sábado, febrero 11, 2017

Leocadio, un león de armas tomar,
Shel Silverstein
Kalandraka, 2016


Hace más de 50 años, el autor e ilustrador del libro que nos ocupa, ya percibió que nuestra sociedad, la sociedad occidental y capitalista, estaba enferma y herida desde el punto de vista moral. Desde entonces, no parece que hayamos avanzado mucho ya que la lectura de las peripecias de Leocadio nos siguen desazonando y pareciendo actuales.
Por supuesto, si es un niño quien lo lee, captará el estilo propio del nonsense y se divertirá con las excentricidades que en el libro se cuentan; lo cual ya es importante, por supuesto. Leocadio tiene mucho que decir a los niños, pero, eso pensamos, aún tiene mucho que decir a los adultos.
El relato es una especie de fábula en la que un león, tras aciertos, ensayos y distintas vicisitudes, acaba dominando, mejor que nadie, el poder del rifle. Leocadio, para salvarse de los cazadores, opta por aplicar, como han hecho con él mismo, la violencia más feroz y asi, poco a poco, va despejando de cazadores su hábitat y defendiéndose de los mismos. No obstante, no acaba aquí la historia porque, en busca del mito de las flores de malvavisco, Leocado acepta ir a la ciudad y trabajar en el circo. Para ello debe humanizarse y lo hace hasta límites tan profundos que acaba sin saber quién es en realidad. Cuando quiere regresar a la sabana, hastiado de los hombres y de él mismo, descubre que ha perdido su identidad. ¿Es un león o un hombre? ¿O no es nada? El drama existencialista del hombre del Siglo XX late en este dilema.
Leocadio describe el drama que supone dejar de ser uno mismo para aceptar lo que viene de fuera. De alguna manera, es una crítica al colonialismo cruel y salvaje. Leocadio solo quiere vivir tranquilo y aprender  porque es, en el fondo, un espíritu tierno e ingenuo que se deja embaucar. Su curiosidad le acaba perjudicando porque se deja seducir demasiado por los cantos de sirena humanos.
El relato está contado por un narrador, el tío Shelby, quien, manejando los recursos orales, se dirige a los niños para hacerlos partícipes de esta singular historia. Y lo hace con gracejo y humor, sin dramatizar, mezclando bromas y veras, y permitiendo que sea el lector, quien, conforme vaya creciendo y entendiendo el mundo que lo rodea, interprete o no la historia. Sea como sea, los lectores siempre están presentes y siempre alerta porque es a ellos, a nosotros, a quienes se dirige este narrador disparatado y excéntrico.
El relato, amplio y muy bien estructurado, nos habla de los orígenes del león y lo acompaña en su peripecia, en sus conocimientos, en sus miedos, en su aparente ascenso y en su huida, aunque nos deja con la intriga de saber qué pasó con él. ¿Dónde está Leocadio? 
En cuanto a las ilustraciones, son caricaturas en blanco y negro muy esenciales, minimalistas, por así decirlo, que exageran, como no podría ser de otra manera, los avatares del león.
Haremos bien en leer este libro, en ofrecerlo a nuestros niños, en comentarlo con ellos y en tratar de entender el porqué de Leocadio y esa melancolía que, escondida tras la ironía y el humor, destila el libro.
La traducción de Miguel Azaola solo puede calificarse de excelente.

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