domingo, enero 10, 2016

Gregor Samsa frente a la ventana,
Francisco Álvarez Velasco ,
XXXI Premio Jaén de Poesía,
Hiperión, 2015.

Francisco Álvarez Velasco es un poeta que, en cada poemario, se nos da a manos llenas, derrochando lirismo y generosidad. Con justicia ha sido el merecedor de la pasada edición de los premio Jaén de poesía con este texto que estamos presentando, Gregor Samsa frente a la ventana.
Resulta muy difícil desvelar -y acertar- algunas de las claves poéticas de los 40 poemas que integran este libro intenso y hondo, tan hondo como las raíces castellanas del poeta de las que se nutre. 
Observamos a un yo lírico extrañado de lo que ve, preocupado por el presente y evocador del pasado. El campo frente a la ciudad. La infancia frente a la edad adulta. La vida frente a la muerte. La defensa del marginado frente a la prepotencia. El extrañamiendo de lo que se es frente a la solidez de lo que fue.
El poeta, sin olvidar su mirada de niño, ofrece algunos momentos de lúcida alegría frente a otros de crueldad gratuita y reflexiona, desde su ventana, como podría hacer Gregor Samsa, acerca del tiempo, de los sentimientos, de la dureza de la vida, de la ternura y de la memoria.
La acción de ofrenda, en unas manos que se abren, contrasta con la acción de negación en aquellos que nada ofrecen. Para Franscico Velasco las realidades importantes son aquellas que nos anclan a la tierra:
"Mano madre
que la hogaza cortaba
al empezar el día".
Esa misma mano, hecha de amor y de dulzura, se ve abocada al silencio cuando nada logra. Duro contraste de la vida.
"Y era triste la mano,
sin madre, amigo, amor,
hermano, padre".
El poeta observa su mundo infantil, hecho de campo, hecho de tierra, hecho de experiencias directas y valora ese mundo verdadero, sin doblez, rotundo de su niñez. Busca la luz, la esencia y acude a imágenes, hernandianas, podríamos decir para captar la esencia de su mundo:
"Mi mano te conduce
y en la cintura tienes
un valle hacia la vida
de almendros que se abren
con la luna",
Tampoco es ajeno el poeta a la crueldad que descubrió en sus primeros años, pero entiende que eso le permitió encontrar también la belleza, como vemos en sus dos poemas "Revelación 1 y 2":
"Conocía la ternura y el miedo
a la hora del milano
en el ala ahuecada y temblorosa
de las gallinas;
a la hora del trueno,
en el cirio encendido por mi madre."
Lo mejor y lo peor se dan la mano, las preguntas sin respuesta, los miedos propios y los impuestos, pero siempre la esperanza, la ilusión de la infancia aún no del todo perdida:
"Pecios de la botella
donde metió palabras algún niño
que se soñaba náufrago
en ínsulas extrañas". 
La sorpresa ante lo pequeño que, como por arte de magia, se convierte en algo importante y poderoso también se asoma a los versos del poeta, como cuando habla de los humildes adobes que:
"Hoy son muro y te ofrecen
contra la luz de julio
dónde apoyar la espalda
y el amor de la sombra".
Oficios muy cercanos a los orígenes, se describen como en un cuadro, porque así de lírica es la poesía de Francisco Álvarez. Uno ejemplo es cuando alude a los segadores de centeno:
"Vienen desde la alondra
y la última estrella
y llegan a la tarde".
Y, por supuesto, ese deseo de volver a lo que se tuvo y se perdió porque pensamos que no era importante. En el espléndido poema que da título al poemario llegamos, acaso, a la sublimación del mismo:
"¡Ay si tuviera ahora
solamente dos gotas
de aceite puro
para estas dos bisagras oxidadas,
para que el alba abriera
sus ventanas,
las cancelas de luz
                       y brisa tibia,
o dos lágrimas solas...!".
La madre, la infancia, los recuerdos, el amor, el paso del tiempo, la dureza de la vida, la ternura de algunos momentos, la grandeza de lo efímero, la soledad, el peso del mundo... son algunos de los temas con los que el poeta nos obsequia en su poemario que se cierra con otro poema rotundo, acaso el que supone mayor entrega:
"Ahora estás en la página esperando
el soplo de unos labios
y el dedo que camine los renglones
solo para vivir
unos instantes".
Francisco Álvarez Velasco brinda, por otra parte, su particular homenaje a los poetas de los que se nutre su obra y que tanto le han ayudado a crecer. Así, notamos elementos de Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, García Lorca o Miguel Hernández, entre otros. Con estas influencias y su propio poso, hecho de observaciones directas, de emociones, de ternuras, de tiempo y soledad, Gregor Samsa frente a la ventana es una joya hecha poesía que hay que leer muy despacio. Seguro que cada uno descubrirá otros caminos por los que adentrar su alma.


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