jueves, diciembre 15, 2011

La Luna tiene una Liebre,
Francisco Álvarez Velasco. Ilustraciones Fernando García-Vela,
Oviedo, Pintar-Pintar, 2009.



En la mitología china, la luna es la morada de la Liebre Lunar y Francisco Álvarez Velasco lo sabe bien, aunque también sabe otros muchos secretos que, en voz baja, en tono de nada, nos cuenta en La Luna tiene una Liebre.
Este precioso libro nos devuelve a la infancia, cuando el sueño era más importante que la realidad, cuando la imaginación llenaba nuestras almas:
“Luna, niñas y liebre
Olvidarán sus sueños
Cuando despierten”.
La magia del sueño es tal, que, a menudo, en la vigilia, no se recuerdan esos sueños, aunque, mientras se dormía, eran tan intensos y reales como la propia vida. Y eso también lo sabe bien Francisco Álvarez quien relata el sueño de la liebre, pero también el sueño de la luna en una especie de cadencia cósmica que nos envuelve desde el principio de los tiempos:
“Duérmete, Luna,
Porque la liebre
Ha cerrado los ojos
Harta de nieve”.
No es lo mismo el mundo lunar, que el mundo terrenal; así un cazador quiere disparar a la liebre, aunque no le alcanza porque no es posible romper los sueños. Y la liebre, al llegar la mañana, despierta de ese sueño de cazadores y nubes, de quimeras y nieves, de leñadores y niñas buenas, de chopos y brisas frescas:
Todo en el libro es resurgir, renacer, pasar del sueño a la vigilia y de la vigilia al sueño e, incluso, confundirlas, porque quién nos dice que el sueño de la liebre no fuera, en verdad, el sueño de algún niño y así sucesivamente.
La imagen que ilustra la portada, de Fernando García-Vela ya nos conduce a ese mundo onírico, propio de la luna, en que las cosas pueden o no ser ciertas, en que la imaginación corre desbocada hacia nuestro satélite porque, desde siempre, la luna, con sus misterios, ha atraído poderosamente al ser humano.
Por otro lado, gracias a la técnica que emplea Fernando García-Vela, con tinta, las manchas de colores se acercan mucho más a los sueños, porque no están bien perfiladas, porque evocan y sugieren, porque callan más que dicen, porque presentan un mundo donde es posible ser niño y soñar. Sin más.
El poeta, por su parte, también tiene un secreto muy especial. Su nieta se llama Luna y, en el libro, le brinda esa especial canción de cuna en donde su nombre vuelve a sus orígenes y esconde todas las leyendas que se han tejido en torno a la luna.
La Luna tiene una Liebre es, por supuesto, un libro para soñar, para volver a los orígenes de la humanidad, en que el poder de la voz convocaba a las gentes y las hacía vivir una doble vida, la suya, rutinaria, y la de otros personajes, tan fascinantes como la liebre. Tierra y Luna. Lo práctico y lo ideal. Las dos caras del ser humano:
“Y allá en la Luna
Oye los golpes secos,
Dale que dale
Al árbol viejo.

Y aquí en la Tierra
¡ay! cómo canta
Junto a la fuente
 la alondra al alba”.
El poemario, por otro lado, encierra una gran belleza gracias a las imágenes telúricas y oníricas, gracias a los paralelismos y al ritmo, tenue pero constante. Sin duda, las imágenes que lo ilustran, en esta ocasión, no complementan el texto, sino que se funden con él. Una verdadera joya literaria. Para todas las edades… porque los sueños, por fortuna, aún son libres.

2 comentarios:

  1. Felicidades Anabel por esta hermosa reseña de un libro hermoso para soñar y para vivir.

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  2. Gracias, Anabel, por esa espléndida reseña tan generosa para el poeta y el ilustrador.
    Francisco Álvarez Velasco

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