martes, septiembre 20, 2011

De Alfredo Gómez Cerdá, Luis Vives, 2008, (Ala Delta, 68)



            Alfredo Gómez Cerdá obtuvo el XIX Premio Ala Delta con esta emocionante novela, “Barro de Medellín”. Novela que, además, fue Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2009.
 El libro va dirigido a los lectores a partir de 10 años, pero garantizamos una lectura llena de reflexiones y de intención social para el lector adulto, ya que Alfredo Gómez Cerdá denuncia, de alguna manera, la pobreza en la viven cientos de personas en barrios marginados, en este caso en Medellín, pero no sólo eso, sino que hace referencia al mal trato que sufren los niños y a lo difícil que es salir adelante en una sociedad que te vuelve la espalda. Pese a todo, los dos protagonistas, Camilo y Andrés se sienten a gusto en el lugar en el que viven y son, incluso, felices. Eso aún nos hace reflexionar más porque, a menudo, los que lo tenemos todo nos quejamos por nimiedades y, en cambio, los más desheredados son felices con un rayo de sol.
            Camilo es un niño que sufre los malos tratos de su padre, un alcohólico sin remedio, el cual se acostumbra a enviarlo a comprar aguardiente sin darle dinero, con lo que Camilo ha de aguzar su ingenio y sacar dinero de donde sea para poder volver a casa. Por otro lado, su madre es la única que trabaja y, pese a todo, sufre los continuos atropellos de su marido. Viven en una casa que se han hecho ellos con los ladrillos que robó Camilo de una obra cercana y que resultan ser los mismos con los que se construyó la Biblioteca, el edificio más señorial de todo el barrio. Por eso, su padre, para que no lo descubran, ordena que el niño embarre continuamente la fachada para que no se vea. De ahí el título de la novela, “Barro de Medellín”. Este barro, para los dos amigos, es algo curioso ya que les deja la piel final y a ellos eso de tener la piel fina como las chicas no acaba de gustarles.
            Camila decide ser ladrón y quiere que Andrés lo secunde, pero Andrés se niega una y otra vez, aunque acaba siempre del lado de su amigo, porque son mucho más que amigos. Todo cambia, cuando acuden al Parque Biblioteca y allí conocen a la Bibliotecaria, Mar. Mar es una mujer amable, compasiva que hace la vista gorda cuando le conviene y que decide ayudar a los niños. Tanto es así que le cambia un libro, que Camilo iba a sustraer, por otro y es tanta la atracción que ejerce sobre el pequeño que intuimos que le va a cambiar la vida, ya que se embebe en esa lectura. Y ése es el pequeño milagro al que asistimos, que Camilo olvide a su padre y al dichoso aguardiente y que, aun en las situaciones más adversas, tenga curiosidad por leer y saber qué le pasa al protagonista de esa novela que Mar le ha ofrecido que nada tiene que ver con él, pero que le atrae poderosamente. Alfredo Gómez Cerdá, pues, capta de una manera sutil y hermosa toda la magia que le lectura puede ofrecernos.
            “Barro de Medellín” es un relato hermoso, muy bien construido, que nos sitúa frente a una realidad distinta a la que conocemos y que, como decíamos antes, permite que reflexiones, pero sin dejar de gozar de la lectura, que, por cierto, está ilustrado por Xan López Domínguez.
            Camilo y Andrés son dos niños con un gran potencial que merecerían un mundo mejor y unas mejores condiciones de vida y que, pese a todo, miran con alegría su ciudad y se sienten orgullosos de sus progresos... aunque a ellos no les vayan a llegar nunca.













