miércoles, diciembre 14, 2011

Tiempo para más cuentos,
Concha de la Hoz Fernández. Ilustraciones Pieruz,
Pintar Pintar, Oviedo, 2010.



Tiempo para más cuentos corrobora que la literatura infantil puede tratar todos los temas, por difíciles que sean. Solo hay que saber transmitir el mensaje con las palabras adecuadas como hace Concha de la Hoz Hernández.
Valentina y Manuela son dos niñas pequeñas que se sienten felices con sus padres. En especial adoran a su madre, quien les cuenta cuentos por las noches y las hace sentir seguras con sus palabras. La madre de las pequeñas tiene un hermoso pelo, que es la envidia de todas sus amigas y el amor de su marido. No obstante, un día todo cambia y las niñas han de pasar temporada en casa de sus tíos porque la madre está enferma. Cuando todo pasa, descubren que su madre ha perdido el pelo y que no parece la misma. No obstante, su olor es igual, sus gestos también y, sobre todo, sus palabras, porque la madre de Valentina y Manuela, con o sin pelo, sigue siendo la misma.
Tiempo para más cuentos es una historia conmovedora que se enfrenta, de manera valiente, al tema del cáncer. La madre de Valentina y Manuela ha sufrido un cáncer y eso significa un punto y aparte en sus vidas, porque, a partir de entonces, ni el padre ni la madre irán tan deprisa, ni se sentirán tan agobiados porque la enfermedad les ha hecho poner las cosas en su sitio y entender la importancia de los pequeños gestos.
Tiempo para más cuentos está narrado en tercera persona de una manera directa, fresca, al alcance de los primeros lectores, aunque sin concesiones porque no hurta la tristeza a las niñas ni escatima los momentos difíciles que han de vivir. Es un texto en el que las sensaciones son importantes, en el que el contacto piel con piel es básico, en donde la esperanza y la ilusión, pese a todo, son los puntales básicos para seguir viviendo.
El libro ha de gustar mucho, por su tono, por su especial cadencia narrativa, por su mensaje y por el mimo que pone en los pequeños detalles. Sin duda, también interesará por las ilustraciones de Pieruz, impactantes y directas que se funden con el texto y ofrecen los momentos cotidianos, con sus luces y sus sombras, de esta familia que bien pudiera ser la nuestra o la de alguien conocido o cercano, porque, por desgracia, el tema que aborda es muy cercano, aunque no siempre se sabe cómo tratar en literatura infantil. Ya decíamos al principio, y ahora parafraseamos a Juan Ramón Jiménez, que los niños pueden leer “de todo”, con las debidas excepciones. Y la enfermedad, por supuesto, no es ninguna excepción, sino algo tan real como la vida.


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