lunes, abril 25, 2016


Atenas siempre,
María García Esperón. Ilustraciones: Rocío Parra,
Enlace Editorial, 2015. (Tren Dorado. Quinta estación)

“Atenas siempre” es una novela compuesta por infinidad de teselas que condesan, de forma prácticamente épica, el significado y la trascendencia de la cultura griega, simbolizada en Atenas. En Atenas está todo, la palabra, la convivencia, el despertar del ser humano, las raíces, el mito, las luces y las sombras. María García Esperón contempla, sorprendida, emocionada, alborozada, incluso, la creación de un nuevo mundo de la mano de Pericles y rinde tributo a esa época, sin olvidar mencionar algunos de los episodios bélicos más importantes que estuvieron a punto de hacer sucumbir nuestra propia manera de ser, como la batalla de Salamina y que, a la vez, le dieron sentido .
Esparta, Atenas, Persia y sus líderes y sus hombres y su pensamiento. Todo late y revive en “Atenas para siempre”. Y no es la autora quien nos lo cuenta, sino una joven hetaira de Mileto, Aspasia, quien ha sido educada de forma esmerada y se dedica, con vehemencia y pasión, a recrear algunos pasajes de la historia griega que ella no vivió, pero que siente como suyos. Es Aspasia una logógrafa o historiadora que sueña, algún día con ir Atenas. Ella nos cuenta una doble historia, la suya personal y la de las gestas que tanto admira, aunque de ellas extrae siempre el elemento humano, las dudas, las tribulaciones, las emociones y los sentimientos porque Aspasia no se quiere quedar en la superficie sino que busca entender el alma humana, el porqué de las guerras, el porqué de las renuncias y el sentido que tiene todo eso para ella y para la humanidad.
Aspasia llega a Atenas y se establece allí. Su fama la precede y entra en contacto con los grandes nombres del momento como Sófocles. El propio Pericles la invita a su casa y Aspasia destaca como gran conversadora, como mujer entendida y capaz. Tanto es así que Pericles, maduro y sin amor, se rinde a la hetaira y le propone enlazar sus vidas. Aspasia es esa gota luminosa, tal y como la recrea la ilustradora en la portada, que reivindica el papel de la mujer en la Antigüedad Clásica. Y esa es la historia. La de una joven, la de un gran estratega y la de un mundo, el ateniense, que se estaba fraguando y asentando con Pericles.
La novela es un canto al amor, a la amistad, a las diferencias y a la entraña última del hombre, allí donde vive la soledad, donde habitan los fantasmas y también las glorias y las grandes gestas. El valor y la derrota, la superación de las dificultades, la lucha por los propios ideales habitan en “Atenas siempre”. Un mundo de hombres que parecían dioses y de dioses que semejaban hombres es el que vemos en la novela.
Cabe destacar la exhaustiva documentación de la autora y la capacidad de manejar emociones y sentimientos y acercarlos, nuevos y reales, a nuestros días, a nuestra época. En nombre de Hera y Niké, en nombre del fuego sagrado surgió nuestra cultura y nuestras raíces. Surgió Occidente y, de allí, se expandió al Nuevo Mundo. Y  ha sido una escritora mexicana, de raíces, aztecas, quien nos lo está recordando. La evocación, la contemplación justa y sin distancias, porque María García Esperón, no juzga, no interviene, deja libertad a sus personajes, permite que el lector entre, despacio, con cierto miedo al principio y con fervor, al final, en el mundo de Aspasia. Solo ella, joven y sagaz, enamorada y culta, puede entender que “El hombre no es más que el acantilado donde chocan las olas del destino”. 
No es gratuito que sea una mujer quien entienda la historia y sepa aunar guerras con amores. Gracias a esta especial visión entendemos que Atenas, mira por dónde, tiene alma femenina.
En “Atenas siempre” acaban triunfando, cómo no, las palabras: “Las palabras que pueden ganar una batalla, elevar a un hombre a la condición de héroe, arrancar del pueblo sacrificios increíbles, levantar una ciudad dorada desde el lodo”.

1 comentario:

  1. Gracias Anabel, por tu dedicación, talento y cariño. Tú siempre sembrando eternidad y olivo. Un abrazo inmensamente agradecido.

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