lunes, septiembre 19, 2011


21 RELATOS CONTRA EL ACOSO ESCOLAR,
Madrid, SM, 2008, Gran Angular, 276

El acoso escolar, o “bulling” como se le conoce también, no es algo de nuestro tiempo, sino que es tan antiguo como la escolarización, aunque, en nuestros días, está alcanzando una virulencia especial puesto que todos recordamos algún caso de suicidio o alguna filmación en video que luego ha sido difundida en la red. En “21 relatos contra el acoso escolar”, con idea y dirección de Fernando Marías y Silvia Pérez, se nos ofrecen distintas formas de acoso escolar, desde las más simples hasta las más sofisticadas, como iremos viendo. El libro es imprescindible para los adultos, padres y educadores, porque nos da la visión descarnada, sin tapujos de lo que es el acoso escolar y que, a veces, pasa ante nosotros sin que nos demos cuenta e, incluso, lo confundimos con desmotivación, crecimiento, cambios de humor y una serie de elementos que nada tienen que ver con la sensación que siente el chico o chica que es acosado y que sufre, en silencio casi siempre, el horror de encontrarse día tras día con sus verdugos.
En el libro, 20 escritores y un ilustrador, Carlos Jiménez, nos dan su especial visión del acoso escolar. Cada uno siguiendo su estilo y su inspiración, pero todos unidos por la misma idea: denunciar a los que se amparan en el grupo o en la fuerza o en los defectos ajenos para torturar a chicos y chicas que no tienen ningún problema, sólo el no caer bien, el ser altos, bajos, gordos, flacos, rubios o demasiado morenos. Todo sirve para el acosador que goza con la mirada de miedo que siembra en el acosado.
Los autores y autoras que han formado parte de este proyecto son Ana Alcolea, Montserrat del Amo, Elía Barceló, Lola Beccaria, Martín Casariego, Ana Isabel Conejo, Carlo Frabetti, Espido Freire,  Alfredo Gómez Cerdá, Ricardo Gómez, César Mallorquí, Andreu Martín, Gustavo Martín Garzo, Gonzalo Moure, Elena O`Callaghan i Duch, Rosa Regàs, Care Santos, Marta Ribera de la Cruz, Jordi Sierra i Fabra y Lorenzo Silva. Como vemos se trata de un grupo de escritores de primera línea, algunos ya muy conocidos en el mundo de la literatura juvenil y otros que, por primera vez se dirigen al público más joven.
Los relatos son todos realistas y cada uno hace hincapié en un aspecto del acoso escolar. En cuanto a las formas expresivas, vamos desde la tercera persona, hasta la primera persona o la segunda, como “Chico Omega”, de César Mallorquí, pasando por el diario, el narrador observador, el omnisciente e, incluso, el testigo. Son relatos que nos hablan del presente de los personajes, pero también del pasado, porque no todos los protagonistas son chicos y chicas o niños y niñas, sino que los hay adultos que han sufrido de pequeños el acoso escolar y que han salido, al fin de ello. Estos reflexionan sobre ello y nos dan un ejemplo, en algunos casos lleno de esperanza, en otros más bien vengativo. “Un poco de simetría”, de Lorenzo Silva y “Marcar un gol”, de Care Santos van en esta línea, la del adulto que luego, de alguna manera, se venga del acosador. En cambio, el relato de Sierra i Fabra, “Memoria” contiene datos biográficos y nos habla del niño que fue él y de la fuerza de voluntad que tuvo que emplear para superar todos los miedos y los traumas que los demás querían sembrar en él.
No nos engañemos y pensemos que sólo los alumnos sufren el acoso escolar, también lo sufren los profesores y hay algún relato estremecedor que nos habla de una profesora asustada y maltratada por sus alumnos, como “Figura de carbón”, de Alfredo Gómez Cerdá.. En otros casos, los profesores y el equipo directivo no acaban de entender el alcance del problema y no prestan oídos a las quejas de los padres, como sucede en “Martina”, de Ana Alcolea; a veces los padres son los propios acosadores, los que siembran esa violencia en sus hijos, quienes, pasan de víctimas en el hogar, a maltratadores en las aulas. Es posible que algunos chicos no sepan entender muy bien qué alcance tienen sus malos tratos y los apliquen para tratar de sentirse ellos bien, ya que se saben vulnerables y solo con la violencia superan sus miedos, como en “Aprende”, de Espido Freire.
Algunos de estos relatos nos hablan de cómo el acosado acaba superando sus diferencias y plantando cara a los verdugos, de manera directa o con algunas estrategias. Muchas veces estos chicos que se creen los dueños del mundo no resisten que alguien les haga ver lo que son en realidad, unos pobres muchachos. Así lo leemos en “La diferencia”, de Lola Beccaria. Otras veces, el autor pone el acento en los chicos que llegan de otros países y que no siempre encuentran el apoyo necesario e, incluso, en chicos pobres que desentonan en su grupo y sufren acoso por ese motivo, como leemos en el relato de Montserrat del Amo, “En tierra de nadie” y en el de Marta Rivera de la Cruz, “¿Conocéis a Silvia?”.
Todos los relatos, insistimos, son de gran calidad literaria y cada uno de ellos aborda un aspecto importante del acoso escolar. A veces no nos damos cuenta pero fomentamos estas conductas y los escritores, que han observado y pensado mucho, así lo denuncian. Un mote, una colleja en apariencia inocente, un empujón al entrar al aula, risas cuando sales a la pizarra, anónimos, amenazas más o menos veladas... todo ello hace la vida imposible al chico o chica que es objeto de tanta presión y que, a menudo, como es débil no sabe qué hacer y lo que empieza siendo un aparente juego de niños acaba siendo un problema de violencia y brutalidad. A veces el ensañamiento llega a límites difíciles de creer y sofisticados, como es el uso del móvil, como leemos en “Las dos caras de la moneda”, de Elena O’ Callaghan.
Los rumores, las agresiones físicas, el vacío, las difamaciones, el no prestar ayuda, las zancandillas físicas y mentales, el mirar para otro lado cuando pasa algo... todo contribuye a que el problema del acoso escolar se enrede como en una madeja y no haya manera de solucionarlo.
“21 relatos contra el acoso escolar” presenta a personajes vivos, de carne y hueso que sufren y evolucionan, a veces para mal, como “Pelo paja”, de Rosa Regàs; a veces para bien como “Sueño cumplido” de Ana Alonso. Aquí Ana Alonso da con una de las claves del problema, el propio miedo de la víctima hasta que se da cuenta y dice basta porque “A lo único que le tengo miedo en este momento –murmuró- es a mi propio miedo”.
El libro pretende, ni más ni menos, que luchar contra el acoso escolar y de nuestra reflexión y nuestra capacidad para entender los mensajes, depende que se solucione o, al menos, se ponga en evidencia. Como dice Fernando Marías en el breve prólogo: “Ventiún autores se enfrentan sin miedo, y de forma a veces muy poco complaciente, a las múltiples caras de este gravísimo problema que constituye hoy y ahora, en este mismo instante, una terrible forma de tortura para muchos escolares de nuestro país”.
No es, pues, un libro que toque temas de evasión, sino que su contenido es duro y honesto. Un libro importante en el panorama actual que deberían leer tanto los padres como los profesores y, por supuesto, los alumnos, ya que, descubrirían, tal vez con sorpresa, que ese mote que ellos han puesto, inofensivo, está causando un daño increíble. Y es que el acoso escolar tiene muchas caras, pero ninguna amable.

miércoles, septiembre 14, 2011

Alfredo Gómez Cerdá.
Bruño, Altamar, 194. 2011.



Macaco y Antón es una de las historias más clásicas de Alfredo Gómez Cerdá. Publicada en 1986, acaba de ser reeditada de nuevo porque su mensaje sigue interesando y es bueno que lo conozcan los niños del S. XXI.
Macaco y Antón son dos buenos amigos que, desde la infancia, quisieron ser maquinistas de tren y, cuando lo logran, se sienten tan felices que siempre aceptan los encargos que les hace el jefe de estación, a cual más insólito y desproporcionado. Macaco y Antón no saben decir que no y eso les acarrea algún contratiempo, hasta que un día, de forma casual, escuchan a una madre que dice no y sí a su hijo. Lo bueno del caso es que el hijo no se enfada y la madre no deja de quererlo por eso. Macaco y Antón reflexionan y deciden que hay que cambiar de estrategia y no aceptar todos los encargos. En ese momento, las condiciones laborales mejoran para los dos maquinistas y ellos se sienten más felices.
Macaco y Antón son dos personajes entrañables y conmovedores, que luchan por mantener su sueño y hacerlo nuevo cada día. Ahora bien, hay personas, como el jefe de estación, que se aprovechan de su bondad y de su buena predisposición para el trabajo.
Macaco y Antón es un texto hermoso, lleno de matices, que ayudará a los niños y a los mayores a decir que no o a saber que a veces hay que saber decir no. Muchas personas tienen el mismo problema que Macaco y Antón y eso les conlleva dificultades y problemas porque siempre acaban cargándose de trabajo y de obligaciones que no les corresponden. Alfredo Gómez Cerdá encuentra un camino de salida y demuestra que más vale saberse plantar a tiempo que sufrir innecesariamente.
Andrés Guerrero ilustra el relato con unos dibujos, a lápiz, que destacan las dificultades de los trabajos de Macaco y Antón y su buen talante al enfrentarse a ellas.
Como bien leemos al final del texto. “Macaco y Antón habían descubierto que las cosas, el mundo… podían funcionar mejor diciendo a veces que sí y diciendo a veces que no. ¿Sí o no?”
El libro viene acompañado de una propuesta de lectura realizada por Begoña Lozano. Queremos destacar la actualidad del mensaje, como decíamos al principio, y la gran imaginación de Alfredo Gómez Cerdá al hilar, a la manera de una concatenación, los distintos materiales que llevan Macaco y Antón en su tren de mercancías.
Los trenes, sin duda, forman parte de la vida y de la obra del escritor madrileño, como puede verse en títulos posteriores. Y es que, como dice Alfredo Gómez Cerdá: “Me gustan tanto los trenes que vivo a cuatrocientos metros de una estación. No solo viajo en ellos, sino que también escribo cuantos donde aparecen”; aunque añade: “Pero hay algo que me gusta aun más que los trenes: los libros”. Por suerte para sus lectores, concluimos nosotros.


Más información
Juega en la granja,
Adaptación de Ana Mª Romero Yebra.
Ilustrado por Derek Matthews
SM, Madrid, 2010.

