se precipite hacia un final sorprendente para el lector.

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