Juega en la granja  es un delicioso libro para los primeros lectores e, incluso, los que no saben leer, que, con claridad y simpatía, introduce a los niños y niñas en el mundo de la poesía, ya que la historia está escrita en octosílabos. Se organiza con estrofas de cuatro versos que mantienen una rima muy marcada, normalmente consonante. Eso, insistimos, favorece, por un lado, la musicalidad del poema y hace que se pueda leer en voz alta para que los niños gusten y disfruten de este episodio protagonizado por los animales de la granja.
El cerdito quiere trabajar en la granja, como los otros animales, aunque no sabe muy bien cuál es función. Los animales algunos le contestan bien, otros lo rechazan y otros le dan largas, pero cada uno aprovecha para explicar su misión, la oveja, la vaca, el gallo… hasta que finalmente el carnero le da una buena solución, que el lector conocerá si lee o escucha el cuento hasta el final.
La poeta Ana Mª Romero Yebra, que siempre imprime calidad en sus trabajos, ha adaptado del inglés el texto, pero, sin duda, lo ha dotado de su propia impronta personal y de esa manera especial que tiene para escribir poesía, sin aspavientos, de manera natural, pero sin renunciar a la forma en ningún momento.
Las ilustraciones, muy divertidas, son de Derek Matthews.
Juega en la granja, además, presenta un valor añadido y es que incluye, en cartón, 36 piezas para que el niño construya su propio establo con animales e invente otras tantas historias. El libro, por último, se presenta en formato de álbum, con tapas duras, a prueba, de los deditos de los más pequeños de la casa.

martes, septiembre 13, 2011

El bosque invisible.
Alfredo Gómez Cerdá. Ilustraciones Teo Puebla,
Everest, 2011, Dichosos humanos


Un buen día, cuando ya ha acabado el periodo de hibernación el oso se despierta y sale de su cueva. Tiene hambre y está deseando recorrer el bosque, su bosque. Lo que se encuentra lo deja pasmado. No se ven señales del bosque. Parece que no existe. El oso cree que debe hacerse confundido de cueva y decide ponerse en camino para encontrar su bosque. Otro animal, el lobo, está haciendo el mismo recorrido. El lobo dejó el bosque y ahora, a su regreso, tampoco lo encuentra. Los dos animales hacen un recorrido que los deja pasmados porque todo son cosas extrañas que antes no estaban allá. Alfredo Gómez Cerdá, de una manera indirecta, describe las grandes obras de los humanos que, en pos de la civilización, acaban con bosques y espacios naturales para construir carreteras, puentes y túneles… Eso es lo que se encuentran el oso el lobo. Al final, medio muertos de hambre, son recogidos por otros humanos que tratan de deshacer los entuertos de sus semejantes y llevados a un espacio protegido en donde fingirán ser felices, pero no lo serán. Nunca más.
Alfredo Gómez Cerdá critica de una manera sutil y llena de ironía la acción humana que destroza la naturaleza y, con ella, el hogar de miles de animales. Y lo peor de todo es que eso se hace con total impunidad, sin pensar en las consecuencias ni en los posibles desastres ecológicos.
El bosque invisible es un título muy apropiado para describir la realidad con la que se encuentran dos animales que, en principio, nunca se han relacionado, pero que entienden que es mejor caminar juntos.
Teo Puebla, nuevamente, ilustra el texto y dota a estos dos animales de una magia especial, porque se recrea en los detalles más entrañables del oso y del lobo. De esa manera la crítica del texto encuentra un remanso en las ilustraciones, con lo cual los niños, los pequeños de 6 años en adelante, pueden entender el mensaje del autor, pero sin dejar de recrearse en las imágenes.
Los dos animales representan la libertad amenazada, los derechos vulnerados. Es más, el lobo se queja, y con razón, de la imagen que se tiene de él en los cuentos y habla con resentimiento de Caperucita Roja. Y es que, en el mundo animal, hay también muchos tópicos, todos ellos creados por los humanos. Otra vez. Dichosos humanos.
Amor de gato
Alfredo Gómez Cerda. Ilustrado por Teo Puebla,
Everest, 2011, Dichosos Humanos


Blas es un gato callejero que no quiere tener tratos con los humanos porque no cree que sean de fiar. Se siente feliz, aunque no siempre consiga qué llevarse a la boca, pero es libre y eso le basta. Un día se enamora de una gata con pedigrí, Bomboncito. Bomboncito y Blas proceden de universos distintos y tienen distintas experiencias con los humanos. Contrariamente a lo que ocurre en la almibarada película de Disney, “Los Aristogados”, Bomboncito y Blas no pueden vivir su amor en casa de la gata, puesto que su ama maltrata al pobre gato callejero y no le deja otra opción a la gata que huir. Los dos son libres, sí, pero tienen que andarse con cuidado porque la dueña, o eso se cree ella, claro, de Bomboncito ha puesto un reclamo para encontrarla. ¿Cómo se puede llamar a un animal tan noble como un gato, Bombocito? Es lo que se pregunta Blas cuando la conoce, aunque también se queda perplejo por el lazo ridículo que lleva al cuello. ¿Cómo podemos los humanos ser así?
Alfredo Gómez Cerdá escribe una novela de amor entre dos seres inicialmente distintos, que acaban encontrándose. Los dibujos de Teo Puebla, tan emocionantes como siempre, redondean esta historia de sentimientos y nos hacen pensar de nuevo en cómo se puede ser tan retorcido a la hora de tratar a los animales.
Quedan enfrentados los dos mundos con sus ventajas e inconvenientes. Bomboncito no sale de casa, pero tiene buena comida, está bien tratada, va al veterinario y no le falta de nada… o eso cree ella. Blas no sabe qué es el veterinario ni concibe cómo se puede estar sin salir a la calle. Pese a todo, se quieren, tratan de entenderse y deciden vivir su vida al margen de los humanos. Dichosos humanos.
El texto está escrito en 3ª persona por un narrador comprensivo que se conmueve con los animales y los valora como tales. Va destinado a los lectores desde 6 años y es un relato hermoso, lleno de poesía y de respeto hacia los animales.
Alfredo Gómez Cerdá. Ilustraciones: Blanca BK,
San Pablo, Madrid, 2010

Charlot es un tren actor. Le encanta el cine y se siente el tren más feliz del mundo cuando forma parte de alguna producción cinematográfica. Y es que Charlot no es un tren cualquiera, en absoluto, ya que ha formado parte de algunas de las más importante películas de todos los tiempos. No obstante, a él le gustaría ser más reconocido por los demás. A Charlot le encantaría ser considerado un artista. Carola, su maquinista y su confidente, le hace ver que a ella también le hubiera gustado ser bailarina de ballet clásico, pero que, por su físico, resultó imposible. No obstante, tanto Carola como Charlot hacen con mimo su trabajo, tienen en cuenta los detalles y se sienten a gusto en sus papeles. Son, por lo tanto, artistas.
Charlot, tras rodar una última película de amor, acaba llegando a la conclusión de que para que las cosas funciones hacen falta muchas personas, que suelen trabajar en el anonimato, pero que también son artistas. Y pone el dedo en la llaga cuando se pregunta si prefiere ser artista o famoso. Evidentemente, Charlot prefiere ser artista.
Un tren de cine es una historia destinada a los lectores desde 6 años que muestra que, en la vida, los detalles son importantes y que no hay que dejarse llevar por las primeras impresiones. Charlot, por ejemplo, es un tren que aparece en muchos planos y, sin embargo, la crítica solo se fija en los actores. Alfredo Gómez Cerdá plantea un buen tema de reflexión en torno a aquellos aspectos que pasan desapercibidos y que, sin embargo, son tan importantes como los que cobran protagonismo. La labor callada de Carola es básica para que Charlot se mueva bien y la capacidad de aguante de Charlot es esencial para los actores que actúan en sus vagones.
Un tren de cine está escrito en tercera persona por un narrador omnisciente que aprecia a sus personajes. Los niños disfrutarán con la figura de Charlot, un tren que sabe pensar, que tiene capacidad de elección y que aprende a madurar con cada actuación. Por otro lado, el relato presenta muchas notas de humor e ironía, además de aludir a algunas de las grandes películas del cine de todos los tiempos que han tenido al tren como tema principal. Alfredo Gómez Cerdá no da el nombre de la película, pero sí suficientes datos como para que se pueda identificar y, por supuesto, como para que los pequeños lectores, con la ayuda de sus padres o profesores, encuentren a qué película se refiere. Por lo tanto, es también un homenaje al séptimo arte, a la gran pantalla. Alfredo Gómez Cerdá alude a películas de vaqueros, pero también a Indiana Jones, que aparece en tono su esplendor, y a una película ya clásica como es “Con faldas y a lo loco”, entre otros títulos.
Los diálogos con los que adereza el autor el relato son directos y muestran el pensamiento y las ideas de los personajes. Que un tren con cualidades humanas sea protagonista enriquece el relato y hace que los lectores aprendan a mirar a su alrededor desde otras perspectivas.
Las ilustraciones Blanca BK, sin duda, enriquecen el relato y dan el contrapunto a las películas que se mencionan. Un gran acierto es el personaje de Charlot que se muestra como lo que es, un tren, aunque con rostro. Sus ojos, por ejemplo, son la parte más expresiva y, dependiendo de la escena o de su estado de ánimo, Blanca BK los dibuja de una manera o de otra. Son ilustraciones alegres, que destacan por su viveza.
Un tren de cine es la historia de un tren que trabaja llevando pasajeros de un lado a otro, pero que, de tanto en tanto, realiza películas de éxito. Pese a ello, Charlot ni se envanece ni quiere ser más importante que su maquinista. Ése es el valor implícito del relato, saber estar y saber ser, con independencia de los vaivenes de la vida y de la fortuna.
Se podría mencionar también el interés personal y literario que siente Alfredo Gómez Cerdá por los trenes y ése sería un buen tema de estudio. Varios son sus títulos que tienen que ver con el tren: Macaco y Antón, Cha-ca-pun, El tren saltamontes, Sin billete de vuelta… Acaso el autor madrileño vea en los trenes una metáfora de la propia vida, que es, al fin y al cabo, un viaje.

lunes, septiembre 12, 2011




Los Ambigú y el caso de la estatua,
Madrid, SM, 2011. (Barco de Vapor, 198)


Los Ambigú y el caso de la estatua es una aventura protagonizada por tres amigos, Esther, David y Sebas, quienes, gracias a sus habilidades y conocimientos en las nuevas tecnologías consiguen, de forma asombrosa, internarse en secretos vedados para la mayoría. No se trata de tres adultos, no, sino de tres niños, quienes se reúnen en una librería viejo en el Barrio Gótico de Barcelona, “El Ambigú”, de ahí el nombre del grupo. Bernardo es el abuelo de Esther y les permite que pasen muchos ratos en el sótano que es donde tienen todo lo que pueden necesitar: “En el sótano –se lee- tenían absolutamente de todo. Un par de ordenadores con conexión rápida a Internet, cámara web, juegos para PC, grabadoras, micros, altavoces y escáner.”.
No es la primera vez que actúan los tres juntos y tampoco es la primera vez que resuelven un caso, como demuestran en El tesoro de los cátaros. De ahí que la policía los tenga, de alguna manera, fichados, en especial la teniente Cubos.
En esta ocasión descubren, de forma casual, un secreto muy bien guardado que les lleva al Vaticano, en un viaje delirante, para hacer el descubrimiento de sus vidas en torno a la Piedad de Miguel Ángel. Tras muchos problemas y no pocos peligros, logran resolver el caso.
Flavia Company tiene la habilidad de unir modernidad con tradición y logra así una combinación sugerente y muy apetecible para los jóvenes lectores quienes disfrutarán con las aventuras del trío “Ambigú” y, a la vez, aprenderán algo de arte. Y no solo eso, sino que conocerán de cerca los tejemanejes de una red de falsificación de obras de arte y aprenderán, de paso, que trabajar en equipo es mejor que hacerlo solo.
El texto se lee de forma rápida puesto que se suceden las escenas trepidantes, pero también se describen muy bien las relaciones de amistad entre los tres amigos y abunda el humor y la ironía en muchas escenas. Queremos destacar, por otro lado, la especial relación entre el abuelo, Bernardo, y los tres chicos. Bernardo aporta su experiencia y su manera de ver las cosas, mientras que los chicos se muestran espontáneos y no miden demasiado bien las situaciones de peligro a las que se enfrentan.
Hay también una particularidad en el relato y es que va muy ligado a las ilustraciones de Pep Brocal. Precisamente una de estas ilustraciones, en blanco y negro, inicia el relato y la autora, en tercera persona, advierte que, dirigiéndose a sus lectores, que esas imágenes pertenecen casi al final de la historia. Es una manera de reclamar la atención de los lectores y hacer que lean con mayor interés el relato.
Los Ambigú y el caso de la estatua es un texto destinado para los lectores desde 12 años que los inicia en la novela de aventuras, pero protagonizada por jóvenes de su edad.























LUNA DE SENEGAL
De Agustín Fernández Paz. Il.: Marina Seoane
Anaya, 2009 (Sopa de Libros, 137)


            “Luna de Senegal” es uno de los últimos títulos del autor gallego, Premio Nacional de Literatura, cuyo título original es “Lúa do Senegal”. La traducción la ha realizado Marina Soto.
            El libro se destina a los niños desde 10 años y nos narra las vivencias, aspiraciones, anhelos, deseos, miedos y desazones de una joven niña senegalesa, Khoedi, que ha tenido que abandonar su casa en Senegal, en compañía de su madre y de su hermana, para reunirse con su padre, en Vigo, donde lleva varios años trabajando. Para la niña supone un choque cultural y emocional muy grande dejar su aldea natal, sus costumbres, su colegio y sus amigas y conocer una ciudad brumosa, como Vigo, en donde el sol no es igual que en Senegal ni nada le recuerda la tierra que dejó, aunque sí hay una cosa, la luna; la luna, por suerte, es la misma y a ella explica la pequeña sus cuitas y temores como si el satélite nocturno pudiera ampararla.
            Khoedi y su hermana Naima llaman a Vigo El País de las Ausencias porque carece de todo lo que tenía su pueblo, Ziguinchor. No obstante, Khoedi es una niña animosa que tiene curiosidad y quiere conocer el nuevo mundo y tender puentes entre lo que dejó atrás y lo que la aguarda. Además, se alegra porque sus padres y ellas dos pueden estar, al fin juntos, y conoce la historia que tuvo que vivir su padre, llena de peligros y angustias, para conseguirles un futuro mejor.
            Khoedi echa de menos a su abuela, Mamá Feriane, que ya murió, aunque nota su presencia por todas partes. Su abuela le contaba cuentos hermosos de todas las cosas. Este rasgo lo ha heredado la niña que, sin saberlo, recoge la herencia de la abuela y es capaz de contar los relatos más curiosos a su hermana y a todo aquel que quiera escucharla: “No sé como explicarlo bien- nos dice- . Es como si tuviera una caja con hilos para tejer historias. Mezclas varios hilos y te sale un cuento que se parece a otros, pero que es distinto. Depende de cómo lo hayas tejido; y de los hilos que hayas empelado, claro”.
            El relato tiene doble persona narrativa, por un lado la propia Khoedi, cuando se dirige a la luna y, por el otro, el narrador cuando, en tercera persona nos va explicando los avatares y las ilusiones de la familia.
            “Luna de Senegal” nos habla de lo duro que es emigrar y dejar la tierra propia atrás, pero también de la fuerza y la esperanza que tienen los emigrantes cuando llegan a su nueva patria. Alude también a ciertas situaciones de racismo e incomprensión, pero, por encima de todo, late la esperanza en el futuro, simbolizado por la foto que toda la familia se realiza juntos, al fin.
            Khoedi llega en verano a Vigo y se pasa todo el verano temiendo el primer día de clase, hay alguna otra niña senegalesa que lleva más tiempo en Vigo que la asusta y, a la vez, la ayuda presentándole nuevas amigas (la mayoría de distintas procedencias). Al final, para Khoedi ese primer día de clase es una puerta abierta a la esperanza y la constatación de que el futuro puede ser bueno en Vigo, sin olvidar el Senegal.
            En “Luna de Senegal” hay un símbolo importante, que son la semillas de baobab que la niña lleva a Vigo y que planta en una maceta con la esperanza de que algún día crezca y pueda plantarlo en uno de los parques de la ciudad gallega. Al fin y al cabo, como comenta la niña: “Tal vez, el único país que importe de verdad es el que acabamos construyendo con las personas que queremos”.


Ficha de lectura
En 2007 publiqué en CLIJ un estudio sobre la obra de Agustín Fernández Paz y he reseñado varias de sus novelas. Es un autor lleno de registros cuya obra merece ser destacada. Por eso nos alegramos de que sea el flamante Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil y lo celebramos con un texto suyo, que puede leerse, junto con textos de otros autores en el volumen Hablemos de leer.


COMO QUIEN BEBE AGUA, de Agustín Fernández Paz

en Hablemos de leer (Varios Autores). Ed. Anaya. Colección La sombra de las palabras. Edición y prólogo de Antonio Ventura. Madrid, 2002


Una noche cualquiera de invierno, en los grises y mediocres años cincuenta. Una casa de un pequeño pueblo gallego, tan pobre como las otras que hay a su alrededor. La oscuridad de la larga noche de piedra de la dictadura es algo más que una metáfora. En esa casa hay un hombre sentado a la mesa de la cocina, que apoya un libro sobre el hule gastado. Ha estado trabajando todo el día en la carpintería, quizá ocupado en las piezas de una cama, o de un armario, muebles hechos con la voluntad de vencer el tiempo. Ahora tiene el libro abierto y, mientras pasa las páginas, le habla a su hijo más pequeño de las maravillas que, como si fuera una lámpara mágica, encierra aquel volumen. “Pronto podrás leerlo”, le dice al niño, “y entonces verás como es cierto todo lo que te he contado”. Y el niño, contagiado por el entusiasmo que desprenden los ojos y las palabras de su padre, desea que pasen veloces los días, para poder entrar en el espacio de La isla misteriosa de Jules Verne, pues ese es el libro, uno de los que forman la biblioteca paterna, si es que se le puede llamar así a los dos estantes que guardan unos pocos volúmenes, un tesoro para aquellos tiempos: Verne, Poe, Salgari, Dumas, Mark Twain, Puskhin, Fernández Flórez... Todas ediciones viejas y gastadas, aunque algunas aparezcan protegidas por las nuevas tapas que les han puesto las manos cuidadosas de un encuadernador amigo. Libros que, en un proceso de seducción guiado sólo por la intuición y el entusiasmo, sirvieron para que aquel niño quedase contagiado para siempre por el deseo de leer. Todo tan natural y espontáneo como el simple hecho de beber un vaso de agua para apagar la sed.
           Aquel niño de los años cincuenta era yo, y aquel carpintero, que además tocaba la trompeta en una de las dos orquestas del pueblo, era mi padre. De él aprendí que la lectura, por encima de todo, nos ayuda a vivir; pero también que nos sirve para conocer otros mundos y otras vidas, y que es la vía idónea para expandir el territorio sin límites de la imaginación. No experimenté nada de eso en la biblioteca pública (porque no la había; cómo iba a haberla si los que nos gobernaban consideraban que los libros nos podían corromper o provocarnos pensamientos peligrosos), y tampoco en la escuela (donde apenas había unos pocos libros, entre ellos los ejemplares repetidos de El Escudo Imperial que usábamos para la lectura colectiva, una obra de la que, todavía hoy, puedo recitar fragmentos enteros de memoria), a pesar de haber tenido un maestro que, en aquel contexto hostil, fomentaba con entusiasmo mi gusto por inventar y escribir historias.
           Donde experimenté ese placer fue en mi casa, de la mano de mi padre. Era raro mi padre. Porque no era normal que un obrero leyese, pues la tradición lectora de los ateneos populares había quedado rota por la guerra civil. Pero mi padre, y otros hermanos suyos, contra toda lógica, tenían libros y leían. (Si los pocos volúmenes de mi padre ya me parecían un tesoro, qué decir del baúl atestado de ejemplares de la colección "Novelas y Cuentos" que todavía conservan como un tesoro los hijos de mi tío José.)
           Con aquellos escasos títulos, en las pocas horas libres que le dejaba el trabajo, nos transmitió a mis hermanos y a mí el vicio de leer. El ingeniero Ciro Smith, el capitán Grant, lady Mariana y tantos otros personajes de papel fueron para mí tan reales como las personas del mundo que convencionalmente llamamos verdadero. Aún hoy, cuando recuerdo aquellos años, escucho el estruendo de las olas y el ruido del viento en las velas, y tengo miedo porque me encuentro en una selva donde habita el peligro, y contemplo asombrado un espacio lunar cargado de silencios...  Ese primer estadio, el del entusiasmo ante lo que lees, semejante al que tan bien describe Michael Ende en La historia interminable, me lo contagió mi padre. Porque la lectura es un placer que se contagia, como la gripe o la rubéola. Y quizá sea este un aspecto sobre el que tengamos que reflexionar hoy, pues sólo pueden contagiar quienes antes hayan experimentado en su carne ese mismo placer.
   En esos mismos años, a poco más de treinta kilómetros del lugar donde se producía mi iniciación lectora, Álvaro Cunqueiro escribía en la buhardilla de su casa de Mondoñedo, un Mondoñedo que muchos días, sepultado por la niebla, se convertía en un espacio mágico, como de otro mundo; un espacio idóneo para la aventura en la que Cunqueiro estaba embarcado por entonces, con un entusiasmo que sólo pude comprender muchos años después. Don Álvaro escribía como un conjuro contra la derrota, con una fe que a cualquiera le hubiera parecido ilusoria. Porque fueron los años en los que trabajaba en sus primeras novelas: Merlín e familia, As crónicas do sochantre, Se o vello Sinbad volvese ás illas... Y las escribía en gallego, una lengua a la que, tras la guerra civil, se le había amputado su dimensión literaria. ¿Quién iba a leer los apenas 500 ejemplares que de cada título tiraba la pequeña editorial Galaxia, en unos años en los que toda la cultura gallega había quedado arrasada por la barbarie y sólo sobrevivía en el exilio americano? Sin embargo, contra toda lógica, quizá pensando en la confesión que hizo poco antes de morir, Cunqueiro soñaba y escribía sus sueños: As miñas invencións e as miñas maxias teñen, nembargantes, un senso máis fondo: por riba e por baixo do que eu fago, eu quixen e quero que a fala galega durase e continuase, porque a duración da fala é a única posibilidade de que nós duremos como pobo. (...) Se de min algún día, despois de morto, se quixese facer un eloxio, e eu estivese dando herba na terra nosa, podería dicir a miña lápida: "aquí xace alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis'".
    En esos mismos años, Cunqueiro escribió un breve ensayo titulado "Imaginación y creación", al que pertenecen estas palabras: lo propio de un escritor es contar claro, seguido y bien. Contar la totalidad humana, que él por su parte tiene la obligación de alimentar con nuevas miradas. Y si hay algo que esté claro en esta dieta, es que el hombre precisa en primer lugar, como quien bebe agua, beber sueños. Beber sueños como quien bebe agua. ¿Se puede hacer una definición mejor de la necesidad, básica como el agua, de la lectura?
    Por cierto, un ejemplar de cada uno de los libros en gallego de Cunqueiro llegaba a mi casa a través del encuadernador amigo, un hombre que mantenía contacto con las precarias redes del galleguismo que, desde 1950, con una fe ciega en el poder de las palabras, iniciaban la resistencia cultural contra la negrura del franquismo. Todavía recuerdo la ilusión con la que mi padre trajo a casa el ejemplar prestado de Merlín e familia, y la lectura en voz alta de algunos pasajes. La revelación hecha palabra: la lengua de casa, la lengua de la calle, podía ser también la lengua de los libros. Y cómo olvidar el día en que, en el taller de carpintería, vi a mi padre hablar con un señor alto y más bien grueso, que venía a hacer una encarga; cómo olvidar los ojos brillantes de mi padre cuando, ya solos, me dijo: “¿Sabes quien era ese señor que acaba de marcharse? ¡Don Alvaro Cunqueiro!".



   Mi padre murió en 1972 y Cunqueiro, en 1981. Ahora, después de tantos años, me encuentro haciendo aquí esta asociación entre uno y otro. Don Álvaro afirmaba que las personas necesitábamos de los sueños tanto como del agua. Y el recuerdo de mi padre me dice que él podría ser, como cualquier lector apasionado, el vivo ejemplo de esa afirmación. Con un añadido más, la lección involuntaria que me dejó en herencia: transmitir el amor por los libros es también tan natural y tan sencillo como beber agua.
           Y, casi sin querer, estas palabras me llevan a los tres volúmenes que Anaya editó con los cuentos completos de Jakob y Wilhem Grimm. Unos volúmenes que fueron el manantial generoso del que yo tomaba los cuentos que le leía a mi hija durante tantas noches de su infancia. Uno de los relatos que repetíamos una y otra vez era “El agua de la vida”, un cuento bien conocido:
   Érase una vez un rey que estaba enfermo y nadie creía que podría salir con vida de aquella dolencia. Tenía tres hijos que, llenos de pena, marcharon a llorar al jardín. Entonces se encontraron con un viejo, que les preguntó cuál era el motivo de su dolor. Le contaron que su padre estaba tan enfermo que la muerte era ya irremediable. Entonces, el viejo les dijo:
   --Yo sé un remedio, es el agua de la vida. Quien bebe de ella, cura; lo malo es que es difícil de encontrar.
   (...)
           Es una narración apasionada y terrible, como tantos cuentos maravillosos, donde la búsqueda de esa agua milagrosa sirve para que aparezcan ante nosotros toda la gama de las pasiones humanas, desde la traición o la maldad hasta la bondad o el amor. Pero no quiero centrarme ahora en los cuentos populares, sino en esa agua mágica que cura a quien la bebe, esa agua que precisa de nuestro esfuerzo para dar con ella y poder sentir sus efectos benéficos. ¿No se le pueden atribuir también todas estas cualidades a la lectura? Beber sueños, beber historias. Una necesidad que tenemos todas las personas, un ansia que no nos abandona nunca. Es verdad que se puede matar la sed a través de las conversaciones con otra gente, o por medio del cine y de la radio, o contemplando algunas de las múltiples pantallas que hoy llenan nuestras casas... Pero no es menos cierto que la fuente primigenia está en los libros, aunque haya tanta gente que no lo sepa o, si lo sabe, no sea capaz de encontrar el camino para llegar hasta ella.
   He hablado de mi infancia, una época en la que, si hemos de creer a los especialistas, resulta sencillo despertar en los niños el ansia de leer. Todo lo contrario que en la adolescencia, donde, dicen, se produce una crisis lectora  que puede ser irreversible.
   Vuelvo otra vez la vista atrás. Ahora me encuentro interno en la Universidad Laboral de Gijón, con otros muchos muchachos como yo, entre máquinas y libros técnicos, pues en nuestros estudios la lengua y la literatura ocupan un lugar muy subordinado. En uno de aquellos cursos, se encarga de la clase de lengua un profesor diferente. Quizá mi memoria mitifica los hechos con el paso de los años, pero lo que yo recuerdo es lo que acabó convirtiéndose en un apasionado ritual: el profesor entraba en el aula con un grueso libro (luego supe que era un tomo de las obras completas de Rudyard Kipling, de aquella colección de Premios Nobel encuadernada en plástico azul que editaba Aguilar), esperaba a que los cuarenta adolescentes guardásemos silencio y comenzaba a leer. Casi siempre era un relato que ocupaba la clase entera, uno de esos cuentos en los que Kipling combina tan bien la aventura, el misterio y, en ocasiones, el miedo. Allí estábamos todos, fascinados por las palabras, y no era raro que solicitásemos una prolongación del tiempo de clase para saber cómo acababa la historia de aquel día.
    Supongo que alguna gente opinará que lo que aquel profesor hacía era una pérdida de tiempo, pues en el libro de texto quedaban olvidadas las subordinadas. Y, sin embargo, con el paso de los años, recuerdo con nitidez aquellas clases (otras más ortodoxas, y otros profesores, son sólo un recuerdo distante) y puedo asegurar que tuvieron un papel muy importante en la consolidación de mi pasión por la lectura.
    Más tarde, ya como profesor, yo también pude vivir experiencias semejantes, vivencias que conocen bien tantos enseñantes. Algunas las recuerdo con emoción especial, como la explosión de aplausos y gritos cuando Charlie descubre el billete dorado en el envoltorio de la chocolatina (aquella semana estábamos leyendo, a capítulo por tarde, Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl). Aunque, quizá porque se trataba de adolescentes escasamente interesados por los libros, también fue una clase inolvidable aquella del año 1996 en la que, con el libro recién publicado, y fascinado por el cuento que había leído la noche anterior, decidí ocupar la hora entera en leerles a mis alumnos “A lingua das bolboretas” ("La lengua de las mariposas"), el que quizá sea el mejor relato de los que conforman ¿Qué me queres, amor?, el libro de Manuel Rivas que luego acabaría obteniendo el Premio Nacional de Literatura y dando lugar a la película de José Luis Cuerda. Empecé a leer y, durante un tiempo, los murmullos o las miradas vacías de atención continuaron presentes en el aula. Pero, a medida que avanzaba en el relato, a medida que, a través de los ojos del niño protagonista, asistíamos al drama humano que significó la guerra civil en Galicia, los murmullos desaparecieron y todas las miradas se cargaron de atención. En las páginas finales, la emoción del cuento se había extendido por todo el espacio del aula. Y cuando finalicé la lectura, con la clase paralizada y silenciosa, no era sólo yo quien tenía un nudo en la garganta.
   No cuento esto por nostalgia, sino porque de estas anécdotas (semejantes, bien lo sé, a las que tantas otras personas han vivido) se extrae una consecuencia esencial: no hay ningún secreto para despertar el gusto por la lectura. Sólo hay que abrir un libro que contenga un texto poderoso y leer en alta voz. No se precisa nada más, todo es tan sencillo como beber agua. Porque, en el fondo, ese es el único camino para llegar a descubrir lo mismo que Montag, el jefe de los bomberos encargados de quemar los libros en la sociedad ¿futura? que Ray Bradbury creó en Farenheith 451. Un día, cuando se dispone a destruir los libros que habían descubierto en la casa de una anciana,  este hombre coge algunos de ellos y los guarda para sí. Está intrigado, quiere saber qué hay en esos pequeños objetos tan importantes para algunas personas. Los lee, a escondidas, y reincide más veces, hasta quedar atrapado en las redes de la lectura. Cuando su mujer descubre aquel vicio oculto, le pregunta irritada qué ve en los libros, cómo se atreve a poner en peligro su felicidad con aquella práctica clandestina y prohibida. Y es entonces cuando Montag le da una respuesta de demoledora sencillez: "Porque siento que detrás de cada libro hay una persona que me habla". En sus palabras está resumida una de las características esenciales de la lectura: esa capacidad para dialogar con otras personas a través del tiempo y del espacio. Abrimos Follas novas y llega hasta nosotros la voz de Rosalía de Castro, tan intensa y tan inmediata como si estuviéramos a su lado. Y lo mismo pasa si abrimos La Odisea, o Hamlet, o El palacio de la luna o las páginas inolvidables de El enigma y el espejo. Se produce un milagro que, quizá por estar acostumbrados a él, nos parece algo normal y cotidiano. Pero no por repetido deja de ser un milagro, el mismo que asombraba a Montag.
    Este diálogo infinito que propicia la lectura es una vía esencial para irnos formando como personas. La lectura nos ayuda a entender el mundo y a entendernos a nosotros mismos. A enraizarnos en el país en el que vivimos y a abrirnos al variado mosaico de las culturas. Nos ayuda a ser personas más tolerantes y solidarias. Y también más críticas, más auténticas, más libres.
   Todo esto lo entendieron muy bien, desde siempre, los tiranos y dictadores, los partidarios del pensamiento único, los enemigos de la libertad. Siempre tuvieron muy claro que las ideas contenidas en los libros, tal como las ondas rodarianas de la piedra tirada en el estanque, acaban llegando hasta el lugar más alejado. Por eso se preocuparon de prohibirlos, de ahogar la libre expresión, de censurar títulos y autores. Mi generación, los que ahora tenemos más de cincuenta años, fuimos unas víctimas de esa práctica. Se nos negaron las mejores voces, las que nos podían traer otras ideas y visiones del mundo. ¡Qué tarde pudimos leer a Camus o a Neruda, a Castelao o a Luís Seoane! Ahora, en la sociedad actual, la censura es de otro modo, más sutil, más guiada por eso que llaman la mano invisible (¿o era implacable?) del mercado, siempre empeñada en ahogar las iniciativas que se atreven a ir contracorriente y defender las utopías.
    Muchos años después, fue cuando se produjo mi paso al otro lado del espejo. Me han preguntado en muchas ocasiones por qué escribo, qué es lo que me hace pasar horas y horas delante del papel, o de la pantalla del ordenador, inventando unas historias que luego acabarán leyendo otras personas. Las primeras veces titubeaba, no sabía bien qué contestar. Luego, aunque bien sé que hay bastantes más razones, acabé cayendo en la cuenta de que escribo porque leo, porque leer y escribir son dos actividades inseparables, como las dos caras de una moneda. Ahora sé que mi afición a escribir arranca de mis años de infancia, de aquellos años en los que el tiempo tenía una dimensión circular, marcada por el paso de las estaciones. Y sé también que de esa pasión por la lectura, que no me ha abandonado nunca, y que luego se ha ampliado al cine, arranca esta afición mía por contar historias.
Ya he dicho que en mi casa había pocos libros, y que mi padre supo transmitirnos la fascinación por las aventuras que encerraban. Nunca podré olvidar algunos de aquellos títulos, que leíamos una y otra vez: La isla misteriosa y Las aventuras del capitán Hatteras, de Jules Verne; o Los tigres de Mompracén y Un viaje al polo en automóvil, de Emilio Salgari; o El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, que nos llenaba de miedo y nos hacía mirar debajo de la cama...
   De entre aquellos libros, siempre me ha fascinado el arranque de la historia contenida en Los hijos del capitán Grant. Los tripulantes del yate de lord Glenarvan encuentran una botella en el vientre de un gran pez y, sorprendidos, descubren dentro de ella un mensaje escrito en tres idiomas, parcialmente borrado por la humedad del mar. Ese inconveniente les obligará a reunir y combinar los fragmentos que todavía se pueden leer en cada una de las tres versiones, para, como con las piezas de un puzzle, acabar reconstruyendo el mensaje original, que será el punto de partida de toda la historia posterior.
   La imagen del mensaje en la botella, tal vez por lo que tiene de azar, de indeterminación, pero también de intenso deseo de que alguien lo encuentre y lea las palabras que contiene, es una de las que siempre ronda por mi cabeza cuando escribo. Quizás porque cuando lo hago, solitario, en la madrugada, mientras los demás duermen, me veo a mi mismo como el náufrago de la isla que escribe el mensaje que luego arrojará al mar, encerrado en esa peculiar botella que son los libros.
   Aunque cuando escribo trato todos los temas que me interesan o me preocupan, aunque construyo mis historias con los ladrillos de las cosas que pasan a mi alrededor, no puedo olvidar que todos los hilos con los que acabo componiendo mis relatos tienen su origen en mi infancia. En los cuentos que escuché, en los libros y tebeos que leí, en las películas que vi en unas salas de cine que ya no existen, en los juegos de las tardes de invierno y en todas las aventuras de aquellos veranos luminosos y eternos. Todo está allí, en los paisajes encerrados en mi memoria


                                                           AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ



domingo, septiembre 11, 2011

Josete y Bongo van de Safari
Marinella Terzi y Rosanna Vicente Terzi.
Ilustraciones Philip Stanton,
Macmillan, Madrid, 2010.
(Librosaurio)



Es importante aceptar la rutina diaria y saber darle un toque especial, para que no resulte aburrida. Hay que saber aderezar las situaciones cotidianas con la magia de la infancia. Es lo que hace Josete quien, con su fiel perro Bongo, planea una aventura monumental, llena de peligros, de obstáculos. Josete y Bongo parece que estén en la selva y necesiten estar alerta para evitar ser pisados por los animales o sufrir cualquier percance. Nadie como Josete y Bongo saben lo que cuesta… cruzar una calle. ¿Cruzar una calle? ¡Efectivamente! Porque Josete y Bongo van de safari, de Marinella Terzi y Rosanna Vicente Terzi, no es el relato de ningún safari por Kenia, por ejemplo, en absoluto. El safari al que se refieren las autoras transcurre en una ciudad cualquiera, como podría ser Madrid, Barcelona o Sevilla y los peligros a los que se enfrentan Josete y su perro son los normales, cruzar por un paso de peatones, estar alerta ante el semáforo, andar por las calles y escoger qué desayuno tomar… Solo que vivido con mayor intensidad, por supuesto y con los ojos de la imaginación. El safari de Josete es el de cada día puesto que se refiere al trayecto que debe seguir para ir al colegio. Su perro, fiel guardián, lo acompaña hasta la puerta y después regresa a casa.
De esta manera tan original se presenta el relato. Las ilustraciones completan mucho la imagen que podemos hacernos de los peligros y de los propios personajes y Philip Stanton logra una simbiosis muy interesante con los elementos propios de una selva y los propios de la ciudad. Por lo tanto, las ilustraciones no son elementos decorativos, sino que forman parte directa de la historia.
Josete y Bongo van de safari, además, contiene otros valores como es el de la amistad o la superación de los obstáculos. Josete vive cada día con intensidad y, poco a poco, va creciendo porque, en el fondo, el libro habla del proceso de crecimiento que todos los niños experimentan y Josete no iba a ser la excepción.
En suma, el libro es de fácil lectura, muy intensa, por otra parte, y gustará mucho a los pequeños exploradores que cada día van al colegio y que, por qué no, pueden convertir ese desplazamiento en una aventura llena de novedades. Así, cada día será distinto al anterior. La lectura se destina a los pequeños lectores, hasta 6 años.
Ahora que la vuelta al cole es inminente, este libro puede ayudar a los más pequeños a verla desde una perspectiva distinta, más divertida y menos angustiante. Volver al cole es un reto… que los niños deben superar. Josete ha encontrado una buena manera de hacerlo.


El hombre que plantaba árboles/ L`home que plantava arbres,
Jean Giono, Viena, Tarragona, 2011
Presentación de Josep Poblet i Tous


Martin Luther King afirmó, en una de sus frases memorables, lo siguiente: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Esta cita emblemática bien podría haberla hecho suya Elzeard Bouffier, el pastor protagonista del preciso relato El hombre que plantaba árboles. Su autor, Jean Giono, lo escribió en 1953, pero su mensaje es tan positivo y tan emocionante que su lectura sigue siendo más que recomendable.
Escrito en primera persona, por un narrador que recoge la voz del propio autor, El hombre que plantaba árboles nos habla de un caso de voluntad y esfuerzo personales. El relato narra la historia de Elzeard Bouffier, un pastor, quien, con total desprendimiento y altruismo, se dedica a plantar árboles y repoblar un lugar que era totalmente desértico. La metáfora está clara: gracias a su tesón y a su empeño dota de vida aquello que parecía yermo y desolado. Lo mismo puede aplicarse a las personas. Los árboles de Bouffier son reales, son abedules y son encinas o hayas, por ejemplo. No obstante, los árboles que todos podemos plantar en nuestra vida van mucho más allá y si él solo logró reforestar todo un bosque. ¿Qué no podríamos hacer todos juntos? El relato habla de eso, de la solidaridad, del esfuerzo, de la empatía, de las ganas de superación. Se centra entre las dos guerras mundiales y, pese a la destrucción y a la lucha, el pastor, ignorante de todo lo que no sea su proyecto, sigue plantando y plantando. Logra devolver la vida al lugar, porque los árboles con sus raíces evitan la desertización y, así, poco a poco, el monte se convierte en un lugar de paz, que acaba atrayendo a los dirigentes quienes, como dice irónicamente el autor, optan por hacer lo mejor: no hacer nada y dejar que el pastor siga adelante.
La acción se centra por Provenza y se inicia en el año 1913. El narrador cuenta cómo se topó con el pastor y cómo, sucesivamente, fue a verlo para reencontrarlo siempre pendiente de su trabajo: plantar árboles. El narrador hace tres visitas al pastor y en cada una de ellas se queda aún más asombrado porque, como dijimos, el mundo ha vivido dos guerras mundiales y Bouffier, como dijera Luther King, sigue creyendo en la vida.
El texto es muy breve y está lleno de hermosas imágenes. Conviene leerlo de un tirón para entender, si no su mensaje completo, al menos parte de su esencia. Conviene hacerlo así para empaparnos de la magia de Bouffier que, al fin y al cabo, es la magia de cada día, la magia de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos, de aquello que hace que merezca la pena vivir.
El relato merece estar a la altura de otras obras emblemáticas como Juan Salvador Gaviota o El principito porque, como ya ha quedado claro, nos da una lección de vida, más allá del gesto de plantar un árbol, está la proyección de futuro, la idea de que vale la peno hacerlo.
El hombre que plantaba árboles es una de esas lecturas que puede hacerse a cada edad y que en cada momento de nuestra vida, infancia, juventud, madurez o vejez, encontraremos algo nuevo, un mensaje cada vez más intenso. Vale la pena tenerlo como libro de cabecera.